"Lo peor es aceptar que es irreversible"

La vida de Luis Miguel Conejo dio un giro radical cuando hace seis años a Transi, su mujer, le diagnosticaron la enfermedad de alzhéimer l Ella tenía 53 y dos hijos veinteañeros

19.09.2015 | 01:07
Un gesto cariñoso entre Luis MIguel y Tránsito en la cocina de su casa en Luelmo de Sayago.

Esta es una historia a tumba abierta, descarnada, emotiva y dura, de luces y sombras. Es la historia de Luis Miguel y Tránsito, marido y mujer, cuidador y enferma. No es el relato de una batalla contra el mal del olvido, es el día a día de quien, una vez aceptado, afronta el desafío de convivir con él. Transi apenas había cumplido los 53 años cuando le diagnosticaron alzheimer.

Todo comenzó hace seis años en plena flor de la vida de esta familia originaria de Luelmo de Sayago y asentada en Valladolid. Transi tenía un trabajo en Correos, como su marido, y dos hijos en la Universidad; Laura, con 22 años haciendo un Erasmus en Francia, y Alberto, con 20, estudiando en Valladolid. Una situación controlada, una pareja de trabajadores labrando el futuro de sus chicos.

Todo se quebró cuando Transi empezó a decir que no trabajaba como antes, que se encontraba muy cansada, que no rendía igual, que la faena se alargaba más de la cuenta. "Algo me pasa" le confesó a su marido. "Se sentaba en el sofá y para levantarse tenía que ponerse de rodillas, no podía abrocharse el sujetador ni atarse los zapatos". Primer diagnóstico: polimialgia. La medicación "fue mano de santo" pero no duró mucho, aquellos primeros síntomas escondían algo bastante más gordo.

Cuando Transi fue a rehabilitación "empezamos a darnos cuenta de que se equivocaba, tenía errores, despistes". Hubo dos reacciones desencadenantes. Cuando tuvo que ir a Caja España a sacar dinero de una cuenta y meterlo en otra, lo hizo al revés; "no le pasaba nunca". En otra ocasión "quedamos en ir a comer un domingo a un restaurante e hizo la reserva en otro distinto al que habíamos hablado. Mis hijos y yo dijimos, aquí falla algo, no nos cuadraba ese comportamiento".

Y entonces comienza la peregrinación, del neurólogo al psiquiatra y de éste al psicólogo, que atinó el diagnóstico: es alzheimer. Llegaron los test básicos, el de dibujar la esfera del reloj, las cinco palabras a memorizar, la de doblar el folio... Y Transi no era capaz. "Se me vino el mundo encima" se sincera Luis Miguel en el salón de su casa de Luelmo, con su mujer a la vera. Tranquila aunque con sorprendentes destellos emocionales, como si por momentos captara la conversación.

Y prosigue. Transi empieza a ir a Intras, él a los cursos para cuidadores, a los psicólogos, después vendría el contacto con la Asociación de Enfermos de Alzheimer en Valladolid. Al principio iba sola pero se fueron sucediendo los sobresaltos. Cuando se confirmó el diagnóstico "iba a pilates, bajaba la basura, siempre vigilándola, pero de repente no la ves... Se había metido en otro portal". Otro día, yendo a Intras en el autobús se bajó una parada antes y en vez de llamar a su marido lo hizo a un amigo de la familia, "por suerte pasó por allí una psicóloga y la vio" relata Luis Miguel.

Aquellos atribulados inicios se asentaron a medida que la familia se iba haciendo a la idea del problema. "Con esto no contaba, he tenido que aprender de nuevo a vivir". Un alto peaje. "Hay cosas que jamás pensé que haría. Por ejemplo, cocinar no me importa pero si me dicen hace tiempo que tendría que limpiar a mi mujer... Al final te inmunizas". Más cuesta arriba aún se hace la aceptación de la enfermedad. "Es lo que más me ha costado psicológicamente, aceptar que es irreversible. Yo me imaginaba jubilarnos algún día, venir al pueblo y los más felices del mundo... Cuando te dicen que tu mujer no va a volver a cocinar, que no vas a volver a tener relaciones sexuales, que te vas a encontrar un día la toalla en el microondas, que tiene que llevar el pañal... Se te cae todo encima, te rebelas, he pensado de todo y al final llego a la conclusión de que no me queda otra".

Luis Miguel confiesa abiertamente cómo en esos momentos de desfallecimiento "he llegado a pensar, me quito de en medio pero el problema no lo erradico, se lo sigo dejando a los chicos".

