Berlín año veinte: aniversario de una fecha histórica  

La noche en la que cayó el Muro

Dos décadas después, los berlineses conmemoran el final de una pesadilla que comenzó un caluroso agosto de 1961 y se prolongó hasta noviembre de 1989, tras un último desliz del régimen comunista

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La noche en la que cayó el Muro
La noche en la que cayó el Muro  
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LUIS M. ALONSO No era la primera vez que la historia se escribía a partir de un despiste, pero el de aquella tarde del 9 de noviembre de 1989 figura desde entonces en los anales. Günter Schabowski, miembro del Politburó de la RDA, se limitaba a informar vagamente sobre la última sesión del comité central a los periodistas reunidos en el Centro Internacional de Prensa de Moohrenstrasse en Berlín Este. Los periodistas, entre ellos corresponsales de los principales diarios del mundo, asistían expectantes, ya que la situación en la extinta república comunista había empeorado considerablemente como consecuencia de la presión económica y política, las protestas y las fugas. De hecho, el día anterior a la comparecencia de Schabowski, había dimitido la ejecutiva del Partido Socialista Unificado (SED) y los dirigentes del régimen discutían desde las diez de la mañana qué se podía hacer ante las huidas masivas y las peticiones de refugio de alemanes del Este en las embajadas de Alemania Occidental en Budapest, Praga y Varsovia. La televisión retransmitía en directo la rueda de prensa.


Cinco minutos antes de las siete de la tarde, a una pregunta de Ricardo Ehrman, corresponsal de la Agencia Italiana de Noticias, Schabowski se hizo un lío, sacó el papel que le había entregado el sucesor de Honecker, Egon Krenz, antes de la conferencia, y leyó por encima, haciendo varias pausas. Sin duda, desconocía el contenido que a él mismo se le iba revelando conforme las palabras salían de su boca. «Los viajes privados al extranjero pueden ser realizados sin ser necesario presentar o solicitar condiciones para ello por motivos justificados o causas familiares. Los permisos se otorgarán en un tiempo breve, las oficinas de la Policía tienen que otorgar las visas con prontitud». En la sala de prensa, empezó a notarse una gran agitación. Se oyeron murmullos: «¿Viajes privados sin motivos justificados?, ¿permisos concedidos en poco tiempo? Los periodistas estaban asombrados, el propio Schabowski era incapaz de creerse lo que acababa de leer. Surgió otra pregunta: «¿Eso es también válido para Berlín Oeste?». El portavoz del Politburó se encogió, primero, de hombros y, después, buscó entre los papeles: «Sí, sí? la posibilidad de viajar es desde cualquier frontera de la RDA a la BRD (Bundesrepublik Deutschland, abreviación de la República Federal Alemana) o desde Berlín Oeste». Y una más: «¿Cuándo entra en vigor?». Schabowski volvió a revisar sus papeles: «Según tengo entendido? de inmediato».


«¿Entonces qué va a pasar con el muro?», preguntó finalmente un periodista británico. El interpelado no supo esta vez qué contestar. Sin pretenderlo, él mismo había empezado a hacer añicos dos décadas de hormigón armado. Günter Schabowski, que colaboró después con la CDU (Democracia Cristiana), fue el único miembro de la cúpula comunista que, mostrándose arrepentido, reconoció que la RDA había sido un grave error, pero nadie puede asegurar que esa idea rondase su cabeza aquella tarde berlinesa de noviembre que los alemanes conmemoran veinte años después.


El desliz de Schabowski se produjo como consecuencia del caos en la dirección del partido. El papel que le había entregado Egon Krenz con la nueva regulación de viajes privados era una proposición de ley, no una resolución del consejo de ministros. El portavoz lo desconocía ya que no estuvo presente en la formación del nuevo Politburó. Nadie sabía qué hacer y los alemanes actuaron empujados por el vendaval de la lógica. El telediario de las ocho de la tarde dio la noticia bomba de que la RDA abría la frontera. La historia se abría paso a través del muro y los berlineses fueron saliendo a la calle, unos para ver cumplidas sus esperanzas de libertad, los otros, asombrados por lo que estaba pasando, para celebrar la conquista junto a sus vecinos. En el paso fronterizo de la Bornholmer Strasse se concentraron a las ocho y media, al poco de concluir las noticias de la televisión, cientos de personas. Un número similar se reunió en Invalidenstrasse y Sonnenalle. Este paso fronterizo se hizo famoso después más allá de las fronteras de Berlín gracias a la película del mismo nombre, pero entonces rondaba sobre él la triste sombra de Chris Gueffroy, el último fugitivo sobre el que abrieron fuego los «vopos», en la ribera sur del Britzer Zweigkanal.


