El ministro que aterrizó en Torrefrades

Manuel Crespo y Ángela Herrero reviven aquel verano de 1928 cuando una avería obligó a tomar tierra al avión en el que viajaba el responsable de Gobernación

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El ministro que aterrizó en Torrefrades
El ministro que aterrizó en Torrefrades 

IRENE GÓMEZ Ocurrió el 17 de julio de 1928. Es tiempo de cosecha, hombre y mujeres recogen la mies en una cotidiana mañana de estío, los críos ayudan en las labores agrícolas, sacan el ganado, acopian leña. Todo parecía tranquilo en el pequeño y por entonces bullicioso pueblo de Torrefrades „30 chicas y 25 chavales se contaban en aquella época„ cuando, al filo del mediodía, un aparato asoma por el cielo, hace bastante ruido, da una vuelta, da otra y termina por realizar un aterrizaje forzoso en el llamado valle de las Mangas. Los vecinos no dan crédito a lo que está pasando.
Cuentan las crónicas de la época que, «tan pronto como vieron aterrizar el avión, abandonaron las faenas agrícolas y se encaminaron al lugar donde había tomado tierra para prestar auxilio a los viajeros». Entre los curiosos, muchos críos a los que les faltó tiempo para salir corriendo en busca de aquel extraño aparato caído del cielo; también los campesinos que se «deshicieron en atenciones» con los aturdidos pasajeros.
Manuel Crespo y Ángela Herrero, entonces unos niños, fueron testigos de tan insólito percance que llevó a Torrefrades al mismísimo ministro de la Gobernación de la entonces dictadura de Primo de Rivera. Severiano Martínez Anido volvía a Madrid procedente de Vigo, donde había inaugurado un monumento en el «Monte Ferro» para honrar la memoria «de los marinos mercantes muertos en cumplimiento de su deber». Una avería en el aparato, un avión Rohrbach de fabricación alemana, trimotor y con capacidad para doce pasajeros, obligó a realizar un aterrizaje forzoso sin mayores consecuencias. Tuvo mejor suerte que el aeroplano que tres meses antes había caído en Muniesa (Huesca) con los once tripulantes heridos de gravedad.
En el periplo de Vigo a Madrid acompañaban al ministro su ayudante, el comandante de Artillería, Martínez Valero, el Barón de Santo Lirio y el gerente de la compañía Iberia, «constructora de aparatos». Según detalla la crónica del Heraldo de Zamora, a los mandos, «de primer piloto, el comandante señor Burguete, de segundo el Barón Monteufe y como mecánico el señor Wien, yendo también en el aparato, en viaje de sport, el alférez de Infantería don Lorenzo Gómez Pomares». Volando a 2.400 metros de altura, uno de los motores empezó a funcionar con irregularidad, por lo que decidieron tomar tierra en un campo de labor entre Torrefrades y Piñuel.
Ha sido la inquietud de un sayagués, Lorenzo Ferrero, la que ha hecho posible rescatar esta historia, desconocida para muchos y prácticamente perdida en la memoria. «Estaba mirando en la hemeroteca noticias sobre Sayago y de repente apareció esto» cuenta el auténtico redescubridor de tan inusual acontecimiento, que en Torrefrades siempre se recordó como «el accidente del avión». Movido por la curiosidad, Ferrero empezó a bucear en archivos para dar con el modelo del aparato y a preguntar a los más mayores hasta componer una historia prácticamente perdida y desconocida para muchos sayagueses. No para los hoy nonagenarios, personas que vivieron en directo el acontecimiento y con los que Lorenzo Ferrero pudo atar todos los cabos.
Porque ni en el momento del suceso ni después se llegó a conocer la magnitud del personaje que viajaba en el aparato. Nada menos que uno de los prebostes del gobierno.
Lo que en principio se aventuraba como una simple avería de un trimotor en los primeros años del siglo XX fue poco a poco tomando cariz. Iba gente importante, el mismísimo ministro de Gobernación, lo que explica el eco que el suceso tuvo en la prensa de la época y la rápida movilización de autoridades civiles y militares de la provincia para interesarse por la suerte del alto cargo y sus acompañantes.
Manuel Crespo tenía once años. Hoy, a punto de cumplir los 95, evoca aquel suceso con la emoción y curiosidad del niño que lo vivió en primera persona. «La gente andaba segando y yo iba junto a mi abuela con las vacas, cuando vemos que un aparato da vueltas y vueltas, se conoce que andaba mal. El caso es que dio en dar vueltas para un lado y para otro en lo que llamamos las eras de la fuente, donde se trillaba en tiempos, según se va a Piñuel. Yo estaba con otro amigo que también iba con su abuelo y dijimos "es una avería". El caso es que allí tenía poco campo para aterrizar, fue hacia un valle grande y allí bajó» describe sin perder detalle.
«Lo del avión llamó la atención de todos los pueblos de alrededor, dejaba el personal de segar para ir» recuerda Ángela Herrero, por entonces con 9 años; «yo era una cría, estaba cogiendo la leña para atizar los pucheros cuando ¡huy, huy!, estaba yo en la escalera y vi que dio unas vueltas alrededor del pueblo. Se conoce que no tuvo salida y fue a dar entre las Mangas y la Manguillina» precisa esta nonagenaria plena de energía. Los primeros que se acercaron fueron su hermana Isabel y un vecino, José Marino (ya fallecido), que cuidaban la piara de ovejas; «dejaron todo, saltaron las paredes y fueron corriendo. Decían "¡huy se cae, que se cae!", cuando vieron que aterrizó».

