Indeseable a dos bandos

Socorro González Hernández, fusilada en 1940, fue juzgada dos veces por matar a varias mujeres. Los tribunales republicanos la condenaron a 30 años de cárcel, los de Franco, a muerte

Marisol López
Al terminar la Guerra logró que la soltaran, pero su causa fue reabierta y tuvo que huir a Toro. Allí fue detenida el 3 de enero de 1940. La fusilaron cuatro meses después contra las tapias del cementerio de la Almudena

En su ciudad natal, ni siquiera queda quien la recuerde. Socorro González Hernández, nombre y apellidos comunes para una muchacha toresana que tuvo sus minutos de trágica gloria en las crónicas más negras de la historia de España. No queda quien atestigüe si su andadura por el lado más siniestro de la vida fue por determinación propia, si actuó por pura codicia, si la empujó la miseria o si fueron ambas. Sus días acabaron frente a un pelotón de fusilamiento en las tapias del cementerio de la Almudena de Madrid. La zamorana figura entre los represaliados del franquismo, cientos de hombres y mujeres que fueron asesinados tras un juicio sumarísimo y entre los que se mezclaban delincuentes comunes con los perdedores de la Guerra Civil, pero es la única de la lista que contaba ya con una condena por asesinato decretada por los Tribunales Populares de Urgencia de la República cuando ya había estallado la contienda y que fue juzgada y condenada por los mismos hechos dos veces.

En aquellos días, en los que la vida se había convertido en mercancía sometida al cobro de envidias y rencillas, a Socorro y a su entonces novio los condenaron a 30 años de prisión. Algo inusual si se tiene en cuenta que «en esa época era frecuente que presos como Socorro, acusados de matar a gente de derechas, fueran puestos en libertad el mismo día del juicio», explica Manuel García Muñoz, quien ha sacado a la luz, entre otras, la muerte de la toresana en su último libro «Los fusilamientos de la Almudena». Porque Socorro se había «especializado» en acabar con la vida de señoras y señoritas acaudaladas haciéndose pasar por falangista para entablar amistad con ellas. Los crímenes llegaron a hacer concluir al tribunal popular que las fechorías de la toresana suponían una mala prensa para la causa marxista.

Socorro González llegó a Madrid desde su tierra natal para servir, aunque muchas de las afirmaciones que figuran en los sumarios de los casos puedan ponerse en duda por exageraciones del tribunal para agravar las penas, imprecisiones o mentiras de la propia interesada. Durante el primer juicio que se siguió contra ella en 1937 aseguró ser natural de Ayllón (Segovia), pero en el proceso abierto tras la guerra ya declara haber nacido el 4 de agosto de 1911 en Toro. En todo caso, fue en la ciudad toresana donde se la detuvo por última vez el 3 de enero de 1940. Y en mayo de ese año, las balas de los fusiles acabaron con sus desgraciadas andanzas. En las fotos que se conservan de ella posa coqueta, vestida y peinada a la moda, con un collar de vueltas al cuello, aunque las manos de trabajadora delatan su origen humilde. Socorro mira firme a la cámara, con la misma determinación que pareció guiar sus actos; los labios pintados y apretados, sin concesiones a una sonrisa que pudiera endulzarle el gesto un momento.

Ante el tribunal franquista declaró haber trabajado de matrona en la columna Mangada, una de las primeras creadas por el gobierno republicano para contener la avanzada rebelde y destinada a la Sierra de Gredos. Lo que el contenido del sumario del caso prueba es que en los primeros días de la sublevación estaba internada en el Sanatorio Riesgo, situado en la madrileña calle Ferraz, para tratarse una enfermedad venérea. Allí coincidió con las hermanas Paula y Milagros Orozco, cuyos destinos volverían a cruzarse en la prisión de Ventas ante los militares franquistas. Ellas fueron condenadas y fusiladas por haber denunciado a un falangista novio de esta última.

