
Ni siquiera Google aporta datos sobre Pitantorilla. La mayoría no sabría contestar si tan sonoro nombre se corresponde con una ciudad, una comida o un cometa. Pocos conocerían la respuesta correcta: que se trata de una zona deprimida del centro de Bolivia, a escasos kilómetros de Sucre, la capital constitucional del país y capital del Departamento de Chuquisaca. Pero fue allí, en un paraje de belleza excepcional que aparece en el mapa casi por casualidad, donde un zamorano, David Rodríguez Rodríguez, natural de Granja de Moreruela, decidió pasar cuatro meses de su tiempo para ayudar a los hijos de los campesinos a labrarse un futuro lejos de la pobreza y la incultura.
Ingeniero Técnico Agrícola por la Universidad de Salamanca, David Rodríguez comenzó su aventura cuando tomó la determinación de presentar su solicitud para la convocatoria de ayudas Manuel Andrés Sánchez que otorga la Junta de Castilla y León para cooperación al desarrollo. Y entre los proyectos a elegir, se decantó por el que patrocinaba Prolibertas, una fundación sin ánimo de lucro promovida e impulsada por la Orden de Los Trinitarios, que le dio la oportunidad de trasmitir sus conocimientos técnicos a los jóvenes de la localidad boliviana.
Su primera visión de la campesina Pitantorilla fue impactante. «Fue como retroceder a la España de principios del siglo XX», recuerda este joven de 25 años. Los campesinos habitan en casas con cocina y un solo cuarto, donde duermen los miembros de la familia, y la cuadra para el ganado. Tienen luz, pero no agua y, por supuesto, carecen de baños. Desplazarse a cualquier rincón de la zona requiere paciencia o zapatos a prueba de piedras. «Todo son caminos rurales; recorrer 20 kilómetros en coche te lleva más de una hora y yo, para hacer 350 kilómetros me pasé 17 horas en un autobús», recuerda David Rodríguez. Por eso, todos los viajes en autocar son nocturnos y los pasajeros no tienen más remedio que ir pertrechados con mantas y avituallamiento suficiente para la odisea que supone desplazarse. Ir a pie se convierte en otra expedición. «Para recorrer los casi 20 kilómetros que separan Pitantorilla de Sucre andábamos una hora y media hasta el río y allí esperábamos un camión de tierra que tardaba otra hora en llegar a la capital. Si no había camiones caminábamos hasta el otro pueblo, a unos 10 kilómetros, y allí cogíamos un autobús pequeño hasta Sucre», rememora el ingeniero.
De regreso ya a Granja de Moreruela, donde ha pasado las Navidades con su familia, el cooperante zamorano, con unos kilos menos, recuerda ante tanta opulencia propia de las fechas navideñas la estricta dieta a base de verduras y legumbres que no tuvo más remediar que seguir entre las montañas bolivianas. «El alimento básico es el maíz y comen lo que pueden cultivar. El pollo y la ternera se come en ocasiones, mientras que el cerdo casi no existe», explica. A pesar de las carencias, sostiene que él seguía siendo un privilegiado. Llegó al internado de Pitantorilla, un centro que combina la formación educativa de los hijos de los campesinos con el turismo, y tenía aseguradas tres comidas al día. «Muchos campesinos no pueden decir lo mismo», lamenta. Los 45 alumnos del internado, de ellos 15 chicas, de entre 13 y 20 años, también se pueden considerar entre los elegidos. En el Centro de Capacitación de Jóvenes Campesinos de Pitantorilla reciben alimentación pero asimismo formación técnica, desde mecánica y carpintería hasta corte y confección y conocimientos agropecuarios. «Es la única salida que tienen para tener un futuro», afirma el joven zamorano.
Su trabajo de «ayudante del profesor», al principio, le resultó extraño. «Yo siempre había estado al otro lado, como alumno, y estar a cargo de estudiantes me resultaba chocante, sobre todo, porque a algunos apenas les sacaba cuatro años de diferencia», reconoce. «Al final acaban siendo más amigos que alumnos», añade, aunque también reconoce que «no fue fácil y hasta tuve que cambiar algunas expresiones porque no nos entendíamos. Dejé de utilizar el tú y el vosotros para hablar de usted y de vos, que es como se dirigen unos a otros». La dificultad aumentó porque además de entender su «castellano» -también hablan quechua-, les ayudaba con las matemáticas y las ciencias. Aún así, no deja de reconocer que el esfuerzo merece la pena porque «son muy educados y agradecidos».
