Secretaria en la Moncloa desde 1977 y autora del libro «Los presidentes en zapatillas»
María Ángeles López de Celis

«Los presidentes del Gobierno se encastillan e, inevitablemente, se alejan de la realidad»

«Con quien menos "feeling" tuve fue con Aznar. Si hablo con la cabeza, prefiero a González; con el corazón, a Suárez»

22.09.2010 | 00:01
María Ángeles López de Celis.
María Ángeles López de Celis.

Es un libro muy esperado. Ayer salió a la venta «Los presidentes en zapatillas» (Espasa), donde su autora, María Ángeles López de Celis, relata la vida intramuros de la Moncloa de los cinco jefes de Gobierno del período democrático. Durante más de tres décadas, trabajó con Suárez, Calvo-Sotelo, González, Aznar y Zapatero, en el mismo centro del poder político español. Y cuenta lo que vio u oyó.

-¿Tenemos una imagen desenfocada de los cinco presidentes de la democracia española? ¿Cambian mucho en zapatillas?

-Unos más que otros; tienen sus particularidades. Puedo hablarle, por ejemplo, de un Felipe González -el líder carismático que rendía a las masas desde la tribuna- como de alguien muy tímido en la distancia corta, poco hablador y dado a la soledad. Era como si su personalidad arrolladora menguase. Ahora, imponía y a mí todavía me impone.

-¿Con cuál de los cinco ha trabajado más a gusto y con quién más a disgusto?

-La experiencia te va dando nuevas perspectivas. Si me despojo de las divergencias políticas, con quien menos «feeling» (sintonía) he tenido ha sido con Aznar. Y no tanto con él como con su círculo de colaboradores. Había corrección, pero tenían unos métodos de trabajo y control que yo no comparto. Y a quien yo he admirado mucho es a Felipe González. Si hablo con la cabeza, Felipe González, y si me dejo llevar por el corazón, pues Adolfo Suárez.

-Afirma que Zapatero ya es víctima del síndrome de la Moncloa: intolerancia a las críticas. Aun así, no sale mal parado en su libro.

-Es persona de una tolerancia exquisita, optimista y preocupado por la gente que sufre. Es también un hombre sencillo en su vida cotidiana, que te hace cómodo el trabajo. El personal de servicio de la Moncloa dice que se jubilaría con él. Es un jefe fácil. Yo que he vivido tantas legislaturas puedo decir que las segundas son siempre complicadas. Y también que es un síndrome que nos puede afectar a todos: la distorsión de la realidad, no escuchar aquello que no queremos oír. El poder fagocita y transforma.

-¿Hay mucha adulación en el entorno presidencial?

-Más que adulación, es una reducción de los círculos, con lo que los presidentes se encastillan e, inevitablemente, se distancian de la realidad. Estaría bien que los presidentes subieran al transporte público y se dieran una vuelta por ahí, que fueran a un barrio obrero.

-De Suárez, su primer jefe, destaca la cordialidad y la campechanía. ¿Fue una víctima de la tensa coyuntura política?

-Sí, fue un momento difícil. Suárez acabó solo. No tenía ni partido detrás. Yo creo que derrochó lealtad a España y que muchos le pagaron con la moneda de la ingratitud.

-Usted cuenta que un general le amenazó con sacar la pistola si no dimitía.

-Había una tensión tremenda. Ocurrió en el último despacho que el Rey mantuvo con Suárez. Ya no había esa cordialidad. Don Juan Carlos tuvo que ausentarse por una llamada y los militares conminan a Suárez para que deje la Presidencia. Yo no estaba allí, pero me han contado que, parece ser, alguien echó mano a la pistola al decir el Presidente que él no se iba porque había sido elegido por el pueblo. Suárez tenía todos los frentes abiertos.

-Sorprende el retrato que hace de Calvo-Sotelo, de quien dice que fue el presidente mejor preparado para el cargo, además de subrayar el buen trato y el sentido del humor. Lo digo porque transmitía una imagen de persona un poco envarada, distante.


-He querido acabar con esa imagen de esfinge que tenía este hombre tan entrañable y tierno, con un sentido del humor muy fino y elegante, sin perder nunca los estribos. Tenía una familia numerosa que adoraba y una gran complicidad con su esposa (Pilar Ibáñez-Martín). Y creo que era el más preparado: un ingeniero con una gran cultura humanística, que hablaba idiomas. Y, además, tenía formación musical, practicaba deportes náuticos. Es el gran desconocido.

-En el libro transmite cierta simpatía por Alfonso Guerra.


