TINO PERTIERRA
«Celda 211»
Director: Daniel Monzón. Con Luis Tosar y Antonio Resines.
La primera escena de «Celda 211» invita a cerrar los ojos. Arranca con un parsimonioso ritual que apesta a despedida. A decisión terminal. Y concluye con un destello de crudeza que deja mal cuerpo. Lo busca. Lo consigue. Lo necesita la película. No valen medias tintas cuando se trata de hacer creíble un descenso a los infiernos con parada eterna en ellos. Un desigual reparto de secundarios que interpretan a los funcionarios de prisiones hace cojear el planteamiento de la historia pero cuando aparece en escena «Malamadre», todo cambia.
Todo revienta. Y eso se lo debemos a Luis Tosar. Su trabajo está por encima de cualquier adjetivo elogioso. Es el alma, el corazón y las tripas de la historia, su razón de ser y el culpable de que sus mejores momentos se claven como culatas en el espectador. Cualquier pero que se pudiera hacer a algunos de sus trabajos previos se esfuma aquí. Es una de esas creaciones que hacen pasar una película del notable al sobresaliente. La proeza de convertir a un personaje salvaje en una persona con áreas de nobleza hace que la pantalla restalle con una intensidad poco común en el cine español. Se lo ponen en bandeja, eso es cierto. El guión reúne las suficientes dosis de habilidad, inteligencia y astucia para que el interés se grape desde el principio al espectador y no decaiga. Con altibajos, hay que decirlo: los flashback con la esposa del funcionario «atrapado» en la cárcel son necesarios para que haya mayor complicidad con el personaje y el revolcón argumental del desenlace alcance el hervor necesario, pero son escenas que suenan a perchas forzadas, a argucia de prestidigitador que distrae al espectador mucho antes de que se produzca el gran truco. También cojean las escenas de batalla campal con los antidisturbios, impuestas ahí para facilitar el giro brutal que aguarda a vuelta de hoja letal.
Son pasos en falso que no impiden el avance firme de una trama que dispara a todo lo que se mueve: desde las autoridades penitenciarias que van del alcaide pusilánime al guardia salvaje hasta los presos chivatos o sanguinarios pasando, en un quiebro que aporta un inesperado fogonazo semipolítico al tinglado, por los terroristas convertidos en inesperadas monedas de cambio.
Monzón consigue con su cámara digital meter los dedos en la herida para sacar fuera toda la podredumbre de un mundo de inmundicias al que la sociedad da la espalda para que sus habitantes se pudran a la sombra. El retrato de esa comunidad de presos es inquietante y ayuda a identificarse con el atribulado funcionario obligado a ser uno de ellos para sobrevivir. Disimula o revienta. Algunos de los presos meten miedo desde su primera aparición: sabes que para ellos matar es tan fácil como comerse unas gambas. Tienen su guerra, como los terroristas tienen la suya: y todos van camino a la perdición por motivos muy distintos. En ese vendaval de odios, venganzas, engaños, traiciones y dolor infinito, la inesperada relación de incipiente amistad que surge entre «Malamadre» y el farsante «Calzones» se convierte en un ataúd de afinidad y comprensión. Por caminos distintos, ambos llegan a un mismo destino, y, en el fondo del pozo encuentran las respuestas a las preguntas más atroces. El horror que habita en uno desde el principio se traslada al otro, y en el cruce se produce un estallido emocional que llena la pantalla de instantes sobrecogedores. De gran cine.