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JOSÉ ALVAREZ ESTEBAN
Este es uno de los domingos considerados «apetecibles». A más de la solemnidad de la Ascensión, está la posibilidad de esa doble «válvula de escape» que ofrece, bien la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, bien la campaña de la Asignación Tributaria del IRPF. De haberme decidido por la primera, el tema siempre actual de las Comunicaciones Sociales, bien que podría centrarme en la intención del Evangelista Lucas de ofrecerle al «ilustre Teófilo» la dedicatoria de los Hechos de los Apóstoles como lo había hecho ya antes con su Evangelio. La fuerza de los así llamados «medios de comunicación» es de tal calibre que lo de «proclamar el Evangelio» se convierte, al tiempo que en un buen cauce, en una urgencia.
Pero me he decidido por la Declaración de la Renta 2008. Un año, por más que se traduzca en un montón de días, pasa como un rayo y se nos obliga de nuevo a hacer balance y a dar cuentas. No tenemos la posibilidad de interferir en los Presupuestos Generales del Estado, que nos sobrepasan, pero sí la de fijar el dato de la intención, dirección o empleo de una parte bien que mínima (0,7 %) de nuestra contribución. No me gusta ni mucho ni poco el añadido de «no cuesta nada» al gesto de poner la cruz en la casilla de la Iglesia, no dice bien de la generosidad ni del convencimiento del católico que a más de ese gesto, domingo a domingo y con ocasión de las numerosas campañas a través del año, asignan una cantidad como expresión de abierta solidaridad y de interna pertenencia eclesial.
Marcamos la casilla de la Iglesia no porque «no cueste», sino porque de esa forma entendemos dar un buen fin a una parte de nuestra contribución; porque así hacemos «un reconocimiento sereno de la labor de la Iglesia en medio de nuestro mundo». No tenemos por qué aceptar sin más que Hacienda, el Estado o el Gobierno de Turno detrás, nos marquen el signo de sus preferencias. No queremos que ni el desconocimiento ni el descuido impidan el ejercicio de ese mínimo derecho. Por solidaridad e identificación con la labor de la Iglesia en sus múltiples servicios a la sociedad, porque sabemos que es un perfecto cauce de transmisión en la ayuda, por no dar lugar a que nadie pueda hacer una lectura interesada o sesgada de nuestra inhibición. El cartel para la ocasión muestra un rostro sonriente que sabe de la importancia del gesto de marcar la «X» en la casilla de la Iglesia, pero un rostro difuminado porque somos muchos los que estamos detrás y damos rostro y sentido a la componente social de nuestra fe. Son también muchos los voluntarios que trabajan desinteresadamente en los organismos de la Iglesia como para permitirnos a los demás el lujo del desinterés. Una «X» en la casilla de la Iglesia Católica, una «X» en este caso para desempatar, porque no nos da igual el sí que el no. Nos asiste el «valor de elegir».
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