Sanabria-Carballeda

Los ladrones roban cuadros, lámparas y hasta una perdiz disecada en Remesal

El dueño de la antigua Venta de Carreteros, asaltada por cuarta vez, se fue a Madrid dos días y al regreso halló la estancia toda revuelta

26.05.2016 | 10:05
Cesáreo Remesal muestra el lugar por donde accedieron los ladrones a la Venta.

Los robos no cesan. Cesáreo Remesal se marchó la semana pasada a Madrid para hacerse un reconocimiento médico rutinario y cuando volvió, dos días más tarde, halló toda la casa revuelta y desmantelada. Es la conocida Venta de Remesal. Y es la cuarta vez que sufre un robo. A lo largo de estos días Cesáreo ha ido poniendo orden en la vivienda -una casa de labranza y antigua posada de camineros- pero el disgusto aflora en su relato.

Los ladrones entraron por el patio trasero de la casa, apalancaron una puerta de hierro del antiguo corredor aunque soldada y cerrada a cal y canto, ya que fue utilizada otras veces como acceso para estos visitantes indeseados. Recorrieron una a una todas las habitaciones sacando todo de cajones, armarios y baúles.

La habitación "de los trastos", donde la familia guardaba todos aquellos objetos no usados, está revuelta y sin ordenar. Remesal va poniendo orden poco a poco. Es un hombre jubilado de sonrisa permanente, salvo cuando recuerda que uno de los objetos que se han llevado los cacos es el costurero de su madre, ya fallecida y que "se le daba bien coser". Describe el contenido: una cajita con los dedales, los hilos de colores, unas gafas de su madre y otras "de corto" de él. Aunque la llaman la habitación de los trastos "estaba todo ordenado en su lugar".

Ha sido más el daño afectivo que el económico. Conscientes de que los robos están a la orden del día, ni su hermano ni él guardan cosas de valor en una venta de más de un siglo y llena de memoria. Se han llevado algunas lámparas, varios cuadros, una fotografía de Santa Lucía del cuarto de su madre, una perdiz disecada y una figura de madera que representaba un gurú de la biblioteca, un cuadro de un molino de viento, un teléfono móvil parecido al que usa pero sin tarjeta. Le llama la atención que los ladrones sacaran las mantas eléctricas y solo se llevaran los reguladores. También es significativo que se llevaron un radiador eléctrico de una de las habitaciones. "Se llevaron hasta los tarros de la Nivea" dice con asombro. Entre los objetos incluye dos romanas, una hecha expresamente para su padre y otra de acero inoxidable con la que pesaban antaño los corderos. ¿Y para qué querrán las navajas de afeitar de su padre, que guardaba en sus estuches, y unos mecheros viejos que había en la mesilla de dormitorio? Revolvieron los armarios, los baúles, dos radios viejas, dos cámaras de fotos viejas. Entraron en todas las habitaciones y apalancaron uno de los dormitorios con una cerradura que se atasca pero que nunca está cerrada con llave.

La pequeña biblioteca con libros que ha ido trayendo de Madrid, una de sus pasiones, apareció con algunos libros tirados pero no echa en falta a ninguno. "Se ve que no les interesa la cultura", dice con retranca. Es un pequeño alivio sentarse en su mesa camilla y seguir con la lectura diaria ante una reproducción fotográfica de un retrato de su madre, sus tíos y su abuelo en la década de los años 30. Muestra su ropero con prendas sencillas que va retirando y que usa cotidianamente para ir al huerto, visitar a otros vecinos, preocuparse de otros vecinos o familiares. Es una casa grande pero muy sencilla en su contenido. Un gabán de su padre comprado en los años 50 con cuello imitación piel.

Uno de sus tesoros era "mi diario de peregrino" que escribió relatando su camino de Santiago con otros tres compañeros de viaje. El diario estaba en una carpeta donde guardaba las otras denuncias que había presentado por robo, como aquel en el que le sustrajeron la escopeta de caza y la munición, con toda su documentación en regla. El caso le sirvió para no tener cosas de valor.

Cesáreo recordaba que en tiempos de su padre la venta estaba siembre abierta. En un perchero había siempre varios paraguas y cuando algún vecino que iba a alguna finca o a algún prado se veía sorprendido por alguna tormenta, pasaba a la Venta cogía el paraguas "y al día siguiente lo volvía. Y nunca faltó nada". Lo mismo con los aperos de trabajo, "si alguien necesitaba una azada, la cogía y al día siguiente la traía". El cuidador de la antigua Venta atiende el huerto, siega el entorno, hace reparaciones,

Algún peregrino también ha hecho uso de la hospitalidad de este vecino o bien se ha tomado esa hospitalidad por su cuenta, al quedarse al pernoctar en la casa sin conocimiento de los propietarios. La Venta de Remesal tenía entre sus cometidos dar posada a los peregrinos, carreteros y arrieros, pero no a los ladrones.

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