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LUIS SANTAMARÍA DEL RÍO
Con este título no me refiero a la canción popular, sino a unas coordenadas con las que los textos de la Biblia nos explican el misterio que hoy celebramos en la Iglesia católica: la Ascensión del Señor. «Después de hablarles, el Señor Jesús ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios». El evangelista Marcos despacha en este versículo toda la importancia de este día, con un prólogo y un epílogo. En lo escrito antes, Jesús se aparece a los once apóstoles y les encarga continuar su misión, proclamando el Evangelio a todo el mundo, acompañados por signos extraordinarios que los acreditarán como testigos del Resucitado. El último versículo es el «dicho y hecho» de aquellos hombres, que cumplen lo encomendado y viven en propia carne esos signos predichos por el Maestro.
Arriba. Jesús en la gloria, a la derecha del Padre. Es un acto más del misterio pascual, de la glorificación del Hijo de Dios. Aquel cadáver que pendía de un cruel madero de tortura ha resucitado. Y no sólo ha resucitado, sino que entra a formar parte de una vida nueva, subiendo al cielo. Y no sólo ha subido al cielo, sino que deja entre los suyos y para todo el mundo una presencia renovadora: el Espíritu Santo (esto nos queda para el próximo domingo, Pentecostés). Son como distintos actos de un drama, para ayudarnos a entender, a celebrar y a vivir la Pascua de Jesucristo, que es la Pascua de los cristianos, algo que acontece en los bautizados.
Y abajo. Aquellos apóstoles no se quedaron mirando al cielo, como leemos en la advertencia angélica del libro de los Hechos. Claro que no. «Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes», nos dice Marcos. Y los acompañaban unos signos determinados. ¿Qué Evangelio proclama la Iglesia? ¿Y qué signos la acompañan?, podemos preguntarnos, y quedarnos tan anchos, o criticar las deficiencias y las incoherencias que tanto observamos, o quejarnos sin más. O podemos hacernos estas preguntas los cristianos en primera persona. Porque la situación actual nos urge a este testimonio del Señor Resucitado y «ascendido». Como ha señalado Benedicto XVI, «el auténtico problema en este momento actual de la historia es que Dios desaparece del horizonte de los hombres». Esto, si lo tomamos en serio, es suficientemente importante para que despertemos del letargo y de la pasividad, para mirar a Jesucristo que asciende entre aclamaciones, y aprender de él a levantar este mundo de su postración. Cristianos de arriba abajo. Y de abajo a arriba.
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