¿Y los hijos? "Su comportamiento no ha sido de diez, ha sido de once. Bandera por ellos. Han estado muy pendientes, no permitieron que dejara la coral (canta en la Coral Valparaíso de Valladolid). Me han visto llorar y si lo hago no es por capricho es porque emocionalmente estoy saturado... Y no son de piedra" cuenta el padre.

El deterioro progresivo ha convertido hoy a Transi en una persona totalmente dependiente. Ha perdido hasta la voz. ¿Cuándo dejó de llamar a los suyos por su nombre?. "No lo puedo situar, y me gustaría, pero te metes tanto en el problema que pierdes la noción del tiempo. Si no hubiera perdido el habla quizás nos hubiera seguido llamando aunque confundiera los nombres". Y son contados, pero Luis Miguel se aferra a dos momentos de lucidez en el periodo de año y medio.

"Estábamos en Mercadona en frente de las tortillas y de repente dice ¿de patatas?. Otra tarde en el salón, con la tele puesta, el presentador dice "buenas tardes" y ella contesta "buenas tardes". Fue como un chispazo".

A esos momentos se agarra este sayagués al que su jubilación, hace dos años, le permite prolongar la estancia en Luelmo y disfrutar con las tardes de partida y las noches de serano, mientras el tiempo lo permita. "Soy de carácter fuerte e igual que me caigo me levanto. Una de las cosas que aprendí con los psicólogos es que cuanto mejor estoy yo, mejor está ella. Si tengo un día chungo mi paciencia se acaba y descargo con ella. Igual que estos enfermos tienen sus etapas de rebeldía y agresividad, aunque en el caso de Transi esto último no, quizás por su carácter tranquilo y cariñoso. Pero también vierten esa mala lecha sobre el cuidador, el que tienen más cerca".

Luis Miguel de nuevo a tumba abierta. "El cuidador tiene esos momentos que nadie mira para él. Hay veces que necesito descargar, salgo a la terraza, echo un cigarro y me dedico, ¡fíjate!, a contar los coches que pasan". Cuando los chicos vivían en casa el peso era más liviano, "pero ahora estoy solo. En casa no tengo con quien hablar porque con ella puedo hacer bromas y se puede reír pero nada más. Hay muchos ratos que me encuentro muy solo". ¿Cuáles son sus vías de escape? "La Coral y en casa el Plus Liga. Antes bajaba al bar a ver el fútbol con mi hijo y sus amigos, tomábamos unas cervezas, pero se acabó".

Quizás por una actitud positiva ante la adversidad, puede que por su dinamismo, Luis Miguel no va a terapia. Incluso se ofreció para ayudar a otros familiares, "pero me dijeron que ya tenía bastante con lo mío, que me fuera a la Coral". Ha renunciado a muchas cosas que la evolución de la enfermedad va marcando. "Me llamaron el otro día unos amigos para ir a las casetas (en las fiestas de Valladolid), pero tengo que dejar el coche lo más cerca, Transi camina muy lenta, hay mucha gente... Al final son tantos los inconvenientes que nos quedamos en el pueblo. Y si vas a un espectáculo y está todo en silencio estás con el temor a que emita un sonido porque Transi tiene sus reacciones. Así que nada, al caminar lento por el barrio".

Él ha ido aceptando un problema que en muchos momentos le sobrepasa. "No he elegido que mi mujer tenga alzheimer, me fastidia pero ¿qué hago?, pues me agarro a un clavo ardiendo. Desde que nos pasó esto se han ido muriendo amigos, ves casos de ancianos abandonados, hay personas que lo están pasando peor. Mira, yo veía un programa que había en la 1 por la tarde que ya lo han quitado ¿y sabes por qué?, porque había gente que estaba mucho peor que yo".

Luis Miguel prefiere quedarse con los fugaces momentos de afecto que vive con su mujer, quien sí es capaz de responder a la petición de un beso. "Dicen que lo último que pierden estas personas es el cariño y los sentimientos" y así lo demuestran las reacciones de esta mujer que conserva gran expresividad en su mirada.

Luis Miguel mira hacia un futuro incierto, que no adivina muy largo junto a su mujer. "No puedo hacer planes porque mi vida va a depender de su estado. Ahora, a ver pasar los días. Me han dicho que a los sesenta y poco Transi puede morir. Así que me voy marcando etapas muy cortas. Fíjate, esta semana me agarro a que el sábado (por el pasado) juegan el Atlético y el Barca, o que el último fin de semana de septiembre vienen mis hijos a una boda y podremos estar juntos".

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