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J. M. MATELLÁN.
En las notas al programa, señalan los propios intérpretes que su lectura musical pertenece a una nueva generación, la que ha crecido estudiando el repertorio antiguo al tiempo que se halla inmersa en el mundo sonoro contemporáneo. La situación descrita es un hecho empírico, y por tanto generalizable a todos. Lo que el mensaje verdaderamente lleva consigo es esa conciencia de la situación, ese obrar en consecuencia, y esa satisfactoria comprobación final de una comprensión verídica del pensamiento bachiano.
Gentes con esta determinación y claridad ideológica son las que debe apoyar resueltamente el Pórtico de Zamora, y enorgullecerse de haberles apoyado en un momento puntual. A cambio, las bóvedas de la parroquial de Morales han disfrutado de un concierto sin fisuras, inteligente, revitalizador. Con un entendimiento absolutamente impecable entre clave (el madrileño Alberto Martínez Molina) y viola da gamba (Fahmi Alqhai, con gracejo sevillano, para su ascendencia sirio-palestina). El carisma que desprendían se hizo patente en el mismo arranque lento de la pieza inicial, y no terminó hasta la conclusión del bis final. Admirable.
El propio programa del concierto parece haber seguido un orden intencional, presentando al conjunto de las tres sonatas como metáfora más amplia de la propia estructura tripartita de sonata: vivo-lento-vivo. Es decir, tomando alteradamente el orden propuesto por su número de opus. Así, la BWV 1028 asume el papel del movimiento vivo inicial, y la BWV 1029 el de allegro final. Y efectivamente, en esa clave retórica puede ser entendida la impresión sonora de cada sonata, por más que su arquitectura use el mismo elenco de técnicas: desarrollos temáticos, relación imitativa entre sendos instrumentos, despliegues arpegiados, ornamentaciones?
Ciertamente que para mayor paralelismo debería respetarse una secuencia tonal mayor- menor-mayor, y no es así (sino: re M, sol M, sol m), pero se trata de impresiones sonoras generales. La primera obra debe aportar un espíritu de allegro, y efectivamente se cierra con un allegro lleno de precisión y brío.
La segunda obra debería corresponder a un intermedio de lírica inspiración, y he ahí que cuenta con un allegro, ma non tanto, que es eco palpable del 3º concierto brandemburgués, idóneo para aportar esa sensación de fraseo largo y noble, y cumplimentado en el andante que le sigue, que dió ocasión al violagambista para unas notas pedales que quitaban el aliento.
Y la tercera obra asumiría el papel de cierre vivo, y así fue su tono general, lo que incluye también a su segundo tiempo, adagio, donde Fahmi Alqhai volvió a jugar inteligentemente con el volumen sonoro de su instrumento.
Una gozada de sonido claro y contundente, de precisión entre ambos instrumentos. Una ejecución de altura, fruto de una potente claridad mental de la que ambos instrumentos eran su proyección. Un entendimiento inteligente de Bach.
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