Jordi Sevilla, el verso suelto de la tribu de Zapatero

El ex ministro nacido en Valencia un día de San José aviva el fuego de sus críticas contra el presidente que lo destituyó en 2007

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FRANCESC ARABÍ «Menudo impertinente». El comentario, sobre el entonces ministro Jordi Sevilla, lo hizo por lo bajini un dirigente económico valenciano durante una entrega de premios en marzo de 2005. Al recoger el galardón, Sevilla subrayó que a otro de los premiados, el presidente de Bancaja, José Luis Olivas, le había tocado la lotería con ese puesto. «A ver si a mí me cae algo cuando deje de ser ministro», bromeó para indignación de unos cuantos que no entendieron su estilo en la crítica política.
Jordi Sevilla Segura está poseído, pese a esas hechuras de ejecutivo de la City londinense, por el influjo incendiario de haber nacido en Valencia el día de San José. Hoy cumple 54 años y lo ha celebrado por todo lo alto. Con un recado al presidente del Gobierno que lo nombró ministro en 2004 y lo destituyó tres años después. «Zapatero no se fía ni de su mujer», dijo el ahora directivo de PricewaterhouseCoopers a «Vanity Fair». En la entrevista da un repaso a la gestión económica de un Ejecutivo que se pierde en «el regate corto y el predominio de la lógica partidista». El intento de retrasar la jubilación a los 67 es «cortedad de miras» y la ampliación del IVA «no corrige nada». En su blog personal, augura que la medida abonaría el fraude y retraería el consumo.
El gran error de su ex jefe Zapatero ha sido, sostiene Sevilla, negar la crisis. El ex ministro ha pronosticado cambios en el Gobierno para antes de que acabe la presidencia española de la UE. «Todos dicen que María Teresa [Fernández de la Vega] se va, incluso ella misma», deslizó, antes de acusar al presidente de «castigar con el olvido» a los que fueron sus colaboradores.
Lo dice uno de los ilustres del grupo Nueva Vía que, en el verano de 2000, aupó a Zapatero a la victoria en el congreso del PSOE por 9 votos. Casi todos(Jesús Caldera, Juan Fernando López Aguilar, Álvaro Cuesta o el propio Sevilla) han sido aparcados por su otrora patrocinado, como dijo alguien, en la vía muerta, cuando no se han suicidado, como el «fontanero» José Luis Balbás, apoderado del grupo en aquel recuento de votos.
Un alto dirigente socialista le reprocha a Sevilla que «al contrario que Ibarra o Bono, nunca criticó a Zapatero cuando estaba en primera fila». España se enteró de la irrefrenable vocación pedagógica del licenciado en Económicas, asesor de Felipe González (1985 -1991), jefe de gabinete de Pedro Solbes en Agricultura y Economía (1991-96) y asesor socialista del Congreso (1998-2000), cuando le susurró a su amigo José Luis que en «dos tardes» le explicaba la diferencia entre progresivo y regresivo en materia tributaria.
Sus detractores subrayan que el episodio retrata a un personaje soberbio y altanero que se cree el más listo de la clase. De entrada da esa apariencia, pero este presunto tecnócrata, experto como pocos en economía y en organización territorial del Estado (su libro «Vertebrando España. El Estado autonómico», en coautoría con José María Vidal, lo atestigua) se revela en la distancia corta como una persona afable. Muy comunicador, pero, especialmente, un gran aficionado a escuchar. Y ya se sabe que esta virtud no suele adornar a los adictos al espejo, un edulcorador de egos que suele cobrarse infinitamente más víctimas entre los políticos que la corrupción.
Al frente de Administraciones Públicas, Sevilla demostró temple y capacidad negociadora en las reformas estatutarias de Andalucía, Valencia, Aragón, Baleares y, con más roces, la catalana.
Igual que López Aguilar, Sevilla confió en volver a ser ministro, tras su destitución en 2007. No le tocó el gordo y renunció a la pedrea de presidir la comisión parlamentaria de Defensa. En septiembre puso fin a su exilio interior y dejó el escaño. Lo fichó PricewaterhouseCoopers, al mes de acabar el plazo de incompatibilidad como ex ministro. Desde esa atalaya se da el capricho de decir lo que le viene en gana.
En julio de 2007, el presidente llamó a Sevilla a Moncloa para comunicarle su destitución. Aquella charla dio pie a uno de los mayores enigmas del socialismo contemporáneo. ¿Le encargó el presidente que fuera el Moisés del partido en Valencia? Así lo vendió él. Zapatero abonó la hipótesis cuando corroboró que sería un buen líder del PSPV.
El ex ministro, ajeno a la vida de partido, se echó a la carretera aquel verano para predicar que urgía un congreso extraordinario. Su enemigo íntimo José Blanco levantó un muro y el 80% del partido descartó aquella salida. El ex ministro no llegó ni a presentar su candidatura. «No he sido capaz de mover las oxidadas palancas de cambio del cambio del partido», se lamentó el ex ministro con el recuento de las generales de marzo de 2008 aún caliente.

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