Socorro González carecía de formación conocida para ejercer ni como matrona ni como enfermera, aunque esa sea la profesión que aparece en uno de los documentos oficiales a su nombre. Pero en pleno asedio de Madrid, numerosas mujeres prestaban sus servicios de forma voluntaria en los hospitales. Acudió al Hospital Provincial de Madrid, pero duró poco. La echaron por negligente y despreciable. En los documentos no se abunda en razones, pero es probable que tuviera que ver con algo de lo que se jactó en el momento de ser detenida: haber matado a un recién nacido. Después de su expulsión del sanatorio volvió a ejercer como criada. Se hizo pasar por falangista, de hecho llegó a darse de alta en Falange y obligó a hacer lo mismo a su novio, para ganarse la confianza de mujeres en buena posición social para las que trabaja. La ideología nunca supuso barrera alguna para sus metas: al mismo tiempo, ejercía de miliciana en la tristemente famosa checa de Fomento o Bellas Artes, donde la República confinaba a los adeptos a la sublevación militar. Escogía a sus víctimas y luego las ajusticiaba por su cuenta. Eso ocurrió con Loreto Ruiz del Castillo, residente en la pensión Paidos, de la calle Zurbano. La dueña de la pensión denunció que fue llevada a la checa de Bellas Artes. Su cadáver apareció el 23 de agosto de 1936 en el barrio de Usera, a mucha distancia de la cárcel.

La denuncia se tradujo en el primer juicio contra la toresana. «El caso debió ser sonado. La acusaban de hacerse pasar por fascista para contactar con gente de derechas y después asesinarlas, de manera que con su actuación desprestigiaba la revolución marxista», afirma Manuel García, quien también hace hincapié en la saña con la que la trató la prensa durante la vista, sobre todo en el periódico Claridad, un diario del ala más extrema del socialismo que circuló en el Madrid de la Guerra Civil. A Socorro González y a su novio, Eduardo Martín Navas, se les atribuía también la muerte de una mujer llamada Fifí Castellanos. Eduardo trabajaba de oficinista en el Hotel Savoy y en el momento de prestar declaración es él el que declara ser originario de Toro y se muestra totalmente sometido por la personalidad avasalladora de su novia. Así lo recogía el mencionado Claridad: «Socorro, 25 años, natural de Ayllón, enfermera del Hospital Provincia. Expulsada por inepta e indeseable. Después se hizo doméstica de gente bien. Eduardo Martín Navas, de 35 años, natural de Toro (Zamora). Era oficinista en el Hotel Savoy. Despedido, recibió una indemnización y con el producto de esa indemnización instaló con su pareja una frutería. Al estallar la revolución, Socorro, mujer dominadora que ejercía verdadera influencia en Eduardo, se dedicó a dar, por su cuenta, "paseos" a mujeres que tuvieran dinero y alhajas y se apoderaba de sus bienes. Para relacionarse con ellas se hizo de Falange y obligó a Eduardo a afiliarse. Socorro confesó que asesinó personalmente a tiros a Loreto y que ella no era fascista. Al escuchar la sentencia, Eduardo la aceptó conmovido, mientras que Socorro le tiraba pellizcos».

Le cayeron 30 años de presidio. En primer lugar fue enviada a Ventas, la cárcel para mujeres concebida por Victoria Kent como un centro de reeducación y que contaba con modernas instalaciones de las que nada quedaría al finalizar la guerra, cuando se convirtió en centro de detención de las represaliadas por el régimen franquista y donde acabaría otra vez, al cabo de tres años, Socorro González. Pero pronto fue trasladada a Alaquás (Valencia), la prisión con la que el Gobierno republicano quería mostrar el buen trato que dispensaba a las detenidas partidarias de la sublevación. En 1938, el campamento se trasladó a Cehegín (Murcia).

