FRANÇESC ARABÍ
La reunión se celebró en un bareto del centro histórico de Valencia. Corría la primavera del 85. En aquel contubernio ahumado en nostalgia de clandestinidad llevaba la voz cantante Vicente Pérez Plaza, persona a las órdenes de Rafael Blasco Castany (Alcira, 1945) en la Generalitat y hombre de confianza e ideólogo desde que ambos militaron en el PCE (Marxista-Leninista). «Venancio Vega», este era el alias de Pérez, estaba en la misión proselitista de conquistar, en el seno del PSPV-PSOE, almas para la causa de su jefe: ampliar su influencia en el partido con grupo propio. Uno de los presentes cuenta que quedaron embelesados al escuchar el gran consejo de quien quería incorporarlos al «blasquismo», familia del socialismo valenciano que ganaba pujanza: «Si queréis entender la política, tenéis que ver El Padrino».
Los detractores del nuevo portavoz del PP en las Cortes Valencianas, que son legión, sostienen que aquel hijo de republicano liberal represaliado por el franquismo ha dibujado su dilatada trayectoria inspirándose en Puzzo y Coppola, que ha ejercido con una enfermiza ambición y no repara en medios para lograr fines. Sus admiradores, que también abundan, destacan su enorme capacidad de trabajo y la personalidad cautivadora de quien en el trato resulta encantador.
Blasco lleva 27 años ocupando altos cargos de la Generalitat, con cuatro presidentes, algunos peleados entre sí (Joan Lerma, Eduardo Zaplana, José Luis Olivas y Francisco Camps) y en partidos antagónicos, como son el PSPV-PSOE y el PP. El siete veces consejero (Presidencia, Obras Públicas, Empleo, Bienestar Social, Territorio y Vivienda, Sanidad e Inmigración) siempre resucita. Porque a Blasco le das un palillo, lo sueltas en medio del océano y flota. Blasco siempre flota.
Ultraizquierda y cárcel
Su alma de superviviente está en los genes de quien nació en la ribera del Júcar y de pequeño veía correr a la gente para salvar sus enseres de las riadas. Decisivos para forjar ese espíritu combativo fueron sus años de lucha antisistema, desde finales de los sesenta y especialmente en el PCE (Marxista-Leninista), que alumbró el Frente Revolucionario Antifascista y Patriótico (FRAP). «Carlos», su nombre de guerra, estaba resuelto a instaurar la dictadura del proletariado a través de la lucha armada y la movilización de masas. Era tal su ortodoxia que, en 1977, decidió, con «Venancio», expulsar a algunos correligionarios a los que acusaron de querer reventar una organización a la que pedían una puesta al día tras la muerte de Franco.
Blasco protagonizó, a principios de los 70 una escisión del Movimiento Comunista de España (MCE) para montar el MCE fracción marxista-leninista, marca con la que entró en el PCE (M-L) y en el FRAP. En1980, Blasco, «Venancio» y Josep Garés (acabó de tránsfuga socialista en las Cortes valencianas) rompieron con el PCE(M-L) y montaron un nuevo partido que no cuajó.
Llevar a la práctica sus convicciones le costó varias detenciones e ingresos en prisión. En el verano del 76, por ejemplo, Blasco fue arrestado cuando cruzaba la frontera de regreso de una reunión del exilio republicano en Francia. El indulto tras el fallecimiento de Franco le abrió la puerta de salida de la Modelo de Barcelona.
Su compromiso político arrancó cuando estudiaba Derecho. En el Sindicato Democrático Universitario contactó con un tal Ciprià Ciscar, quien fue su jefe en esas correrías y, con el tiempo, se convirtió en su cuñado. Porque a través de Ciprià —secretario de organización del PSOE con Felipe González— conoció a Consuelo Ciscar, que después fue su mujer. Como secretaria autonómica de Cultura y, después, como directora de Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM), Consuelo es una de las personas con más influencia en la política cultural valenciana.
Antes que todo eso, Consuelo Ciscar fue secretaria personal de Joan Lerma. Por aquellos tiempos (1982-85), Blasco era subsecretario de Presidencia y, desde 1983, consejero de ese área. «Lerma confiaba ciegamente en él», explica un dirigente socialista de la época. Todo cambió en 1989 cuando, siendo titular de Consejería de Obras Públicas y Urbanismo (Coput), estalló el caso Blasco. Una directora general suya, Blanca Blanquer, interpuso denuncia al sospechar que se habían ofrecido 500 millones de pesetas en una recalificación en Calpe (Alicante).