-Era un monstruo de la política.

-Deja claro que la relación con González se rompe al incumplir éste su promesa de irse del Gobierno con su ex vicepresidente.

-Como decía un minero, eran dos hombres y un cerebro, pero el ejercicio del poder es duro. A partir de ahí empiezan a separarse. Vivíamos momentos muy complicados por el asunto de la corrupción y alguien tenía que pagar. España estaba muy quebrantada.

-¿Ustedes notaban en la Moncloa esa quiebra de una relación que había sido tan estrecha?

-Trabajábamos todos en el mismo edificio. La comunicación intramuros ya no era tan frecuente; eso lo veíamos y percibíamos algo.

-Tengo la impresión, por algunos párrafos del libro, de que no lo pasó bien los ocho años que trabajó con Aznar, aunque dice que la Moncloa vivió su «máximo esplendor cortesano». ¿Fue así?


-Todos hemos ido aprendiendo. En la época de Aznar y dirigido de alguna manera por Ana Botella, que fue la primera esposa de un presidente español que siguió el modelo americano, es decir, que ejerció de primera dama, la Moncloa abrió sus puertas a personas de otros ámbitos. Fue un servicio de Ana Botella, que permitió al presidente conexiones directas con el mundo de la cultura, por ejemplo. Creo, sinceramente, que fue positivo.

-Algunos pasajes del libro no dan esa sensación. Ana Botella introdujo cambios importantes en la decoración del palacio.

-Pero lo cuento como algo anecdótico. La Moncloa tiene algo «bunkeriano», de coto cerrado, y resultaba agradable tener por allí a aquellas personas mediáticas. Todos introdujeron cambios. La mayor transformación se hizo con González. Tenemos que entender que la Moncloa es su casa, viven ahí, y lo que hizo Ana Botella fue adecuar el espacio a su gusto.

-En su libro hace un retrato bastante comprensivo de las esposas de los presidentes: Amparo Illana, Pilar Ibáñez-Martín, Carmen Romero, Ana Botella y Sonsoles Espinosa.

-Amparo Illana y Pilar Ibáñez fueron dos mujeres que hicieron lo que se esperaba de ellas en una España muy distinta a la de ahora. Estaban para ayudar a su marido y ocuparse de la familia. Carmen Romero rompió los moldes: tenía su profesión, era muy celosa de su vida privada y no estaba dispuesta a vivir bajo la sombra carismática de Felipe González. Ana Botella fue la que mayor protagonismo tuvo y la que más acompañó a su marido en viajes; jugó un papel importante y estoy segura de que Aznar le consultaba y se apoyaba en ella. Sonsoles Espinosa tiene un perfil más parecido al de Carmen Romero; con profesión propia y celosa de su intimidad. Araña lo que puede para que su marido tenga la mayor vida familiar posible.

-Habla de varios ministros, como Cascos, al que no parece tenerle simpatía, y de Rato.

-Cascos se sale un poco de la norma, como Julio Feo con González. Cascos es un hombre bastante autoritario, con un carácter complicado y modales que no son los más delicados. Tengo entendido que hizo volar algunos teléfonos. Rato me ha dado la impresión de ser un hombre cortés, de trato exquisito, correcto, un señor en todos los sentidos.

-Relata que los dos cockers que el alcalde de Oviedo, Gabino de Lorenzo, regaló a Aznar ladraban con enemistosa asiduidad a Cascos.

-Son perros nerviosos. La jefa de la Secretaría se ocupaba mucho de ellos, y con Cascos, al igual que con otros, los perros se ponían histéricos. Era gracioso, porque Cascos les hacía cortes de manga como diciendo: «Nunca lo lograréis».

-¿Tomaba notas para su libro?

-Ni una sola nota y no habrá una segunda parte.

-¿Los presidentes mejoran en zapatillas?

-Mi trabajo ha sido un privilegio. Me interesan como políticos.

Perfil

La mirada de la psicóloga
María Ángeles López de Celis cuenta en el preámbulo de «Los presidentes en zapatillas» (libro de barojiano título que lleva un esclarecedor prólogo del veterano periodista José Oneto) su nacimiento en el Madrid de 1957. Licenciada en Psicología y funcionaria de carrera, sus orígenes modestos la obligaron a compaginar estudios y trabajo tras la muerte de Franco, cuando Adolfo Suárez, su primer jefe, desmontó el Movimiento y comenzó a pilotar la transición. Pasó al Ministerio del Interior hace dos meses, después de más de tres décadas en la Moncloa. Está en posesión de la cruz de la Orden del Mérito Civil.

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