Zona Oeste

De terrenal paraíso a infernal selva

La escasez de ganado ha convertido los campos en dinamita a la espera de una chispa

28.07.2016 | 00:05
De terrenal paraíso a infernal selva
De terrenal paraíso a infernal selva

Cuando un monte se quema, algo tuyo se quema. Esta frase quedó grabada en la mente de los niños que allá por los años setenta íbamos a la escuela en Aliste. Un lobezno, paradojas de la vida, en un libro, nos hacía ver la peligrosidad del fuego en tiempos donde los incendios brillaban por su ausencia. La sentencia era una premonición de lo que pasaría cuarenta años después.

Atrás han quedado tiempos de gloria y esplendor, unidos al sacrificio y el trabajo de sol a sol por la supervivencia rural, donde nuestros campos eran paraísos cubiertos de trigales, floridas huertas y verdes praderas. La emigración y éxodo de los jóvenes, unida a la jubilación de nuestros padres y abuelos, trajo consigo la decadencia y el abandono de la práctica agraria y ganadera. En la mayoría de los pueblos ya no quedan labradores; vacas, cabras y burras han desaparecido; los pastores van camino de la extinción y solo sus rebaños de ovejas ponen orden limpiando la campiña.

Lo que antaño fue un paraíso ha pasado a ser una selva marcada por el abandono y la desidia, donde lo alóctono arrasa con lo autóctono. Lo que fueron cañadas, cordeles y veredas, caminos de rodera y herradura, se han convertido en infranqueables sendas donde la llanura ha dado paso a las piedras y zarzas, a la hierba, de más de un metro. Pobre poeta, razón tenía, entonces, porque ahora, intentar hacer camino al andar en Aliste puede llevarte a romperte la cabeza contra un peñasco o sufrir la corona de espinas de las zarzas. El abandono de los pueblos, salvo pocas excepciones, es de Juzgado de Guardia. Los alistanos, cantemos el mea culpa, no limpiamos nuestras propiedades.

Los ayuntamientos poco o nada han hecho para evitar la situación catastrófica. Nuestros campos son pólvora seca, dinamita pura, lista para que llegue la chispa, inocente o mal intencionada, que desate el fuego y la tragedia. Algo está fallando y habrá consecuencias. No nos acordamos de santa Bárbara hasta que truena, cuando el rayo ya ha sembrado pánico y destrucción, haciendo inevitable lo que sí se pudo evitar.

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