A las nueve de la noche, la multitud de uno y otro lado exigía a gritos la apertura de la frontera en Bornholmer. La caravana de coches se extendía ya casi dos kilómetros. El jefe del puesto fronterizo, en vista de que aquello era imposible detenerlo, pidió nuevas órdenes a sus superiores. Cuando finalmente se decidió abrir el paso, miles de berlineses se precipitaron sobre el puente. Lo mismo ocurrió en otros lugares, con la excepción del Checkpoint Charlie, escenario de las mayores tensiones por causa de la Guerra Fría. El comandante de la tristemente famosa Policía del pueblo, reacio hasta el final, sucumbió cerca de la medianoche. Un minuto más tarde, la propia Policía del Este informó de que todos los puestos fronterizos estaban ya abiertos. Así empezó lo que más tarde quedaría grabado en el recuerdo como «la noche de las noches». Vecinos que ni siquiera habían podido verse en muchos años a través de las cortinas se abrazaban presos de la emoción y con los ojos empañados por las lágrimas. Los Trabant y los Wartburg, los dos modelos de coches fabricados en la Alemania comunista, se esforzaban por alcanzar el lado oeste de la ciudad. Las colas hacían imposible la circulación.


Después de la noche vino el día. A Hans Modrow, primer ministro de la moribunda RDA, se le encendió la mirada cuando empezaron a llegar las primeras noticias sobre el interés en todas partes del mundo por hacerse con trozos de hormigón del muro. Pensó que iba a ganar mucho dinero con aquello. En Berlín y alrededores se retiró un total de 106 kilómetros de pared: unos 45.000 segmentos de 2,75 toneladas por pieza, a los que se unieron 127,5 kilómetros de vallas de señalización y las 302 torres levantadas para los observadores y la Policía de frontera. Derribarlo supuso un coste de 180 millones de marcos, el equivalente a unos 200 millones de euros de ahora.


El cielo iluminaba Mónaco la tarde de junio de 1990 en que en el Metropole Palace se celebró la subasta del muro que había separado a los alemanes. Un público de fuerte poder adquisitivo esperaba ansioso la puja que empezó siendo de 50.000 francos. Se subastaron 81 segmentos de hormigón pintados. Jaguba Rizzoli, mujer del editor italiano y adinerada coleccionista de arte, adquirió para el jardín de su villa, por 27.000 marcos alemanes, una porción que de, acuerdo con los cálculos de materiales y obra, podría haber costado unos 350. Un empresario suizo pagó un millón de francos por otros diez trozos de pared pintada que, en la consignación del transporte, figuraban catalogados como escombros. La puja alcanzó en total 1,8 millones de marcos, que según la empresa organizadora estaban destinados a sufragar una reforma de la seguridad social alemana. Los pedazos de hormigón más famosos de la historia de Europa siguieron repartiéndose a partir de esa fecha por todo el mundo.


Cuando cayó el muro asomaron las ruinas del viejo orden mundial. Entre los escombros, los alemanes de la RDA, que con la reunificación recibirían los cien marcos de bienvenida al nuevo Estado, en seguida buscaron entre los escombros los botes de pepinillos de la marca Spreewald o los tarros de café Moca Fixgold. No querían recordar todo aquello pero tampoco podían olvidarlo. La barrera entre el Este y el Oeste desapareció hace dos décadas; sin embargo, aún sobrevive la frontera de la desigualdad que empieza en los alemanes de uno y otro lado y acaba en las mentalidades, tanto tiempo separadas por una pared siniestra.

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