Profesor

A Romualdo

Hombre valiente donde los haya, a nadie mejor que a él le he escuchado explicar el conflicto de Siria, incluso antes de que estallara la guerra

19.12.2015 | 06:10
A Romualdo

Qué difícil es ponerle fecha a los recuerdos! No importa, quizás sea mejor así. Nos quedamos con lo que vale, como si fuera el grano, y las fechas, igual que la paja que se la lleve el viento del atardecer. Para mí, el P. Romualdo Fernández era uno de esos frutos que dan las tierras zamoranas. ¡Vaya si lo era! Lo demostró queriendo vivir en la frontera, no sé si entre la espada y la pared, pero desde luego, sacando muchas castañas del fuego a otros. Esto lo hacía de oficio; por eso no se quejaba, ni alardeaba, ni lo mencionaba? solo lo hacía. Así era él, un producto humano revestido de gran humildad y con denominación de origen, de Aliste.

La pena es que ya no lo volveremos a ver por las calles ni "culagas" de Figueruela. Habrá que acostumbrarse y situarlo en ellas con nuestros recuerdos. ¡Ay los recuerdos! De golpe, se me han disfrazado de morriña. Así no. Quiero que luzcan, pues la ocasión lo merece. Los voy a desnudar para mostrarlos tal cómo eran. El primero es de mi niñez, no sé exactamente cuándo, pero da igual. Recuerdo su primera misa en la iglesia parroquial de Figueruela. Ya revestido para iniciar la ceremonia, se acercó a los dos primeros bancos ocupados por sus familiares, los hizo levantar y pidió que los pusieran a ambos lados del altar. Así, rodeado de los suyos, inició su andadura. ¡Toda una declaración! La llevó a rajatabla a lo largo de su vida. Cuando le ofrecieron venir para España, después de unos años en Egipto, no quiso; cuando se hizo mayor y las fuerzas flaqueaban, tampoco; ya enfermo y para venirse a curar aquí, lo descartó. Dejó bien claro que quería quedarse allí para enriquecer la misma tierra en la que trabajaba.

Tenía pasión por la arqueología y la sabía contagiar. Siempre recordaré una pequeña "tourné" que hicimos por los pueblos de la contorna, hace unos veinte años. Nos paramos en las estelas funerarias de época romana de Mahíde y Pobladura, con qué entusiasmo brincaba por la pared para entrar; después los miliarios de Gallegos y San Vitero. ¡Qué bonita tarde! Nunca olvidaré su rostro lleno de emoción, sin gafas para mejor ver, pegado al miliario de la iglesia de San Vitero, con sus dedos palpando y dibujando en el relieve la grafía latina.

-¡Ya lo tengo, creo que ya lo tengo!, -me gritó para que me acercara, pues andaba algo alejado ante la tardanza?

Y con un golpe de magia, el divino César se presentó en aquella plazuela por esos caprichos que tiene la historia. Desde luego se puso contento y también eufórico, como si hubiéramos tomado unas cervezas en el bar del Churrero de al lado. Al final quedamos en hacer algo juntos recreando esa porción de la historia, pero por esas cosas de la vida y las distancias, nunca pasó de ser un simple borrador lleno de tachones.

Hombre valiente donde los haya, de esos que se dice "sin pelos en la lengua", al menos para decir algunas cosas tal como las veía. A nadie mejor que a él le he escuchado explicar el conflicto de Siria, incluso antes de que estallara la guerra actual. Expresaba sus temores por el riesgo que los cristianos sirios corrían, después vimos que no exageraba nada. Supo ver las posibles alianzas entre los bandos, como después así fue. Y, sobre todo, lo más llamativo para mí, afirmaba que era un error considerar a Bashar al-Asad causa del problema, era mejor incluirlo como parte de la solución, aunque con retraso le están dando la razón. ¡Qué buen consejero se ha perdido algún ministerio!

El último e-mail que recibí de zarramangona@..., el suyo, me pedía una cosa para que permaneciera viva en la memoria, seguramente algo que él quiso hacer y no pudo. Me solicitaba que preguntara en Mahíde por el recuerdo del P. Manuel Garrido. Resulta que en su primer viaje a Tierra Santa, allá por los años 60, se cruzó en Barajas con un franciscano de largas barbas blancas y un airoso sombrero marrón. Venía de Israel. Se saludaron y al oír que era alistano aún le impresionó más. Un paisano del oeste zamorano con aires orientales?, no podía ser. Con semejante compostura, la gente se paraba y lo miraba, tanto fue así que el fotógrafo del "ABC" que cubría el aeropuerto le hizo una foto que publicó el diario al día siguiente. Pues sí, querido Romualdo, en Mahíde hay memoria del P. Garrido. La pena es que en el archivo digitalizado del "ABC" no di con el hombre venido de oriente.

En su larga vida, tanto hizo de misionero, como de arqueólogo, historiador o taxista. Publicó artículos en revistas de arqueología, él decía que era por afición, pero también lo hacía por dar a conocer la riqueza cultural de aquellas tierras del medio oriente. Con este tema te hipnotizaba y se dejaba llevar:

-Tienes que ir a Siria, allí aún es posible hoy ver pueblos como los del siglo I. Se comprende mucho mejor a San Pablo y el Evangelio, -solía decir con frecuencia.

Las palabras de San Pablo a su amigo Timoteo me resultan entrañables también para ti: "He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe" (2 Timoteo, 4, 7). Ojalá refresquen, como el rocío húmedo de la mañana, esa tierra caliente en la que tú batallaste en paz.

Descansa, amigo.

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