Un torpedo contra la ganadería extensiva

La falta de agua obliga a utilizar cubas y bañeras para dar de beber al ganado en las dehesas | La necesidad de comprar pienso por ausencia de pastos dispara los costes de las explotaciones

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Una vacada de Pereruela de Sayago sacia la sed con el agua que se transporta en una cuba para depositarla después en las bañeras.
Una vacada de Pereruela de Sayago sacia la sed con el agua que se transporta en una cuba para depositarla después en las bañeras. Foto Javier de la Fuente
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IRENE GÓMEZ No se habían visto en otra. Joaquín y Juan Manuel de las Heras, ganaderos de Pereruela de Sayago, cargan cada tres o cuatro días con una cisterna de 12.000 litros de agua para saciar la sed del ganado. Donde deberían estar corriendo manantiales y arroyos, rebosando las charcas y creciendo floreciente la hierba no hay más que un secarral. «En un año normal estos caminos están intransitables», comenta Joaquín de las Heras al volante del todoterreno que le lleva hasta la vacada dejando un rastro de polvo, extrañísimo en los albores de la primavera. «Tenía que estar corriendo el agua por todos los sitios y, mira, está todo medio amarillo». Apenas una charca mantiene un pequeño nivel de agua, otras se reducen a un poso de lodo.


«Está todo asao» comenta el ganadero sayagués. Como él, muchos profesionales han tenido que tirar de métodos artificiales para dar de beber al ganado. Junto a la cuba, que lleva un bebedero incorporado, los hermanos De las Heras han colocado unas cuantas bañeras que llenan de agua con una goma. Un sistema que las vacas extrañan. «Les gusta más beber de las charcas, aquí se pegan unas contra las otras y encima el agua no es natural, que es a lo que están acostumbradas».


Pero, a la fuerza ahorcan, no queda más remedio si no quieren que el ganado se muera de sed. En el caso de esta vacada de Pereruela, pervive la charca de «Las Salinas», donde todavía pueden aprovechar algo. Por ello, cada tarde, Juan Manuel de las Heras recorre los casi cinco kilómetros de ida y vuelta con las reses, desde la finca hasta la pequeña laguna. «Normalmente esta zona está encharcada desde primeros de octubre», cuenta Juan Manuel. Pero no es un año al uso. En Pereruela no han visto la lluvia en condiciones desde la pasada primavera. «Cayó algo en el otoño, lo justo para poder sembrar pero poca cosa».


Estos ganaderos tienen también tierras sembradas de cereal para alimentar a la explotación pero las tierras no pintan nada bien; «como no caiga en seguida bien de agua no sacamos nada de ellas», presagia Joaquín de las Heras.


Las consecuencias de tan prolongada sequía las está pagando con creces el campo y el ganado. No es solo la falta de agua, el gran problema que tiene el sector, y muy especialmente la ganadería extensiva, es la falta de pastos. Al no haber aporte natural, se hace necesario alimentar con piensos, paja y heno.


«Estamos tirando de la despensa. Yo tenía pacas de hace dos años y del año pasado, pero se van agotando. Lo malo va a ser al año que viene que no tendremos nada y las pacas se van a poner a millón». Los temores de Isabel Redondo, ganadera de vacuno de Pereruela, expresan el sentir general de un sector que padece de lleno la adversidad meteorológica. «Es que no ves ni una flor ni una nada, da pena pisar el campo, está todo como quemado», cuenta mientras pastorea con las vacas.


«La ganadería extensiva lo va a pasar muy mal, todo el oeste zamorano va a sufrir un retroceso importante» augura Pablo Antón, presidente de la asociación nacional de criadores de oveja castellana. «Los animales tendrían que estar comiendo en el campo y, como no hay nada, les estamos echando pienso a precio de oro mientras los lechazos y la leche siguen igual. Así no salen las cuentas». «Estamos en marzo y esto parece agosto -apostilla este ganadero de Cerezal de Aliste-. Si no arranca pronto a llover va a ser un desastre».


