![]() La lluvia ofendeLa lluvia irrumpe en pleno recorrido del Silencio y obliga a llevar precipitadamente la imagen del Cristo de las Injurias al Museo, tras renovar un Juramento impecable JOSÉ MARÍA SADIA La lluvia, otras veces sinónimo de bendición, truncó anoche la promesa de silencio de toda una ciudad. Y lo hizo tras una oración conmovedora, impecable. Suena a ya dicho, pero así hay que recordarlo. Y así lo viven los medios gráficos que vienen de fuera, sorprendidos por el testimonio de sus cámaras ante la escena intensa y única que ofrece el Atrio a eso de las ocho y media de la tarde. Cumplido el ritual y con la procesión avanzando en la calle, una tromba de agua ha llevado el desánimo a los más de dos mil cofrades del «Silencio», el desconcierto a los numerosísimos hermanos de acera y la preocupación a los responsables del desfile. En la rúa de los Francos, la imagen del Santísimo Cristo de las Injurias se dirigía ya a marchas forzadas camino del Museo. Allí, las puertas abiertas cobijaron la valiosísima imagen, mientras los hermanos se despojaban de sus caperuces de terciopelo empapados. Unos lo tomaron con resignación, otros con enfado. Muchos de ellos apretaban el paso camino de su casa. En las vísperas del desfile, los nubarrones parecían mansos. Porque la calle ofrecía la sensación de dar por cumplido el castigo con dos procesiones truncadas ya por el agua. Los hermanos del «Silencio», hachón y caperuz al hombro, tomaban dirección a la plaza de la Catedral, para completar la indumentaria en los jardines, sin olvidar la corona sobre la túnica, que estrenó la mayoría. Toque de clarines y el Santísimo Cristo de las Injurias asoma en la puerta del Templo Mayor. El pebetero nuevo toma el núcleo de la plaza, que los hermanos comienzan a inundar, fila a fila. Y allí, un padre enseña a su hijo de pocos años a proteger la incipiente llama en la mecha de la vela. Los flashes se disparan, mientras el violonchelo se convierte en la única voz. Tras el Juramento de la ciudad en la palabra de su alcaldesa, el obispo, Gregorio Martínez, reclama compromiso en forma de silencio con voz firme. Una respuesta casi al unísono. «Sí, juramos». Esa es la magia. Así lo decía el fallecido Jesús Payá. «El Silencio es esto». A pocos centímetros del Crucificado de las Injurias, aguarda uno de los embajadores insignes de la ceremonia. Mayor Oreja comparte sitio con autoridades y políticos locales, a los que esta vez se ha sumado el presidente del Tribunal Superior de Justicia de la región, José Luis Concepción. El ovillo de terciopelo rojo se deshace para formar la procesión. Pocos minutos después, jarrea en las calles de la ciudad. El cielo no anuncia una tregua y, en el fondo, ya se conoce otro final infeliz. Mientras los fieles maldicen la lluvia y despliegan los paraguas, los hermanos del «Silencio» sostienen su juramento sin inmutarse por la lluvia. Corre el Cristo de las Injurias camino de la plaza de Viriato. Tras apretar el paso, en Santa María la Nueva se deshacen las filas y, al fin, la imagen se pone a cubierto. Es el final precipitado a una noche que comenzó con un acto bellísimo. Al menos, la lluvia concedió una tregua. Y quienes lo vieron por primera vez, todavía se preguntan qué pasó anoche en la plaza de la Catedral.
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