Motociclismo / Gran Premio de Malasia

La novena sinfonía de Rossi

El italiano, tercero ayer en Sepang tras Stoner y Pedrosa, sumó su noveno mundial y séptimo en la categoría reina

 
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N. L. Con el español Julián Simón ya campeón de 125 y el italiano Rossi de MotoGP, la última carrera de la temporada, el 8 de noviembre en el circuito valenciano de Cheste, decidirá el campeón del cuarto de litro. Todas las papeletas están a favor del japonés Aoyama (Honda) -en la fotografía-, a quien le vale finalizar entre los diez primeros o que el italiano Simoncelli no gane la carrera para lograr el título tras ganar ayer en Sepang.

El tercer puesto en el GP de Malasia disputado ayer en el circuito de Sepang, tras el australiano Casey Stoner y el español Dabni Pedrosa, y por delante de su único rival por el título, el también español Jorge Lorenzo, valió al italiano Valentino Rossi para sumar su noveno título mundial y séptimo en la categoría reina del motociclismo.


Rossi, que debutó en el Mundial en 1996, inauguró al año siguiente su palmarés ganando el título en 125 c.c. con Aprilia; en 1998 pasó al cuarto de litro y tras una temporada de aprendizaje ganaba el campeonato en 1999 con Aprilia; en 2000 saltó a 500 -entonces la máxima categoría- y en 2001 lograba su primera máxima corona con Honda. El cambio de 500 a MotoGP no lo acusó lo más mínimo y se hizo con los títulos de 2002 y 2003 de nuevo con Honda; y los de 2004, 2005, 2008 y ahora el de 2009 con Yamaha.


La aportación de Rossi al motociclismo y al deporte en general es imposible de medir, así como los aficionados que se han «enganchado» a la MotoGP por la atracción que ejerce el piloto nacido hace 30 años en la Romaña italiana, en un pequeño pueblo llamado Tavullia, donde todavía reside.


En cualquier circuito del mundo -salvo en los españoles- hay más banderas, camisetas, gorras y pancartas de Valentino que de cualquier piloto local. Por ejemplo, los periodistas italianos que siguen el campeonato o los responsables de su club de seguidores se enfadan cuando se les dice que su piloto no es italiano, sino que es «patrimonio de la humanidad».


Sus celebraciones también han creado escuela. Se ha vestido de pollo, de preso, de director de orquesta, de médico. Se ha puesto unas orejas de burro o ha realizado junto a «los artistas» de su club de fans de Tavullia un montaje a pie de pista con Blancanieves y los siete enanitos cuando ganó su séptimo título.


Pidió perdón el año pasado por haber perdido los mundiales de 2006 y 2008 con unas camisetas en las que se podía leer «Perdonad el retraso», y ayer lució otra camiseta en la que se podía leer: «Gallina vieja hace buen caldo». En el podio apareció con un gran huevo en el que había pintado un número 9.


Más allá de su carácter extrovertido y frívolo, Rossi es un gran profesional que sabe qué es lo que le ha llevado a ser uno de los deportistas mejor pagados del mundo.


Sabe, como buen italiano, venderse como nadie. Es imposible verle rechazar la firma de autógrafo o denegar una foto. En Mugello, tras ganar el GP de Italia de 2006, fue un espectáculo observar cómo con la gorra calada por el sudor y extenuado por el esfuerzo se hacía fotos con los bomberos del circuito o con paciencia firmaba decenas de gorras amarillas con su número de siempre: el 46.


Valentino se inició de pequeño en este deporte de la mano de su padre Grazziano, que ganó dos grandes premios en la último lustro de la década de los setenta. Grazziano pasea habitualmente por los circuitos y tiene todavía ese aspecto de los pilotos de su época, ese toque que también acompaña a personajes como el español Angel Nieto.


Pronto destacó en el campeonato nacional en el que en 1994 fue campeón de 125 c.c. y debutó en 1996 en el Mundial precisamente en Malasia, donde ayer lograba su novena corona, su novena sinfonía. Su fuerte personalidad le llevó a crear un universo particular que se ha convertido en un negocio notable: su número, sus cascos con el sol y la luna, o con su cara boquiabierta, como el estrenado en Mugello el año pasado, su ropa, su perro bulldog Guido, sus camisetas. Todo se vende.


Después de ganar los mundiales de 125 c.c. y 250 c.c. en 1997 y 1999 con Aprilia, dio el paso a la mayor de las cilindradas, entonces la de 500 c.c. Ganó su primer título en la categoría reina el último año que corrieron las «medio litro» con una Honda y el primero con las 990 c.c. de MotoGP también con la marca de ala dorada en 2001 y 2002.


Rossi es tan competitivo que se sintió menospreciado por los responsables japoneses de su moto. Los dirigentes de Honda consideraban, según el piloto, que ganaba porque su máquina era tan buena que nadie podía con ella. Valentino se fue cansando poco a poco de ellos y empezó a negociar en secreto en 2003 con sus rivales de toda la vida: Yamaha, con el fin de demostrar que era él quien hacía que la Honda corriera y no al revés.


En su autobiografía, el italiano cuenta que la pregunta es: «¿Y si no lo hubiera intentado, qué?». Nada más comenzar la temporada 2004 encontró la respuesta: había acertado, porque en el primer gran premio del año, en Suráfrica, se impuso con su nueva Yamaha.


Empalmó dos títulos con su nueva marca y en 2006 vivió su peor año cuando perdió en la última carrera el mundial ante Nicky Hayden, entonces en Honda. Además, tuvo problemas con la Hacienda italiana, y tras cambiar de representante decidió regresar a Tavullia tras haber estado viviendo en Londres.


El regreso a casa renovó su personalidad y le dio más fuerza. En 2007 no pudo con el australiano Casey Stoner y su Ducati, pero los dos últimos años ha vuelto a lo más alto. La llegada de Jorge Lorenzo, con 22 años, a su equipo le ha motivado aún más. De momento en 2010 seguirá en Yamaha. Más adelante ya se verá. Lo que sí dejó claro ayer en Sepang es que «Aún me quedan fuerzas para seguir luchando y para seguir divirtiéndome».


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