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HEMEROTECA » |
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GERARDO GONZALEZ CALVO.
En la calle La Flor número 1 de Pajares de la Lampreana hay una casa baja, austera, con dos puertas de madera: la delantera y la trasera o carretera. La delantera es una puerta maciza, robusta y algo desnivelada por el peso. Tiene dos cuerpos; el de arriba ha estado casi siempre abierto para que la luz iluminara el cuerpo de casa o zaguán. La trasera mantiene cierto vigor, a pesar del paso de los años por sus tableros verticales sujetos con clavos roblonados a maderos transversales.
Al morir recientemente mi madre, con 94 años bien cumplidos, a mis hermanos les pareció bien que me quedara yo con la casa. Como es lógico, necesita pequeños arreglos. Hay cosas que están bien como están: el escaño, la mesa camilla, las alcobas, la chimenea... Algunos amigos y familiares me han comentado: "La tirarás y harás una casa nueva". Les he contestado con resolución: "No, sólo haré algunas reformas imprescindibles". Una de ellas es levantar el sobrado, que tiene entre un metro y metro y medio de alto. Otra es ampliar la cocina, que mis padres habilitaron con escasa ambición en lo que fue la cuadra del burro. Y poco más.
Quiero mantener el espíritu de la casa, que tiene el privilegio de ser la más antigua de Pajares de la Lampreana, con muros de tapial de casi un metro de grosor. Deseo que cuando pase una temporada en el pueblo la casa me siga resultando familiar, morada y hogar de mis padres desde 1951. En ella nos criamos sus seis hijos, y en ella alborotaron los primeros nietos.
Mis padres hicieron algunas reformas, unas más acertadas que otras. En el cuerpo de casa pusieron un techo de tablex para ocultar dos grandes vigas, las alfargías y el ripio. Hace unos días desprendí parte del tablex, le mostré al albañil el techo original y me dijo: "Este ripio tiene por lo menos cien años". Más que ripio es un cuerpo de cañas finas o juncias entrelazadas con esmero para evitar la caída de suciedad. Evidentemente, preservaré esta techumbre tan antigua y de arquitectura popular.
Tengo el firme propósito de no trasladar a la casa del pueblo los estándares de un piso de ciudad. Quizá porque llevo viviendo veintisiete años en uno de los pocos hotelitos que quedan a cien metros de la madrileña calle de Arturo Soria -fue construido en 1913-, valoro no sólo los espacios abiertos, sino el olor a lo añejo y fundamental.
Comentó hace algunos años Amando de Miguel -creo que en ese exquisito libro titulado "Cuando éramos niños"- que echaba de menos el olor a estiércol que despedían las cuadras en Pereruela, donde nació y pasó su infancia. Tengo yo ese olor metido en los tuétanos. También las paredes de tapial y el adobe, las puertas, las alcobas y los humeros tienen un olor peculiar. Lo añejo no es sinónimo de anticuado, sino de auténtico.
Las paredes de mi casa no sólo evocan la vida pasada de los familiares más queridos. Aún perduran en ellas los ecos de las voces de las niñas cuando salían de la escuela, que estaba justamente enfrente, a unos diez metros. Los saltos a la comba y las canciones que los acompañaban como "Al pasar la barca / me dijo el barquero / las niñas bonitas / no pagan dinero"... Las evoluciones del diábolo en el aire y las tabas coloreadas son experiencias vividas desde esta casa, que se me antoja impregnada de un pasado luminoso y vocinglero.
Traeré a esta casa los aperos que he ido colocando poco a poco en mi residencia de Madrid, para que estén más cerca de sus orígenes: el trillo, los yugos, las colleras, los collerones, los arados romanos, los bieldos, los cántaros, el cuartal, las tornaderas... Forman parte del espíritu que anima una verdadera casa rural. Sé que mis padres, que reposan hoy en el cementerio de Pajares, después de vivir casados 71 años, se alegrarán de ver su casa conservada. Una casa, después de todo, nos habita, para que el corazón, como quería Luis Rosales, no pierda nunca sus cimientos. Y es bueno, como cantaba también este poeta granadino, que incluso duren las cosas sencillas su vivir triste y honrado.
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