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HEMEROTECA » |
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RUFO GAMAZO RICO
Me lo contó hace años el párroco de Benafarces, don Francisco Morales, toresano de la familia de los "Barrilines". En el cartel de toros de la feria, solían ir los famosos lidiadores del momento, como exigía una plaza de tan respetable antigüedad como la de Toro. Un año fueron contratados Lagartijo y Frascuelo, y su actuación no respondió a las expectativas; también dieron la "espantá" en la corrida del año siguiente; sin embargo, la defraudada afición, erre que erre, esperaba que la tercera sería la buena; pero tampoco hubo suerte: transcurrió entre pitos y denuestos; al cuarto toro el respetable bostezaba de aburrimiento: y cuando, después de tres fallidas entradas a matar, Lagartijo trasteaba al animal para meterle el vergonzoso bajonazo, un vozarrón rompió el nervioso silencio: "¡Con razón nos llaman cermeños!". El repetido fracaso de Lagartijo y Frascuelo había llevado al límite la paciencia del Tío Babú. No me dijo el cura Morales si la pareja de ases volvió. El buen aficionado es contumaz, inasequible al desengaño; se le pasa pronto la corajina. Unicamente el aburrimiento es capaz de acabar con la caprichosa devoción al dorado ídolo de barro.
Con reventones como el del sábado en el Bernabéu, cualquier hinchada podría desinflarse; no la madridista, que se considera recauchutada contra pinchazos y presume de una fidelidad acreditada que el equipo no mereció. Todas las derrotas duelen, algunas irritan y avergüenzan. Del estadio salieron los hinchas cariacontecidos y mohínos como más de una vez se ha visto a sus rivales atléticos por la Avenida de los Melancólicos. Los titulares de los periódicos han porfiado por encontrar los términos más expresivos para ponderar la derrota aplastante en sí misma y humillante en razón del vencedor; algunos, agarrándose al epíteto de moda, la han calificado como histórica. Y eso que la rivalidad entre los dos grandes del fútbol mundial parece ahora menos interesada en airear connotaciones políticas tan recurridas en los últimos años. Si el Real Madrid fuera "más que un club", tal vez algún crítico habría advertido maliciosamente que con derrotas no se festeja el día grande de la comunidad madrileña. Hasta la presidenta Aguirre (condolente como se supone, con el vencido madridismo) rechazaría la absurda ocurrencia. "Fútbol es fútbol", pontificó, metido a filosofar, un entrenador del Madrid que con la perogrullesca frasecita pretendía disculpar los fracasos. La tesis no necesita ser demostrada: en cualquier juego, unas veces se gana y otras se pierde. Sin embargo, no anda muy descaminado el chusco cuando alega que para eso no hay que gastarse millonadas en contratar a los más famosos del mercado mundial. En verdad es obligado que el que cobra como bueno, como tal se comporte.
Rechina la paradoja: pierden los millonarios fichados para ganar, y padece la afición pagana: pero sería estúpido y falso afirmar que los jugadores no lamentan sus fracasos; al contrario, les duelen en lo más íntimo puesto que puede significarles una sustanciosa rebaja en su cotización. También resulta muy perjudicada la venta de las publicaciones deportivas por las jornadas desastrosas de los equipos punteros: así suele manifestarse la condición humana; el buen aficionado que ha presenciado en el campo la derrota del "equipo de sus amores" (tópico hoy menos recurrente) no desea verla recordada en letras de molde; en cambio, al ganador le gusta que le regalen el ojo y el oído. En realidad, la crítica deportiva se muestra más interesada en pronosticar las consecuencias del tremendo tropezón que en contarlo y explicarlo incluso en su aspecto de sorpresa: ciertamente no era de esperar una derrota tan contundente de un equipo en larga racha de triunfos; entonces bien dijo el que dijo que "fútbol es fútbol". Y la afición mollar y fácilmente contentadiza se consuela con aquello de que no hay mal que por bien no venga. Lo malo es que nunca puede estarse muy seguro de que vendrán tiempos mejores que, en el caso del Real Madrid, representarían la vuelta a un pasado orgulloso y envidiable, promotor de una afición entusiasta, hoy en el misterio doloroso.
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