JUAN CARLOS VILLACORTA.
Escribo desde el Barrio de las Letras madrileñas y tengo que confesar que en mis frecuentes viajes a Italia mis dos mayores atracciones han sido siempre la convivencia en el «barrio latino» de París y la visita al cuadro de «La Santa cena» de Leonardo da Vinci en Milán. He seguido paso a paso la larga tarea de su reacondicionamiento, y yo creo que se trata de dos coreografías de mi vocación: la pintura de Leonardo, y la Universidad. Siempre he echado de menos el que en Madrid no hubiera un barrio madrileño de las Letras. Me parecía que «el barrio de las Letras» era algo así como volver a Cervantes y a Lope de Vega, a Calderón de la Barca y a Góngora. Venecia, donde el agua se convierte en luz, es un espectáculo visual, pero el «barrio de las Letras» es como un relicario del urbanismo humanitario en el que se fusionan la ciencia, la cocina y el pueblo. Los periódicos están inundados de publicidad de menús y dan la sensación de que toda la riqueza de España no es sino gastronómica. La realidad es que, durante el verano, España es un escaparate gastronómico. La dulzura en Asturias se llama «Peña Santa» y no hay plato más socorrido en este tiempo del verano que el gazpacho, suma y sigue de los sabores de España.
Yo no sé si esto, así, es «pop» o una sofisticación de nuestras «nurritures terrestres», pero es preciso reconocer que esta profusión de menús significa una ostentación y un esfuerzo de nuestro potencial autonómico. La gastronomía española es como una sublimación de España.
La cocina de España, en cuyo subsuelo están enterrados Miguel de Cervantes y Lope de Vega. La estatua de Lope con su impecable sotana arquetípica, es como un ciprés litúrgico, y su música, el sonsonete de las explicaciones de los guías turísticos de los grupos que incesantemente pululan ante el Museo de Lope de Vega.
«Buenos días, don Miguel». Me gustaría beber unas cervezas en esta esquina de Madrid del barrio de las Letras, pero yo no soy quién para invitar a un genio de las Letras españolas, sino un amante de la vieja e ilustre lengua castellana y quiero seguir siendo un discípulo mesurado de la Universidad de Salamanca, donde aprendí lo poco que yo sé.
Y estas son las coreografías de mi vocación y de mis deseos no siempre realizados.