La Feria de San Pedro, en su sitio

El dilema entre la plaza portátil y el antiguo coso no es nuevo, la polémica nunca ha faltado

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Rufo Gamazo Rico
Rufo Gamazo Rico 

RUFO GAMAZO RICO Bien está lo que bien acaba. La Plaza de Toros abrirá sus puertas a la Feria de San Pedro. La afición que en Zamora siempre fue entusiasta y entendida —desconozco si hoy es numerosa— puede respirar tranquila. El dilema entre la plaza portátil y el antiguo coso, no ha sido la primera peripecia en la programación de los festejos, que ha preocupado al personal. Contando con la venia del lector para citarme, voy a recordar lo sucedido con la feria, mediado el pasado siglo. Se acercaban las fiestas, el programa no salía y la ciudadanía (como ahora se llama al pueblo) estaba nerviosa. Denuncié la situación en una «Crónica de la ciudad», que firmaba «Don Puro», ya que mi condición de soldadito del Profetizado me impedía dar mi nombre. Por fin, una tarde llegó Sixto Robles con la gran noticia: el alcalde nos ha declarado que ya tenemos programa: las fiestas, anunció irónico el bueno de Pérez Lozao, empezarán «con un bombazo bien gordo».
Pero, nuestro gozo en un pozo; el cartel taurino defraudó totalmente a la afición. En realidad, repetía los de los años anteriores: Luis Miguel Dominguín, Pepe Dominguín, Diamante Negro y toros de Prieto de la Cal. En crónica publicada en el mismo número que la declaración del alcalde, aludí al escándalo de la afición por la tomadura de pelo que le suponía el cartel confeccionado con unos elementos que a fuerza de repetirse, recordaban a los imprescindibles cabezudos y gigantillas; la gente no ponía en duda la categoría de los matadores, rechazaba la reiterada ensalada de Dominguines, que según se decía, obedecía a las imposiciones de un pariente suyo, militar, concejal y dueño de una chatarrería. La primera autoridad civil, el Gobernador José María Alfín Delgado reaccionó de inmediato y convocó al presidente de la Diputación Provincial, Rodríguez Chamorro; al alcalde Pérez Lozao y al delegado sindical Fernández Martínez; Diputación, Ayuntamiento y Sindicatos colaboraban a escote en los gastos, y por aquello de que el que paga manda, algo tenían que decir en el enojoso problema. En primer lugar, acordaron retirar el cartel y encomendar la confección de otro más interesante, a la Asociación de la Prensa que endosó el encargo a don Vicente Mayoral, ejemplar ciudadano, industrial de esta plaza y consumado taurófilo. Don Vicente acertó plenamente; en vez de corrida con diestros «repe», una novillada con ganado de prestigio y novilleros de postín: nada menos que Aparicio, Litri y Jumillano, entonces la flor y nata, el «nonplusultra» de la novillería triunfante. Como suele decirse, el éxito superó todas las expectativas y no se cumplieron los augurios del director del periódico: salí absolutamente indemne del peregrino contencioso político-taurino.
Como en tiempos que parecen lejanos, la organización de becerradas y novilladas es motivo de preocupación para los Ayuntamientos; se trata de espectáculos demasiados costosos para las endeudadas arcas municipales: pero es punto de honor para los pueblos superar los festejos del vecino; no sólo en el aspecto taurino sino también en la contratación de cantantes famosos por sus gorgoritos o por sus movimientos de caderas. Pero hace años la competencia se reducía a contratar las mejores corridas; los pueblos con posibles se afanan en presentar lo mejor. Por ejemplo, Villabuena del Puente era un pueblo con inquietudes culturales que le llevaron a constituir la «Compañía Teatral de Benita la Salerosa» que cosechó muchos aplausos en sus giras por los pueblos del entorno. En los Carnavales de 1936, una murga también autóctona, cantaba esta letra ciertamente profética: «Piden toros, piden toros, / en el pueblo Villabuena ;/ para el año treinta y seis / tendremos una muy buena». (Y ¡tan buena!). En la copla no faltaba la protesta social: «Vengan toros, vayan vacas; / pero el pobre jornalero / no gana para alpargatas». Bien pudo ser incluida con otras muchas de índole popular, en el «Cancionero General» de Vázquez Montalbán.

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