RUFO GAMAZO RICO.
Convocada por el Rey Abdulá de Arabia Saudí se celebra en Madrid la Conferencia Mundial para el Diálogo, que ha reunido a buen número de representantes de credos religiosos diferentes: cristianos, judíos, musulmanes, budistas, taoístas confucianos... como maestros en filosofías orientales de la espiritualidad. Todos, dijo el monarca saudí en su mensaje, «a buscar lo que nos une, la fe en Dios y principios de alta moralidad». Quizá convenga decir que el sujeto de la sorprendente e interesante convocatoria es el hombre en su esencial condición religiosa, y que podrían calcularse en muchos millones los creyentes representados en la conferencia. Es un hecho fácilmente comprobable que las religiones resisten y crecen en el mundo a pesar de los fortísimos y tenaces embates de las mesnadas del laicismo galopante. Algunas comunidades religiosas han hecho necesidad del viejo principio que asegura la presencia por la resistencia numantina: ser es resistir. Pero mal podría resistir una realidad siempre dividida y enfrentada con frecuencia, en cruentas luchas interiores. El rey Abdulá convoca a la reconciliación y el «diálogo constructivo» entre las religiones y a cambiar el enconado extremismo destructor en «moderación y tolerancia». Con lógica espontaneidad se argumentado "ad hominem" al monarca: ¿Cómo predica ponderación el mandatario absoluto de un país musulmán famoso por sus radicales intolerancias? Pues bien, que muestre con el ejemplo la tranquila senda de la amistad entre los creyentes que invita a transitar.
Desde Sídney llega la voz del Papa que en cierto modo, pone contrapunto al mensaje de Abdalá en el Palacio de El Pardo; también ha presentado a la religión como factor necesario de paz y ha condenado el terrorismo, la exaltación de la violencia y la degradación sexual. Ambos han coincidido en señalar el distanciamiento de Dios como causa de los males del Mundo. En la convocatoria de la Conferencia Mundial para el Diálogo, se fijaron como objetivos más importantes «consolidar los nobles valores y las nobles prácticas sociales contra el libertinaje, la decadencia moral y la desintegración de la familia». Más de un comentarista se ha maliciado que el presidente Rodríguez Zapatero se encontraba en la presidencia del acto inaugural como en tierra extraña; que en ningún momento llegó a tomar la palabra. Suspicacias exageradas y con escaso fundamento; quizá considerara que el Rey don Juan Carlos ya había solemnizado la apertura con sus palabras. Por otra parte, y lo decimos con absoluta seriedad y respeto, el Diálogo entre Religiones no es la disciplina profesada por Zapatero sino la Alianza de Civilizaciones que como diría el periodista Ismael Herráiz tiene que ver más con el culto que con el clero. Ciertamente son empresas diferentes, diríanse contradictorias en más de un aspecto; sus objetivos no son comparables y sus métodos no son intercambiables y sus principios no se compadecen a pesar de que el origen en toda civilización se hayan hecho costra sedimentado el influjo de alguna religión.
Suspicacias aparte, es lógico imaginar que no le hicieran gracia a Zapatero algunos puntos del programa de la conferencia evidentemente opuestos a los que él mismo promociona con intermitente entusiasmo. Se trata de una contienda en la que no se celan las armas ni se hurta al conocimiento del rival la estrategia. Tal vez, alguien se atreverá a interpretar las aportaciones doctrinales y políticas de la Conferencia de las Religiones como un aviso oportuno ante la oleada amenazante de decisiones incompatibles con la doctrina y tradiciones católicas. El Emérito ya ha pedido la venda y pronostica que los católicos ya no van a encontrarse tan solos en la defensa de la familia y de la vida en su principio y fin. Los musulmanes que pronto ejercerán el derecho a votar, tendrán también algo que decir según su moral y conciencia. La Conferencia Mundial para el Diálogo entre religiones no ha merecido ciertamente demasiada cobertura mediática; pero ha dejado en evidencia que teólogos y filósofos representantes de numerosas religiones coinciden en principios vitales que se muestran dispuestos a mantener.