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HEMEROTECA » |
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CELEDONIO PÉREZ.
No es un caso aparte. Villaflor no es un pueblo diferente a otros muchos de la provincia. Vive bajo mínimos, con los servicios remendados con alambres. El médico pasa consulta cada quince días, el cura hace la visita también cada dos semanas, todo ocurre de vez en cuando; no hay continuidad y la vida anda a saltos. Es un símbolo de lo que está pasando en la provincia, de lo que viene ocurriendo en el ámbito rural desde hace varias décadas. La mecha del candil se está apagando, apenas queda aceite y la que hay huele a rancio y está llena de posos.
No es un caso aparte el de Villaflor. Valentina me decía ayer que paseando a la caída de la tarde por Sanzoles, su pueblo y el mío, había notado que la vida estaba huyendo de las calles a borbotones. Da tristeza perderte entre calzadas muertas. Cuentas: ésta vacía, aquélla también, en la del señor Pedro ya no vive nadie? Decenas de casas yermas, como botellas tiradas en un basurero que se han ido vaciando por el sol y el paso del tiempo.
Los jóvenes no quieren quedarse en los pueblos. Nadie quiere quedarse en los pueblos. La sociedad, que vive en las ciudades, no hace nada por cambiar esta tendencia. Todo lo contrario. Los políticos no mueven un dedo para mantener la población en el ámbito rural. Mucho Observatorio de la Población, muchas medidas consensuadas en las Cortes y avaladas por expertos, pero si rascas, todo es teoría. La Administración nunca se ha implicado, de verdad, en resolver un problema que va más allá del aspecto social, que tiene que ver con la distribución del territorio, un aspecto que va a marcar el futuro de provincias como Zamora y de comunidades autónomas como Castilla y León. El territorio sin gente no es nada. Siempre ha sido el hombre quien ha domeñado el paisaje, dejarlo ahí, tirado, tiene muchos riesgos.
Nunca ha habido en España un debate nacional sobre la despoblación rural. Nunca se ha planteado como problema de interés general. Motas salteadas en los medios de comunicación sobre los pueblos que se van quedando sin gente, sin alma; sobre los urbanitas que recuperan núcleos de población y los convierten en pequeñas ciudades (no es eso, no es eso). Jamás el Gobierno de turno ha aprobado un programa nacional para impedir la sangría demográfica. Nunca el Parlamento español le ha buscado las vueltas a este problema, ¡con los debates sobre temas abstrusos que se montan!
Quizás quien vive en las ciudades no ve el problema en toda su dimensión, pero aquí sí se ve; en provincias como Zamora, en comunidades autónomas como Castilla y León, aquí es donde se multiplican casos como el de Villaflor, de abandono, de dejadez, de omisión. Aquí se palpa cada día como se van desprendiendo costras de barro, como los adobes se diluyen en arcilla, como se van muriendo quienes han quemado su vida en crear un universo que está marchándose con ellos.
Lo he dicho más de una vez. Si no se toman medidas serias para atajar la pérdida poblacional del mundo rural, llegará el día, no muy lejano, en que será imprescindible arbitrar un programa de recuperación integral de nuestros pueblos. Habrá que pagar por vivir en los municipios pequeños. Una prima rural que tendrá que ser abonada por la sociedad, a cambio de que en los pueblos se mantenga cierto tejido social, de que haya tiendas, bares, lugares de ocio?, para que podamos ir los fines de semana o en vacaciones quienes vivimos en las ciudades.
La reordenación territorial es un problema puntiagudo, que no se va a resolver metiendo la cabeza debajo del ala. Es verdad que algunas comunidades autónomas lo han solventado en parte sin mover un dedo, por selección natural, dejando que la población se mueva por su propio interés. Pero eso no basta. Tampoco los planes de comarcalización, que son insuficientes. No podemos estar permanentemente alimentando monstruos urbanos, con millones de habitantes, imposibles de gobernar y donde la conflictividad va en aumento, convirtiéndose en espacios peligrosos.
Villaflor no puede seguir siendo un cero a la izquierda. Sus pocos habitantes deben sentirse arropados, protegidos, con los servicios básicos cubiertos. Si no esta sociedad del bienestar, con uno de los pilares ya agrietados, no será más que un elemento más de injusticia social, o sea todo lo contrario de lo que debe ser.
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