CÉSAR COMBARROS/ ICAL
Hace más de una década, Jorge Moreta (Salamanca, 1972) visitó Cuba por primera vez. Prendado de la isla, el periodista regresó dos años después y el sentir del pueblo cubano comenzó a calar en su espíritu, creándole la necesidad de escribir un libro de viajes en el que recorriera la historia de las personas que salían a su paso en un recorrido contra el tiempo a lo largo de más de tres mil kilómetros. Ahora, tras un exhaustivo proceso de documentación, ha publicado ‘Cuba más allá de Fidel’ (Altaïr, 17 euros), un volumen con imágenes del editor gráfico de la Agencia Ical, Eduardo Margareto, en el que ha buscado dar forma al libro que a él le hubiera gustado leer.
Comenta en su libro la sensación de añoranza de Cuba que sintió poco después de haber pisado la isla por primera vez.
Es una sensación de la que había oído hablar, pero que nunca había sentido hasta que llegué allí: la nostalgia de lo que no conoces. Al rato de estar allí, tuve la sensación de que llevaba toda la vida, con una sensación muy fuerte de deja vú. He añorado durante muchos años algo que no conocía, y esa impresión me marcó mucho.
¿Le gusta la literatura de viajes? ¿Quiénes son sus maestros en el género?
Siempre me ha gustado mucho leer narrativa de viajes. Empecé con Javier Reverte y sus libros de África, y luego he ido leyendo un poco de todo, con títulos que para mí son de viajes como ‘Ébano’, de Ryszard Kapuscinski, o incluso ‘En el camino’, de Jack Kerouac; al final pensé por qué no podía intentar hacer algo así de Cuba. Me lo tomé con calma y me empecé a documentar; durante tres o cuatro años habré leído unos doscientos libros de Cuba, y al final parecía que estaba haciendo una tesina. Cuba es inagotable. Empiezas con la Guerra de la Independencia, sigues con la Revolución castrista… Con ellos sucede una cosa muy curiosa: tienen su historia muy reciente y conviven con ella.
¿En qué se ha convertido Cuba para usted?
Mi reto era intentar escribir el libro que siempre me hubiera gustado leer. Es una frase hecha pero es la realidad. Descubrí que lo que a mí me había pasado antes ya le sucedió a mucha otra gente, a españoles anónimos y a escritores con mayúsculas, como Federico García Lorca, Alberti, Juan Ramón Jiménez o Luis Cernuda… Esa sensación de ya vivido quizá venga porque la historia de Cuba es muy paralela a la de España; la historia de España no se podría explicar sin la historia de Cuba y viceversa. Este libro ha sido sobre todo un redescubrimiento. Vivimos en un mundo donde todo es ya conocido; Cuba es un destino masificado, y yo quería contar algo diferente al tópico, ir más allá; que el libro fuera un billete para que quien lo lea pueda conocer una Cuba diferente.
El título del libro es ‘Cuba más allá de Fidel’. ¿Más allá del régimen y de la postal turística, lo más sorprendente del país es el pueblo?
Sí, además este libro está escrito muy de la mano del pueblo cubano. Tiene el hilo conductor del viaje, pero va intercalando la historia de Cuba. En el viaje se reproducen muchos diálogos con la gente que me he ido encontrando, y parto de la idea de que lo que diferencia los lugares son sus personas, porque es lo que realmente te marca y te enriquece. Es un país que tiene un régimen dictatorial, totalitario e injusto, y al volver de allí te preguntas por qué merece la pena ir allí, más allá de su paisaje. Y la respuesta es por su gente. Una de las experiencias más sobrecogedoras para mí fue conocer la Sierra Maestra, donde la gente convive como aquí en la España de la posguerra; la gente allí se muestra como es, transparente, y eso es lo que realmente te marca.
Titula uno de sus capítulos ‘El paisaje es el cielo’. ¿Podríamos decir que en Cuba el paisaje son los rostros?
Pues sí, los rostros de la gente y sobre todo de los niños. Las mejores fotos que yo he visto certificando esto son las imágenes de retratos de Eduardo Margareto en la isla. Al final Cuba son los rostros de su gente y de sus niños, ante la situación que están, ante un futuro que nunca llega, porque todo es un presente cansado, Cuba mantiene la esperanza. La historia de Cuba es la historia por la libertad, e intentar decidir su propio futuro. Cuba, 500 años después de su redescubrimiento por Occidente, sigue sin decidir su propio futuro, que es algo que en Europa nos parece bastante normal, pero que allí sigue siendo una utopía.
¿Qué le atraía de las fotos de Margareto? ¿Qué aportaba al relato?
Las fotos de Eduardo te sacuden, no te dejan indiferente y te llegan al corazón. Al final, cuando unas fotos tienen alma, aparece el ‘duende’ del que hablaba Lorca o el ‘ajé’ del que hablan los cubanos, que viene a ser lo mismo. Ese algo, que ni se compra ni se vende sino que se tiene o no se tiene, está en esas imágenes. Las fotos de Eduardo tienen alma y ese trasfondo que les permite transmitir algo que no se ve.
En el libro comienza hablando del estrés, y una de las características primordiales de Cuba es el propio ritmo interno de esa sociedad.
Los cubanos se adueñan del tiempo, y si te crispas pierdes por KO. El régimen cubano actual ha enseñado al pueblo la peor lección que se puede aprender: que hagas lo que hagas, tu vida no va a mejorar. Al margen de esa ausencia de esperanza, que es tremenda, también influye la climatología; en Cuba tienen una humedad tremenda, aparte del calor, y la gente de allí vive a otro ritmo y tú chocas contra él. Si no modificas el chip vas directo a estrellarte. La última vez que he estado allí, decidí meter el reloj en la mochila cuando estaba en Barajas y realmente es lo mejor.
¿Ha buscado un equilibrio entre la anécdota y la historia?
Es un libro plagado de anécdotas, y en ellas encuentras las claves del día a día cubano. Por eso he querido dosificarlas. ‘Cuba más allá de Fidel’ se construye gracias a las pequeñas historias de la historia. Algunas son anónimas, otras curiosas, y he recogido relatos como la llegada de Sarah Bernhardt a La Habana y su romance con un torero español, o el amor en tierras castellanas de Javier Sotomayor y Ana Fidelia Quiroz, que terminó de una forma muy tortuosa en Cuba.
También recoge la evolución de la mafia y su influencia en la isla.
La Habana fue una ciudad deslumbrante porque la mafia norteamericana se repartía el mapa del juego, el crimen organizado y del alcohol desde Cuba, hasta tal punto de que llegaron a reservar todo el Hotel Nacional para una gran cumbre de la mafia norteamericana, y como no entraban tuvieron que irse a otros hoteles. La excusa era que les iba a cantar un chico de Sicilia que era Frank Sinatra. Cuba no se podría explicar sin la huella de la mafia, que quería hacer toda una Meca del juego desde La Habana hasta Varadero, con 140 kilómetros llenos de casinos.