La robustez del yihadismo en Yemen no se entiende sin tener en cuenta su vecindad con la fallida Somalia, un auténtico eje de desestabilización en permanente estado de guerra desde que en 1991 fue derrocado el presidente Siad Barré.
El conflicto somalí, que costó en 1993 su primer revés a EE UU después de la mediática guerra del Golfo, ha convertido a Yemen en una meca del tráfico de armas en la que, en promedio, uno de cada dos habitantes está en posesión de armamento ligero. También ha permitido que los yihadistas de la península Arábiga cuenten con todo tipo de apoyos e instalaciones en los territorios controlados por sus homólogos somalíes, que actualmente se agrupan bajo el nombre de Al Shahab (Juventud).
Somalia, base de la piratería que azota el golfo de Adén y la ribera noroccidental del océano Índico, cuenta con un Gobierno internacionalmente reconocido –una coalición de señores de la guerra de carácter islamista moderado– que sólo está presente en un tercio del territorio, precisamente el que vive el conflicto bélico de mayor intensidad. El resto del país se lo reparten, en el norte, los estados no reconocidos de Somalilandia y Puntlandi. Esta última es la floreciente guarida de muchos de los piratas. Quedan, por último, los territorios en manos de los yihadistas, que en 2006 llegaron a controlar durante unos meses la capital, Mogadiscio, de la que fueron expulsados por el ejército de Etiopía, aliada de EE UU. Sin embargo, Etiopía abandonó Somalia hace un año y los yihadistas, que han sellado una alianza con Al Qaeda, se benefician día a día de los aportes de veteranos de Irak y Afganistán.