PACO ANTÓN
Aunque no lo parezca demasiado, ya estamos de lleno en elecciones. Y creo que son europeas, a pesar de que esto se note poco, y no nacionales. La campaña oficial ha comenzado en medio de un clima de clara apatía de los ciudadanos no militantes y con una desacostumbrada indolencia de los grandes medios informativos de este país, los mismos que hace sólo unos meses dedicaban los mejores titulares de sus portadas a las elecciones presidenciales americanas y a la gran esperanza que encarnaba Obama. Por lo visto nos caen más lejos Bruselas y Estrasburgo que la Casa Blanca.
Y eso que el PSOE está haciendo denodados esfuerzos por situar el campo de juego en su sitio real, y de paso donde más le conviene: «Este partido se juega en Europa», nos recuerda con reiteración su eslogan electoral de apertura. Y trata de llevar el debate al campo de la ideología —sin obviar la gestión de los intereses españoles en la Unión—, como evidencia ese polémico vídeo en el que siete derechistas berrean un credo bastante ultra: «Creo que los inmigrantes nos roban el trabajo, creo que en Europa sólo hay sitio para una religión, creo que la sanidad debería ser privada, creo que el cambio climático es una gran mentira, creo que la homosexualidad es una enfermedad, creo en el despido libre, creo en la pena de muerte». Por el contrario, la estrategia del PP para esta campaña pasa por no dejarse distraer por las provocaciones socialistas y centrar sus mensajes en la crisis económica, en supuestas propuestas para atajarla y en sembrar la creencia de que esta cita con las urnas servirá para llevar a Rajoy al Gobierno de España. O casi. Sólo hay que acotar los pasajes más importantes del discurso que Cospedal nos dejó el otro día en Zamora: «Se puede vencer estas crisis, que hay que atajar ya… haciendo una política de austeridad, bajando los impuestos y apostando por las pequeñas y medianas empresas, por los autónomos, por los comerciantes y por los trabajadores, en lugar de por el paro». Todo un programa… para la Moncloa.
Y es que está claro, PP y PSOE también lo saben, que aunque el partido sea europeo los ciudadanos van a votar más que nunca en función de la situación de sus respectivos países. La última encuesta preelectoral realizada por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) no sólo concluía en el sempiterno empate técnico que avalan todos los sondeos (23 eurodiputados para cada partido de los grandes), sino que además nos avisaba de que más del 60% de los españoles decidirá su voto del próximo 7 de junio en función de la situación política y económica española. Y otro capítulo de este mismo estudio sociológico (pregunta número 32 de la encuesta) nos descubría cómo vemos los españoles esa coyuntura: sólo el 6% de los encuestados es optimista en cuanto a la resolución de la crisis y más del 80% calificaba de mala o muy mala la situación económica.
Y aunque parezca increíble (por el derrotismo que respiramos), España no es el patito feo de la economía mundial y mucho menos de Europa. Es verdad que el paro está haciendo aquí más estragos de los esperados, y que el desplome del consumo y de la inversión ha hecho caer la economía un 3%. No servirá de consuelo, pero en el mismo período, en Japón, que es la segunda economía mundial, el PIB cayó por encima del 15%; y la segunda economía americana, México, casi nos triplica con un 8,2% de caída. Y por lo que respecta a Europa, en contra de la impresión que nos llega y de tanto pesimismo contagioso, la contracción económica española es menos negativa que en los países del entorno tenidos por más boyantes: Alemania cae un 7%, Italia casi el 6%, Reino Unido anda por el 5%, Holanda en el 4,5% y hasta Francia nos supera en malos resultados por unas décimas. Y la media de la caída en la Eurozona es del 4,6%, muy superior a nuestro tres por ciento.
Con este panorama, tampoco esta vez España va a ser una isla. Es evidente que el próximo 7 de junio se va a votar (aunque la abstención sea escandalosa) en 27 claves distintas —tantas como países—, pensando más en la cartera particular que en el concepto supranacional de Europa, que tanto nos ha dado en los últimos tiempos.