![]() Los hermanos cubren una parte del recorrido. La fe ampara al Cristo recostadoLa amenaza de lluvia convierte la noche en un intenso acto de fe en honor al Cricificado de la Buena Muerte. J. M. S. La penitencia no entiende de obstáculos. Los hermanos de la «Buena Muerte» no dudaron en sacar adelante su cita anual con la estameña y la tea y su Cristo se encargó de arropar el tremendo acto de fe que supone la madrugada del Lunes Santo. Esa secuencia de imágenes, instantes, sonidos y silencios que marca un antes y un después en quien se acerca a conocer el oprobio realizado a Cristo y por el que la ciudad guarda silencio. Y así la demostración de compromiso resultó inmensa. Las bisagras de las puertas de San Vicente chirriaron lo justo sobre la medianoche dejar escapar gota a gota, la procesión, a ritmo vertiginoso para ganar la primera estación, Santa Lucía. La acústica de la casa del Santísimo Cristo de la Buena Muerte reflejaba ya los ecos del «¡Oh, Jerusalem!» en la voz profunda de los hermanos de coro, mientras las teas consumían los primeros silencios de la noche. Apareció Cristo, recostado sobre su Cruz, sereno en el sufrimiento, amparado por el sentimiento zamorano. Su dolor inclinado ganó el empedrado de la plaza del Fresco para caminar por las calles, esta vez, algo más desnudas que de costumbre. El ritual cobró vida, de nuevo. Las teas guiaban a los hermanos camino de Balborraz desenrollando un hilo de luz, sólo alterado por las pantallas de las cámaras fotográficas, las mismas que se han empeñado en decorar la Semana Santa del siglo XXI. Con la noche destemplada y la luna buscando un hueco en el cielo para escuchar atenta el himno de la «Buena Muerte, las estrofas latinas del maestro Manzano renovaron el milagro. Muchos zamoranos regresaban, satisfechos a su casa. El Cristo recostado en su Cruz caminaba, paso firme, buscando el Arco de Doña Urraca. 2010. Y de allí, los últimos pasos, esos que congelan el tiempo, que hielan el alma a las puertas del templo.
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