«¿Que cómo estamos?, jodidos», se sincera Santiago León, cabrero de San Martín de Tábara. «El agua es fuente de vida y si falta agua afecta a todo. El cereal de invierno todavía se puede salvar, si llueve, pero en pastos es imposible. Todo lo que hemos perdido es irrecuperable». Para este ganadero, la excepcional falta de lluvias de este invierno «es un torpedo contra todo lo extensivo de este sector que ya viene muy tocado. Ahora mismo dependemos de los piensos, que están por las nubes».


Coincide Santiago León con otros colegas en las dramáticas consecuencias para las explotaciones ganaderas que tiene la imposibilidad del aprovechamiento natural de los pastos. «Se nos disparan los costes; cada acelerón que pegas a un tractor vale un euro mientras que el cordero, el cabrito o el ternero no valen dinero. No querría ponerme muy pesimista pero estamos hablando de la puntilla final». Cuenta este cabrero tabarés que saca la cabaña al campo «para que se de un paseo porque lo que es comer, nada de nada». Mantiene que existe «un gran desánimo» en el sector y afectará muy especialmente «a estas zonas minifundistas con pocos complementos de PAC».


¿Y cómo ve el futuro?. «Moriré con las botas puestas. No queda otra, todo es muy incierto, existe una gran inquietud pero hay que seguir trabajando».


Pedro Fernández, ganadero de ovino de Santa Colomba de Sanabria, mira la sierra y no da crédito. Ni un palmo de nieve. «Baja un regato al lado de casa y está como en septiembre, la sequía es terrible». Ni su padre, con 94 años, recuerda un invierno tan seco, «dice que en el año cuarenta y tantos pasó algo parecido».


A falta de pasto natural, Pedro tira del heno almacenado el año pasado; «lo peor viene al año que viene, nos quedamos sin reserva porque la hierba no se hace en dos meses». Cuenta que si saca las ovejas al campo es «para que no estén encerradas todo el día en la nave, porque otra cosa no sacamos».


Con tales mimbres no sabe este ganadero cómo se va a pagar el crédito de la sequía que les concedieron hace tres años y que, una vez concluido el periodo de carencia, empiezan ahora a ejecutar. «O sigue la moratoria o no se cómo nos vamos a apañar. Nos toca pagar por una sequía pasada y tenemos encima la de ahora. Si la Administración no nos ayuda con alguna línea especial lo vamos a pasar mal mal, nos va a tocar dar el rebaño en pago como las hipotecas. Habrá que hacer una dación del ganado a la Junta o a los bancos». Pedro Fernández confiesa no querer dramatizar, «pero es que esta es la realidad y sino que vengan y lo vean».


«Como no llueva, a morir por dios». Roberto Fuentes, joven ganadero de Carbajales de Alba, confía en que el agua llegue de una vez a los campos zamoranos, «de lo contrario va a ser inaguantable. Yo tendría que gastarme 20.000 euros en paja y 30.000 en cereal; en estas condiciones una inversión así es imposible».


Con una explotación de vacuno autóctono de alistano-sanabresa, Fuentes cree que «si no llueve será la puntilla, porque los precios están disparados». Propietario de una carnicería en Zamora, asegura que se nota que la gente «está cabizbaja. Hay una crisis tremenda para todo el mundo pero cuando encima el campo está mal en una provincia como ésta influye. Si cayeran 20 litros en dos días nos cambiaba la cara a todos».


Charo García, presidenta de la asociación de ganadería extensiva de Sanabria y Carballeda, augura un encarecimiento de los precios del cereal y la paja que repercutirá en la bajada de la rentabilidad de las explotaciones ganaderas. Dice que por los pagos de Villarino de Sanabria ha habido abundancia de bellota en invierno «y algo nos ha salvado». Pero la realidad es la misma que en el resto de praderas y valles de la geografía zamorana: «ni hay pasto ni se va a poder preparar la despensa para el año que viene».


Sostienen los ganaderos que así no salen las cuentas. «Yo no hablamos de ganar una peseta, es no perder», apunta Joaquín de las Heras. La sequía, como la crisis, ocupa los pensamientos de la gente del campo. Dice el refrán que «cuando llueve escampa». Pero hace falta que caiga el agua para mirar con otros ojos tan anubarrado momento.


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