07 de agosto de 2017
07.08.2017
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Tierra de Campos Actividades culturales en Granja

Visitas al Monasterio de Moreruela: De regreso al medievo

Las visitas teatralizadas en el Monasterio de Santa María de Moreruela "transportan" a los visitantes a los años de mayor esplendor del Císter

08.08.2017 | 09:31

Un portón imaginario se abre y el grupo de visitantes se transporta al medievo, al momento de mayor de esplendor del monasterio cisterciense de Granja de Moreruela. El "padre Leovigildo", encarnado por el actor Víctor Hernández, recibe a los turistas en la misma puerta de lo que fue la hospedería del convento. "No me suban por las paredes", grita el monje a aquellos despistados que siguen su camino sin entrar por esa puerta hoy inexistente que abre el acceso al mundo siempre enigmático de la Orden del Císter.

Lo primero que descubre el visitante es que el cenobio tenía estancias diferenciadas para sus moradores, dependiendo de su origen social. Pero el "padre Leovigildo" hace una "excepción" y deja entrar a los turistas a las partes nobles de la abadía aunque "sean ustedes conversos y no monjes", recalca. Y es que en la Edad Media las clases estaban tan marcadas que las órdenes religiosas no eran una excepción. Y el mejor ejemplo es que el monasterio de Santa María de Moreruela disponía de aposentos distintos para que los monjes -religiosos de origen no noble pero con cierto nivel de estudios- no se arrimaran nunca a los conversos -burgueses o campesinos iletrados que se dedicaban a trabajar en el campo o a otras labores-.

Las estancias del monasterio se dividían en dos plantas. Dando rienda suelta a la imaginación, los visitantes recorren con el actor las galerías donde se hallaban la sala capitular, el locutorio o la sala de monjes. Mientras, los conversos se instalaban en un pabellón aparte, donde comían y dormían. Disponían, además, de un locutorio donde el cillerero distribuía diariamente las tareas que correspondían a cada converso.

Tras quejarse del frío de los "crudos inviernos", unido a la humedad del convento, por el que discurren manantiales subterráneos, indicados con agujeros en el suelo, el "padre Leovigildo" conduce a los "invitados" a la sala capitular. Allí, los monjes leían un capítulo de la regla de San Benito, que se resume en uno: "Ora et Labora" (Reza y Trabaja), pero también era el lugar en el que se repartían las tareas diarias: cobro de impuestos, cuidado del ganado, hacer la compra o la comida... Y como el monasterio se emplaza en uno de los caminos hacia Santiago de Compostela, el actor recuerda a los visitantes que los monjes de aquella época ofrecían hospedaje a insignes personsajes que se "reconvertían" en peregrinos por unos días, eso sí, "a cambio de una pequeña voluntad".

Hay constancia de estas visitas por las insignias en latín que se pueden leer en algunas paredes, como la que se aprecia en la sala capitular, donde fue recibida la familia de Pelayo.

"Son capaces de saltar muros muy altos", vuelve a insistir el "monje" cuando sus convidados se disgregan "sin obedecer" por unos alrededores que, a pesar del esplendor que quiere trasmitir el religioso, está cubierto de maleza.

El recorrido continúa hasta la celda donde los monjes se "redimían" de sus pecados. Se trata de un diminuto y frío calabozo, con un ventanuco, que se mantiene aun en día en buen estado de conservación. "Ahora pensarán ustedes !qué fresquita la celda!, pero imagínense en aquellos fríos inviernos, sin calefactor ni mantas", rememora el monje.

Durante la última parte del trayecto, el "padre Leovigildo" muestra a los visitantes el probable enterramiento de Ponce de Cabrera, uno de los benefactores del monasterio, reconocible por la cal que recubre la pared y el símbolo de la cabra en una de las piedras superiores. Ya en la Iglesia, el monje-actor echa mano de imaginación para "destapar" la policromía que adornaba las siete capillas. "Un pantecrator. Lo ven?. Allí, una imagen de Santiago..", pregunta ante las miradas de asombro del grupo de 65 turistas. El viaje concluye, como no podía ser menos con una Orden que despertó las suspicacias de la época, con los símbolos "secretos" marcados en las piedras del cenobio: desde el pentágono estrellado, "nada que ver con artes ocultas si no con la fertilidad", explica el actor; la serpiente, símbolo del conocimiento y la salud; y la cigueña, que no anuncia, en un entorno de célibes, la llegada de un bebé, si no que es la marca del muro primigenio de la abadía.

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