Lerma destituyó a Blasco. El ex consejero y otras cinco personas se sentaron en el banquillo. El juez instructor era Juan Climent, el mismo que presidirá el juicio a Francisco Camps si el Tribunal Supremo levanta el archivo por el presunto cohecho al recibir trajes de regalo de la trama Gürtel. Al final salió absuelto y el PP ganó, sin saberlo, un aliado sólido sobre la base de ese principio de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Blasco juró entonces desprecio eterno al PSOE. Catorce años después en julio de 2004, Blasco se afilió a un PP que acaba de perder la Moncloa.
Fue en enero de 1995, cuando Blasco hizo su gran declaración de fe: «Estoy dispuesto a trabajar con cualquier partido para echar al PSOE». Zaplana tomó nota y lo fichó como subsecretario de Presidencia. Con Blasco, el ex alcalde de Benidorm hizo una carambola a tres bandas: incorporó a un profundo conocedor del enemigo, se dio un barniz de centrismo y logró un aliado en un territorio, Valencia, en el que el ex presidente nunca fue uno de los nuestros. Los poderes fácticos de la derecha siempre vieron en Zaplana a un arribista sin principios.
Obligado a sacrificar a Ricardo Costa, el presidente Francisco Camps no se ha atrevido ahora a confiar la secretaría general a Blasco , ante el temor a que, en cuatro días, consolidara su liderazgo. En la televisión pública Canal 9 sale más que el presentador. Promociona al PP y se vende a sí mismo. Blasco es, sobre todo, un gran comercial. No en balde, se curtió como vendedor de enciclopedias a domicilio. Cuando Giddens era patrimonio del laborismo inglés, él lo tamizó y lo sirvió en bandeja a Zaplana para que elaborara la ponencia «La España de las oportunidades», que, en 1999, proyectó al entonces jefe del Consejo como librepensador en el PP. En la tarjeta de visita de Blasco aparece en mayúsculas la palabra estratega. Camps lo recuperó para montar su defensa cuando, a mediados de febrero, se percató de los errores que estaba cometiendo su entorno presidencial al afrontar su implicación en el caso Gürtel.
Blasco fue el ejecutor de fagocitar a Unión Valenciana para que el PP se comiera ese espacio de centro regionalista y apuntalar así una mayoría absoluta lograda en junio de 1999 y ratificada al alza en 2003 y 2007. Consumadas sus operaciones para aglutinar a todo el centro-derecha en el PP (logró en las autonómicas de 2007 el 53,3% del voto y el 52% en las generales de 2008), Blasco se atrevió hasta a impulsar una formación para arañar votos al PSPV-PSOE.
Él siempre lo negó, pero el Partido Social Demócrata (PSD) se constituyó, en 2006 para erosionar a los socialistas. La matriz de ese partido es el PSI de Alcira, cuya secretaria general es Gisela Blasco, sobrina de Rafael Blasco. En el PSD ocupó cargo Bernardo Blasco, hermano del consejero. El citado PSI se creó en 1993 por los blasquistas cuando Francisco Blasco —el mayor de la saga y ex presidente de la Diputación de Valencia con el PSOE— fue desalojado de la alcaldía de Alcira en una moción de censura con la que Lerma quiso acabar la limpieza a raíz del caso Blasco.
Entre el FRAP y FAES
Persona de acción más que de pensamiento, el portavoz del PP en las Cortes regionales, nunca descuidó la vertiente teórica. En unas Navidades regaló «No pienses en un elefante», de George Lakoff. Claro que igual que comulga con el gurú de la izquierda norteamericana, asiste, en julio de 2007, a un curso de la Fundación para el Análisis y Estudios Sociales (FAES), el «think tank» del ala más conservadora del PP, presidido por José María Aznar. En su obsesión por gestionar poder fue él quien hizo ver al máximo accionista del Valencia CF Francisco Roig que tenía que vender a Juan Soler. En el reciente intento de la uruguaya Inversiones Dalport de aprovecharse de la quiebra del club para quedarse con la mayoría de las acciones también hizo una incursión Blasco. La trayectoria de esta especie de albacea de las devaluadas acciones de Camps demuestra que quien acuñó el concepto erótica del poder pensaba en Rafael Blasco Castany. Incluso se diría que ha transitado por el linde entre la erótica y la pornografía del poder.