Tierra del Pan

La figura de Alonso Quijano en Roales

Dos efigies del ingenioso hidalgo y su escudero presiden la puerta de la casa de Domingo Andrés, un quijotesco amante de la literatura que dedica su jubilación a escribir novelas

28.05.2016 | 01:41
Domingo Andrés posa con El Quijote frente a las figuras del caballero andante y Sancho Panza de su jardín.

Aunque Miguel de Cervantes Saavedra no escribió por ninguna parte que su ingenioso hidalgo pisara la Tierra del Pan, al pasear por Roales parece que Alonso Quijano hubiera vivido alguna de sus aventuras en esta localidad, pues como si de un pueblo manchego se tratara alberga sendas estatuas dedicadas al caballero andante y a su escudero, Sancho Panza. La diferencia es que aquí no ocupan un lugar privilegiado en una plaza o un parque, sino que se encuentran en una estrecha calle a las afueras del municipio, concretamente en el exterior de una vivienda particular, la de Domingo Andrés Miguel, quien con sus propias manos construyó ambas figuras en chapa reciclando varios bidones de aceite. La imagen de Don Quijote, alargada, recia y de altanera postura, con su lanza en la mano y la bacía en la cabeza, y la de Sancho Panza, gordinflón, bajito y cabizbajo coronan la cerca del jardín de Domingo, por cierto, también levantada por él, al igual que dos pequeños molinos de viento manchegos -como los que Quijano confundía con gigantes-, para adornar los extremos de la valla.

Domingo trabajó en la Guardia Civil y desde su jubilación se dedica a cuidar su jardín y a leer en él novelas históricas, colecciona ejemplares del Quijote y su amor por la literatura le llevó a rematar su cerca con las estatuillas de sus personajes, su particular homenaje a la mejor obra de la historia de las letras hispánicas. Pero este sayagués de Tamame también cultiva la escritura en sus ratos libres, "sobre todo en otoño y en invierno", y aunque niega definirse como escritor -"yo soy en todo caso escribidor, para ser escritor se necesita tener otra cosa", afirma convencido- ya ha culminado cuatro novelas: "El sonido del silencio", la historia de un castellano que emigra a Galicia; "... Y volvió a sonreír", secuela del anterior que cuenta la historia de un gallego que vuelve a la tierra de su abuelo, en Castilla; "La viruela de la vejez", acerca de las vicisitudes de la tercera edad en los tiempos que corren y "El legado que nos dejaron", protagonizado por una doctora de pueblo con poderes sobrenaturales.

El gusto tardío por escribir Domingo lo adquirió cuando decidió volcar negro sobre blanco sus experiencias en la Benemérita, que cristalizaron en "Desempeñar su cometido", un libro donde critica las malas prácticas de algunos mandos que empañan el funcionamiento del cuerpo. Pero tiene claro que su obra preferida es "Mi agüelo", cuyos pocos ejemplares ha regalado a sus nietos para contarles algunas anécdotas de su infancia y que conozcan la diferencia entre el mundo en el que creció su abuelo y en el que viven ellos. Aunque todavía no ha logrado ver sus libros publicados, imprime y encuaderna varios ejemplares de cada uno que reparte entre sus familiares y amigos, él mismo diseña las portadas con la ayuda de su mujer, Araceli Casas Hernández, quien además le ha "enredado" para salir en esta página.

Este enamorado de las letras tiene muchas facetas de Alonso Quijano dentro de sí mismo, además de ser un ávido lector, como por ejemplo su preocupación por el creciente egoísmo de la sociedad, especialmente por el trato que se dispensa a los mayores. También comparte con el caballero la creencia quijotesca de que la sociedad española necesita ayuda, en este caso, ante los males de una clase política que el país no merece. Domingo lleva muchos años cambiando de voto y siempre se termina arrepintiendo de su elección, ya no cree ni en los de siempre ni en los que vienen a regenerar el panorama, y su indignación es tan grande que aunque asegura y repite que odia hablar de política tiene que aprovechar cualquier oportunidad para expresar su cabreo. Ello, sin embargo, no le ha hecho perder la fe en su patria, como demuestra la bandera rojigualda que luce con orgullo en su jardín y de la que nunca le importa presumir. A diferencia de muchos otros españoles hastiados, él sí sigue creyendo en la gente de su país, y por eso está convencido de que "la cosa" tiene que tener alguna solución. La historia dirá si está en lo cierto o si ve gigantes donde hay molinos de viento.

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