Jordi Pujol: una visión y un compromiso

Gobierna Cataluña durante 23 años, tras ser investido en 1980 presidente de la Generalitat con el apoyo de UCD y ERC

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XAVIER DOMÈNECH Jordi Pujol y Soley fundó su partido Convergencia Democrática de Cataluña en 1974 y se retiró de la primera línea tras las elecciones de 2003, en las que ya no fue candidato. Durante estas tres décadas, que incluyen 23 años al frente de la Generalitat, nunca dejó de ser cierto el chascarrillo acuñado en la primera etapa, cuando CDC fue creciendo por absorción de pequeñas formaciones, y con ellas a sus, a veces, ambiciosos líderes. «Mira, en CDC mandan tres personas –contaban entonces los pujolistas–: el Jordi, el Pujol y el Soley». Por si quedaba alguna duda, circulaba también una historia tan apócrifa como certera según la cual Pujol llamaba a capítulo a los baroncillos que levantaban demasiado la cabeza y les espetaba: «Parece que los dos no podemos estar en el mismo partido, pero resulta que éste lo he creado yo».
Y ciertamente lo había creado él, recogiendo por toda Cataluña los mimbres que había ido sembrando durante años, en un frenético viajar de comarca en comarca, sin olvidar ningún pueblo, con el doble objetivo que conocer y darse a conocer. Su memoria prodigiosa, especialmente para las caras y los nombres, no le hubiera bastado para guardar todo un país en la cabeza sin ese periplo constante y atento al detalle, que continuó practicando ya en el gobierno y que fue una parte fundamental de su encanto.
Se le ha caricaturizado en figurillas de pesebre como un campesino con faja, alpargatas, cayado y barretina. Es un retrato incompleto: aunque amante de la montaña, Pujol es urbano y cultivado, aunque nada sofisticado. Otra caricatura recurrente lo compara al maestro Yoda de la Guerra de las Galaxias, por lo sentencioso, astuto y en ocasiones impenetrable. Pero su reino siempre ha sido de este mundo, y en no pocas ocasiones ha expresado enfado e incluso una indignación nada franciscana. Pujol sólo es igual a sí mismo, y además, todo parece indicar que tras él rompieron el molde.
Beatificado en vida por sus más fervientes admiradores, su biografía tiene un instante fundacional, totémico, en una excursión al monte Tagamanent, aún niño, de la mano de su tío en la que descubrieron restos de los efectos de la Guerra Civil. «Esto lo reconstruiremos», se dijo, y en aquella determinación no se refería tanto al lugar como a todo un país que, tras la guerra, estaba en muy mal estado.
Católico, lector de pensadores cristianos modernos y muy influido por el personalismo de Mounier, a Pujol la fe le empujó al compromiso y decidió comprometerse con su país, que para él no era otro que Cataluña. Durante unos años llamó a diferentes puertas, todas ellas católicas y catalanistas (y más o menos clandestinas) preguntando: ¿qué hay que hacer? Pronto, sin embargo, se encontró marcando su propio camino, insatisfecho por la falta de visión global de lo que había hallado. No pasó mucho tiempo antes de que fuera él mismo quien dijera a otros lo que debían hacer, quien pusiera en contacto medios con ideas, inquietudes con instrumentos. Tras pasar dos años y medio en la cárcel por promover una protesta contra la presencia de ministros franquistas en el Palau de la Música (los «fets del Palau», de 1960), se aplicó a fondo en su proyecto de ir creando, o ayudando a crear, lo que a su parecer Cataluña precisaba para salir de la postración, desde una enciclopedia a una discográfica. Convencido de que un país sólido necesita sus propios instrumentos financieros, hizo crecer Banca Catalana, cuyo hundimiento, unos años más tarde, motivó una querella del fiscal general del Estado, que los jueces desestimaron en 1986.