Los campesinos dejaron de cosechar para auxiliar a los pasajeros y se formaron caravanas para ir a ver la aeronave

Se puede adivinar el monumental revuelo que se formaría en Torrefrades y todo el contorno. «Buenoooo, aquello fue impresionante, venía la gente del Sayago Bajo, más allá de Bermillo, hasta con caballerías y burros para verlo. Como entonces no había cosas de esas€» relata Manuel. Él no fue en el momento, sino algo después, pero llegó a tiempo para ver la aeronave porque permaneció «dos o tres días hasta que la arreglaron». Recuerda muy bien que se acercó con otro chaval más pequeño, ya fallecido, Nazario Sánchez y se atreve con algún detalle. «Era un aparato grande, las ventanas tenían una cortina como la del coche de línea». ¿Y quién iba a bordo?. «No se, tenía que ser gente gorda; se oyó decir después que si un tal Martínez Anido, yo pienso que si sería un ministro de la gobernación o por ahí». Estaba bien informado.
«Bajaron unos señores que decían que eran de dinero y de saber mucho; era gente muy elegante» dice Ángela que le contaron. «Siempre se ha dicho aquí que era gente de poderío» puntualiza su hija Anunciación. Fueron pocos los que vieron a los pasajeros. La prensa de la época cuenta que en seguida les recogieron para trasladarlos a Zamora. Ángela Herrero sí recuerda «a unos señores arreglando el aparato, que era muy grande, y no hablaban con nadie, tan solo uno con el herrero del pueblo, Juan Zapata; con los demás nada. Estarían dos o tres días pero andaban a lo suyo». La crónica del Heraldo de Zamora cuenta que el comandante Burguete, el Barón Monteufe y el mecánico Wien se quedaron en el campo tratando de reparar la avería. El nuevo motor llegaría poco después en tren desde Madrid a Zamora. Mientras, «grandes caravanas» de gentes se dirigían hacia Torrefrades a contemplar el aparato.
Pese a los casi 85 años pasados Ángela evoca aquella experiencia con sorprendente frescura. «Huy, venían de todos los pueblos; de Villamor de la Ladre, Almeida, Fadón, Bermillo, Gáname€ Dejaban de segar, cogían los burros y a ver el avión»; esa «hermosa nave aérea» que medía «26 metros de ala a ala, con un peso neto de 7.400 kilos».
Durante años el inusual episodio del avión protagonizó corrillos y seranos entre el vecindario de Torrefrades y los pueblos del entorno. Desde el cercano Bermillo, María Hernández, entonces una niña que acababa de perder a su madre, recuerda los comentarios de la gente sobre «un avión que había caído» y las incesantes procesiones a Torrefrades para ver el aparato.
También Carmen Gómez, Desiderio Barbero ... Todos por aquella época unos niños. Hoy son contados los testigos de aquel extraordinario suceso que, aunque de forma accidental, hizo que un miembro del gobierno pisara esta tierra. Como dice Lorenzo Ferrero «no todos los días aterriza un ministro en Sayago».
Pocos años después un nuevo aparato, este mucho más pequeño y «de menos lujo», puntualiza Ángela Herrero; «de dos plazas» cuenta Manuel Crespo, y parece ser que sin gerifaltes, volvió a darse de bruces con las tierras de Torrefrades. «Íbamos a la escuela y lo vimos al lado de los tejados, dijimos "se cae se cae" y cayó en Peñarena». Pero eso es otra historia.

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