La vida en el internado es intensa para los alumnos. A las cinco y media de la mañana suena el «despertador» para realizar las tareas de limpieza; a las siete se desayuna y tras una hora de oraciones y misa, comienzan las clases. Las primeras horas se reparten para la educación básica y, ya por la tarde, comienza la formación técnica del alumnado. «Cenábamos a las siete de la tarde y después, dos horas de estudio. A las diez de la noche, llegábamos agotados a la cama», rememora David Rodríguez. La forma en que pagan los campesinos la educación de sus vástagos también retrotrae a la España de principios del siglo XX. Si no hay dinero, valen las especias o el trabajo de cualquier tipo. Otra vía de financiación es el apadrinamiento de los niños por parte de familias de allí y de España.
Durante su estancia de cuatro meses en Pitantorilla, David Rodríguez descubrió las enormes diferencias que separan a los jóvenes españoles de los del otro lado del charco. En la montaña boliviana no hay ropa de marca, no se llevan ni el iPhone ni el iPad, aunque algunos si disponen de móviles porque tampoco hay teléfono fijo. Al menos, en el centro social si hay ordenadores, aunque en el campo la conexión a internet es inexistente. «Pero si solo había un tractor», comenta a manera de ejemplo este ingeniero zamorano. Un tractor propiedad de la Orden de los Trinitarios que comparte toda la comunidad. «Sólo sabíamos conducirlo otro chico y yo, así que también me tocó utilizarlo para las labores del campo», recuerda este zamorano, hijo de agricultores.
La televisión, allí, entre las montañas, es muy local al igual que los programas de radio. «Si hay algo que me gusta de los bolivianos es que aman lo suyo e intentan mantener sus tradiciones y costumbres», afirma David Rodríguez. De hecho, en el recorrido por las discotecas de Sucre se oye poca música extranjera, aunque como en el resto del planeta la huella de la cultura norteamericana está impresa en cada esquina.
De lo que no hay ni «rastro» entre los adolescentes bolivianos que viven en el medio rural y en las montañas es de una educación sexual básica. «Las mujeres se quedan embarazadas muy jóvenes y tienen una media de siete u ocho hijos. No utilizan preservativos y ya hay muchos casos de Sida», comenta. La desigualdad entre sexos es otra batalla que en el campo de Bolivia ni siquiera se ha empezado a luchar. El primer ejemplo, el propio internado: de 45 alumnos, apenas 15 son chicas. Las mujeres simplemente nacen para cuidar del hogar y tener descendencia y, por supuesto, son objeto de todo tipo de abusos por parte del género masculino. «Lo ven normal», explica el zamorano. La pobreza no ayuda a preocuparse de estas cuestiones porque «comer es lo primero», explica David Rodríguez, quien reconoce lo difícil que resulta para esos jóvenes, la mayoría hijos de familias desestructuradas, dejar atrás la miseria que les rodea.
Y la vida no es precisamente barata. Mientras que el sueldo medio de un trabajador de la zona es de 1.500 pesos, unos 150 euros mensuales, una caña de cerveza cuesta lo mismo que en cualquier establecimiento de España, un euro. Por supuesto, la comida es más cara, así que todo se adquiere en el mercado de campesinos, donde los precios son más asequibles y se vende todo al peso (agua, aceite, semillas, coca) o por unidad (material de estudio, cosméticos, electrónica, muebles, ropa. Incluso en las farmacias las medicinas se compran por cápsulas.
De España tienen una imagen idílica. «Creen que todos tenemos dinero y vivimos muy bien; yo intenté ser sincero, decirles que aquí ya no es tan fácil encontrar trabajo. Muchos llegan a España engañados, por eso es mejor decirles la verdad para que no se hagan ilusiones», se sincera este joven. Pero es difícil competir con la imagen que proyectan clubes de fútbol como el Madrid y el Barça, los dos equipos más admirados en Bolivia y la «marca» española por excelencia. A pesar de todo, David Rodríguez contesta sin dudarlo que «volvería» a revivir la experiencia. «Me gustaría irme otra vez. Te quedan muchas cosas por hacer. Ellos son muy agradecidos, te demuestran su cariño y si pueden, te devuelven el favor. Sí, volvería otra vez», reitera. Una sola frase resume su corta vivencia en la empobrecida Pitantorilla: «Me vengo con los bolsos vacíos, pero con el corazón lleno». Palabra de cooperante.

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