Sanabria-La Carballeda

Canastos y talegas a mano

Los cesteros Juan Ballesteros y Baltasar Roque hacen una demostración del arte de tejer mimbres organizada por la asociación cultural en Galende

16.08.2015 | 00:38
Baltasar Roque y, a la derecha, Juan Ballesteros durante la confección de un cesto.

Los cesteros de Galende Juan Ballesteros y Baltasar Roque hicieron una demostración del arte de tejer las mimbres para confeccionar cestos y talegos, uno de los oficios tradicionales prácticamente desaparecido, que tuvo en Pedrazales a sus mejores maestros. Vecinos y veraneantes presenciaron las habilidades de los cesteros en una jornada organizada por la asociación cultural en Galende.

Ballesteros y Roque explicaron promenorizadamente un proceso laborioso que comenzaba con la recolección de las mimbres de las salgueras, la última luna vieja de agosto, o cuarto menguante. Las mimbres se se pelaban y blanqueaban. Si los mejores tejedores residían en Pedrazales, pueblo del que desciende Juan Ballesteros, el lugar donde se recogían las mejores mimbres sigue sin saberse.

Los cesteros suministraban a la vecindad cestas y talegas. Las talegas de dos asas, de una labor más resistente, se destinaban a recoger todo tipo de fruto que fuera más pesado, como las patatas, judías, habones, o las hojas de los negrillos para alimentar los cerdos, o para recoger y guardar la ropa. Las cestas de un asa se empleaban para recoger productos menos pesados como las judías o los huevos. Entre las mujeres que asisten al taller alguna recuerda que había incluso unas cestas muy pequeñas para recoger las moras.

La labor comienza a tejerse a partir de 24 vergontas, repartidas en grupos de seis, que a su vez se emparejan de tres en tres de manera contrapuestas. La trenza que resalta en el "culo" del cesto se denomina "tortiello" o "retortiello" que se tejen hacia la izquierda. Las costilla son las mimbres que salen de la base del cesto y entre las que se urden las mimbres una a una en horizontal.

Los cesteros de Pedrazales acudían todos los lunes al mercado de El Puente a vender sus manufacturas, muy valoradas por su resistencia. Los vendedores de cestos se situaban en la plaza, a continuación de los puestos de las casetas de la carne. Cuando los cesteros salían a almorzar una mujer se quedaba al cuidado del puesto. Cada cesto se vendía por unas pocas pesetas. Niños y mayores que presenciaron la habilidad de manos y rodillas de los cesteros apuntaron bien la lección, una lección que los más veteranos y veteranas habían olvidado pero que habían visto hacer a sus padres y abuelos.

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