En Alaquás, la toresana por fin pudo codearse de tú a tú con las más ilustres damas del lado franquista: la esposa de Queipo de Llano, Rosario, la hija y las hermanas de José Antonio Primo de Rivera, Pilar Millán Astray y Pilar Jaraiz Franco, la sobrina del dictador, que por entonces aún mantenía estrecha relación con su tío. La que luego fuera «pariente díscola» de Franco y que se afilió al PSOE en 1977, había ingresado en la cárcel con su hijo, un niño de 15 meses. Los roces comenzaron pronto. Pilar Millán Astray la acusó de haberla amenazado y la sobrina de Franco la implicó en un intento de envenenar a su hijo.

Pilar Jaraiz Franco fue intercambiada por presos republicanos, pero las que se quedaron hasta terminar la guerra, de vuelta a Madrid, atestiguaron que Socorro González seguía presa en Cehegín. De allí la enviaron a Tarragona a cumplir la parte de la pena de 30 años que aún le restaba. Pero su historia estaba lejos de acabar ahí: la maquinaria franquista reabrió el caso de Loreto Ruiz del Castillo.
Compareció de nuevo la dueña de la pensión de la calle Zurbano, quien identificó sin lugar a dudas a la toresana como «la miliciana que vio en la checa de Bellas Artes y que incluso le dio un vaso de agua y le aseguró que lo de Loreto no tenía solución».

Se hacía pasar por falangista para trabar amistad con sus víctimas, luego ejercía como miliciana de la checa de Fomento y las mataba por su cuenta

Sin embargo, en el caos que siguió al final de la contienda, Socorro logró la libertad. Un oficio fechado el 2 de diciembre de 1939 informó de la liberación. Cabe dentro de lo probable que utilizara su afiliación a Falange para volver a la calle. Ella pidió «un billete de caridad» puesto que carecía de medios, y las autoridades le concedieron un salvoconducto para irse a vivir a San Sebastián. Incluso le dieron dinero. En dicho documento figura como lugar de nacimiento Toro y de profesión, «labores».

La huida acabaría llevándola a Toro, donde fue detenida el 3 de enero de 1940. La libertad le había durado apenas un mes. En el oficio, el agente Aniceto Ruiz, da cuenta del arresto de la mujer, «hija de Germán y de María, soltera y de profesión enfermera». De la detención se hicieron eco en la edición del 5 de enero tanto «El Heraldo de Zamora» como «ABC». El primero titulaba: «Detención de una toresana criminal, se jactaba de haber cometido varios asesinatos» y, entre otros detalles, aseguraba: «En el año de 1931 fue a Madrid prestando, a partir de entonces, servicios en diversas casas y al estallar el Movimiento ingresó como enfermera en hospitales. En marzo de 1937 fue detenida por los rojos y condenada a 30 años de reclusión ingresando en la prisión de Chamartín de la Rosa, desde donde fue trasladada a Tarragona. Al ser liberada esta población por nuestro Ejército, Socorro fue puesta en libertad, pero con posterioridad se averiguaron algunos antecedentes suyos que la retratan como una criminal de los peores instintos».

«ABC» titulaba con la vil eficacia que requería la época: «Detención de una enfermera roja del Hospital Provincial de Madrid». En el sumario abierto por el tribunal militar se declaró como antigua militante de UGT y admitió que había denunciado a tres monjas del Hospital que reconoció por la calle y que fueron encarceladas en la checa.

Socorro ingresó de nuevo en la cárcel de Ventas, donde llegaron a hacinarse 11.0000 mujeres en un centro concebido para 500 y donde la enfermedad, el hambre y el frío simultaneaban protagonismo con las matanzas indiscriminadas al pie de las tapias del cercano cementerio de la Almudena. Hasta allí fue conducida la madrugada del 8 de mayo de 1940 en compañía de otros tres presos. Había desatado su propio régimen del terror en medio del horror de la guerra y pagó por ello un alto precio: su vida. Fue enterrada, como tantos, en una fosa común. Que conste, nadie reclamó su cadáver y en su Toro natal ya nadie guarda memoria de ella.

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