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ÁLVARO FAES Era la última noche en Madonna di Campiglio y a Fernando Alonso no le cabía la sonrisa en el rostro. A 1.500 metros, diez bajo cero en el exterior, se celebraba el fin de fiesta de la convivencia invernal de Ferrari. Espectacular bufet en la discoteca Zangola, música a todo trapo y reparto de premios tras la competición de esquí de la mañana. Alonso aplaudía a rabiar, reía y jaleaba a Giancarlo Fisichella cuando recogía el premio por su gran bajada en el eslalon gigante. El reserva de la escudería ganó en la categoría «Pilotos y amigos de pilotos». El asturiano quedó fuera del podio, a dos segundos del italiano. Ferrari en pleno se divertía en la pista. El personal de la 20ª edición del Wroom (así llaman en la Scuderia a su particular semana blanca) bailaba los temas de David Guetta después de cinco días de trabajo, una labor sincronizada al servicio de la Scuderia y sus invitados. El disc jockey pinchaba en honor a Felipe Massa, suena el Rap Das Armas de Cidinho y Doca y provoca el éxtasis en el clan brasileño. En Ferrari le quieren, más aún después del susto de hace unos pocos meses. Casi se deja la vida en Hungría y toda la escudería rezó para su recuperación. Luego llegó el guiño al ovetense desde la cabina. Dos himnos de Estopa para la colonia española. Alonso agradece el detalle y la troupe hispana se hace notar. «Ha sido una semana fantástica», confiesa el piloto después de cinco días de esquí, paseos en trineo y carreras de coches sobre el hielo. Apenas acaba de aterrizar y ya se siente parte de la Scuderia, orgulloso de lucir Il Cavallino en el pecho.
Hubo una mañana que quisieron provocar al piloto. En su primera rueda de prensa, alguien rescató unas palabras de Lewis Hamilton. Alonso respondió bien. «Cuando llegué a McLaren dije que era un sueño pero pronto se desvaneció».
Firme pero sin entrar en polémicas, resultó difícil encontrarle un gesto torcido en toda la convivencia en Madonna di Campiglio. La sonrisa era permanente, las bromas continuas y sus ganas de agradar, desbordantes. Tuvo tiempo para sentir el calor de la familia Ferrari y empezar a sentirse uno más. El equipo puso todo de su parte y el español lo devolvió con el máximo interés. «Esto es como una familia y su pasión por las carreras es enorme», confesó el piloto una de las veladas, la del miércoles pasado, cuando celebraban el cumpleños de Fisichella, treinta y siete ya para el tercero de la escudería.
Los días en la nieve acercaron al asturiano a Felipe Massa. Los compañeros y sus clanes se conocieron mejor y aparcaron viejas diferencias. De inicio, se saben la lección al dedillo. Nada de polémicas, nada de enfrentamientos. Primero, el equipo y después, los pilotos. La pista dictará sentencia y pondrá a cada uno en su lugar. Al brasileño ya le tocó trabajar para Raikkonen en 2007, cuando tuvo que renunciar en Interlagos a la victoria en su Sao Paulo natal para facilitar el título al finlandés. Al año siguiente le tocó a Kimi echar una mano de vez en cuando, pero a Massa se le escapó el campeonato en la última curva, otra vez en Brasil.
«Tenemos una pareja explosiva», dijo estos días Stefano Domenicali, el jefe del equipo. Sabe que sus pilotos son dinamita pura para lo bueno y para lo malo. Massa tiene clara la filosofía de los italianos y Fernando Alonso la asume desde el primer día. «Nunca he pedido ser el primer piloto ni tener el mejor material, pero no quiero ser el segundo, como me pasó en McLaren». La promesa de igualdad es firme en la casa roja y así se ha demostrado en las últimas temporadas.
El adiós a los días de relajo en Madonna di Campiglio da el pistoletazo de salida a la temporada. Aguardan a los primeros test en febrero con la fábrica de Maranello echando humo estos días, actividad frenética en torno al monoplaza. Domenicali se la juega esta temporada. Ross Brawn, el ingeniero ganador de los últimos años, un druida en los garajes de la Fórmula 1, dejó al equipo huérfano de genialidad con su marcha. Abandonó Jean Todt la dirección y Stefano asumió el mando. El ingeniero italiano nacido en Imola y crecido en Monza destila automovilismo por todos sus poros. Amante del diálogo, ya ha recibido algunas críticas por sus decisiones en carrera. Por eso la presión será máxima en 2010, el año señalado para poner fin a algunos desbarajustes indignos de un equipo tan grande.
Tal es el ritmo en Maranello que por Madonna di Campiglio apareció solamente el día de su rueda de prensa. Luego se calzó los esquíes para unas cuantas bajadas, comió con Bernie Ecclestone a 2.000 metros de altura y regresó al encierro de la factoría, a la lluvia de datos que los ordenadores de la vieja fábrica escupen sin descanso.
La huida de Shcumacher es otro aliciente en Ferrari. «Debemos demostrarle quién es el equipo más fuerte», dijo Stefano Domenicali en Madonna di Campiglio. Después de cinco títulos y once temporadas en la Scuderia, su huida a Mercedes, el eterno rival, escuece en Italia. Tras la retirada en 2006 abrazó su papel de asesor, consejero de lujo con sueldo de piloto.
Hasta que le pusieron en la boca el caramelo del regreso. Su vuelta se frustró en Valencia, cuando estaba señalado para sustituir al lastimado Massa. Su cuello no estaba repuesto de un accidente de moto anterior. Las malas lenguas dicen que sus discretos tiempos en una prueba en Maranello echaron atrás al equipo. Sea como sea, el Kaiser está de vuelta, junto a su ingeniero talismán Ross Brawn. Un acicate todavía mayor para Alonso.
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