Desde Banca Catalana o desde donde fuera que se le escuchara, Pujol dedicó su tiempo a predicar, con la palabra y con el ejemplo, la necesidad de «fer país», hacer o construir el país desde la base de la sociedad civil: la cultura, las corporaciones, las empresas, la prensa (un sector en el que su intervencionismo detallista levantó ampollas). Y todo ello sin dejar de visitar todos los municipios, todos los barrios, todas las asociaciones, y de tejer así una tupida red de contactos. A medida que se acercaba la muerte del dictador, empezó a proponer el salto de «fer país» a «fer política». Para ello el instrumento debería ser un partido exclusivamente catalán, donde pudieran converger patriotas de distintas tonalidades moderadas, desde la socialdemocracia «a la sueca» hasta el socialcristianismo a la alemana, pasando por los liberales. A ese amplio espectro, que años más tarde se ha llamado «casa común», Pujol lo denominaba «pal de paller», palo del pajar, punto de encuentro, de apoyo y de fuerza. Y a este palo vinieron a unirse muchos componentes de la tupida red.
Con ser muchos, no parecieron ser los suficientes cuando las elecciones generales de 1977 les dejaron en el cuarto lugar en votos, y las de 1979 empeoraron el resultado. Pujol tenía partidarios en todas partes, ciertamente, pero el péndulo antifranquista llevaba Cataluña hacia la izquierda, y ahí estaban los socialistas de González sumando votos en catalán y en castellano, y los eurocomunistas del PSUC que tenían a su lado a Comisiones Obreras y a la intelectualidad izquierdista. Por el centro-derecha, una UCD que dominaba por entonces los aparatos del Estado. En comparación, el de Pujol aparecía, en injusta caricatura, como un partido de tenderos y sardanistas, sin referencias en la política española, que era, en aquellos años, el terreno del juego.
Pero llegó el Estatuto, llegaron las elecciones al Parlamento de Cataluña, y con el juego cambió el terreno. Pujol se alió con una parte de la democracia cristiana para eliminar competidores y ganar grosor ideológico y relevancia internacional. Pero sobre todo Pujol azuzó a sus huestes para que fueran, casa por casa si era preciso, divulgando de boca a oreja un mensaje elemental: «En las elecciones de aquí, el partido de aquí». Y funcionó. Por los pelos, pero funcionó. Pujol fue investido presidente de la Generalitat. El resto de la historia es bastante más conocido.
Por cierto: en 1980 Jordi Pujol fue presidente con los votos de su partido, los de la nada independentista Unión del Centro Democrático de Adolfo Suárez y los de la muy independentista Esquerra Republicana de Cataluña. Y sin tener que cederles ni una sola consejería. Bastó que les dijera «yo o los socialistas» para que, por razones diametralmente opuestas, ambas formaciones le cedieran su apoyo. Con este apoyo construyó el edificio de la Generalitat, transferencia a transferencia, peseta a peseta.
Acusado de regionalista por unos y de separatista por otros, Pujol nunca ha dejado que una cuestión de etiquetas le limite la libertad de movimientos, la capacidad de amagar entre el radicalismo y el pragmatismo, tirando de la cuerda sin romperla. Culpó al PSOE de haber intentado encarcelarle por Banca Catalana (y arrasó plebiscitariamente en las siguientes elecciones, en 1984), pero apoyó a González cuando perdió la mayoría absoluta y en 1995, cuando todo se hundía, le permitió resistir hasta finalizar la presidencia española de la Unión Europea. Pactó luego tanto con el Aznar centrado de la mayoría relativa como con el Aznar sobrado de la mayoría absoluta. Y en todo este tiempo, cada dos por tres amenazaba con promover la reforma del Estatuto ante las «lecturas cicateras» del Gobierno central, pero nunca cumplió dicha amenaza. Con la boca pequeña afirmaba que ése era un melón peligroso de abrir. Pasqual Maragall no le hizo caso y se abrasó en el intento.
Ahora está advirtiendo lo mismo con respecto a la Constitución: si se toca, dice, y con la que está cayendo, puede quedar peor en lo que al autogobierno catalán se refiere.

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