IRENE GÓMEZ
Cuando hace siete años Javier Fresno llegó a Sayago, su primer destino como cura, se hizo cargo de cinco pueblos. Después heredó otros dos, luego otro más. Llegó David Villalón y les encomendaron tres más. Ya van once. Más tarde murió el sacerdote de Bermillo y tampoco hubo renovación. Total que entre los dos curas suman, a día de hoy, la friolera de 19 pueblos.
La iglesia vive un invierno vocacional que obliga a los que están en activo a ir recogiendo la herencia de los mayores hasta verse literalmente desbordados. «No podemos asumir más pueblos, estamos al límite» confiesan. Semejante volumen de parroquias toca lo extravagante pues, por muy curas que sean, Javier y David son humanos; «ciudadanos del siglo »XXI». Sin embargo su cometido no es una excepción en el mundo rural, donde repercute especialmente la escasez de sacerdotes que «pagan» los ejercientes, obligados a asumir cantidad de pueblos. «Hay posibilidad de reorganizarnos pero no existe mucha voluntad», dejan caer.
Bermillo, Almeida, Peñausende, Salce, Roelos, Carbellino, Monumenta, Luelmo, Villamor de la Ladre, Piñuel, Torrefrades, Villamor de Cadozos, Escuadro, Viñuela, Alfaraz, Moraleja de Sayago, Figueruela de Sayago, Mayalde y Pasariegos. La lista sale casi de carrerilla. Y hay que sumar las residencias de ancianos de Almeida y Roales. Unos 3.500 vecinos —de los que aproximadamente la cuarta parte son practicantes— entre los 8.000 que habitan una comarca atendida entre nueve curas.
¿Y cómo organizan tal galimatías?. Porque estos curas tiene vida más allá de esta misión. Javier Fresno, que viven en Almeida, es delegado diocesano de Religiosidad Popular; y David Villalón, con residencia en Bermillo, es biblista, ahora está dando cursos en Benavente y prepara el Doctorado en Salamanca.
Los pueblos más grandes y con mayor asistencia están cubiertos con celebraciones todos los domingos, como es el caso de Bermillo, Almeida y Peñausende. Los demás se han de conformar con misas cada quince días y, alternativamente, lo que se llama la celebración de la palabra, a cargo de celebrantes voluntarios que si bien no suplen la labor del sacerdote sí realizan un servicio litúrgico que reúne a los fieles en las parroquias. Son padres o madres de familia, religiosas, jóvenes a los que se ha dado una formación para ese cometido.
«Aquí, además del número de pueblos, el principal problema son las distancias. Por ejemplo, entre Salce y Mayalde hay 45 kilómetros». No es extraño que los fines de semana vayan a la carrera; teniendo en cuenta que la media de los domingos son cuatro misas, pueden recorrerse hasta 150 kilómetros. «Terminas cansado, especialmente si es un día señalado con procesión y demás. Hay que acabar en seguida en un pueblo para salir corriendo al otro y, claro, no puedes casi pararte a hablar con la gente. A veces echas de menos eso, conocerlos más personalmente, sus problemas, sus inquietudes...».
Con una población envejecida no son infrecuentes los entierros, unos 80 el año pasado, frente a los contados bautizos o bodas. Curiosamente el año pasado pasaron unos 20 niños por la pila bautismal, una excepción, aunque en casi todos los casos «no son nacidos aquí».
Pero lo rutinario son las misas, menos en invierno, «de noviembre a mayo», cuando muchos mayores, los grandes activos en los templos, abandonan los pueblos. «Hay menos misas a diario porque, a parte de que hay menos personas, las iglesias son muy frías, excepto alguna que tiene calefacción, y hasta ellos mismos nos piden que no vayamos», cuentan los sacerdotes. David y Javier ya tienen la experiencia de ir a decir misa y encontrarse con dos feligreses, o incluso uno. Ocurrió, sin ir más lejos, el pasado día de Navidad, 25 de diciembre, a las 5.30 de la tarde en Figueruela de Sayago. Por más que fuera un día señalado, la sorpresa fue mayúscula cuando David se encontró con una persona. Optó por suspender. «No pude ir a otros pueblos por decir allí la misa —se lamenta—, y no la celebramos por justicia».
La experiencia les va enseñando e intentan organizarse con el sentido más práctico posible, sin que ningún pueblo quede desatendido de los servicios religiosos. Por ejemplo, para las catequesis de comuniones, que este año tomarán unos quince niños, se cuenta con catequistas que reúnen a los chavales en Bermillo o Almeida. «En la mitad de los pueblos no hay niños y no vamos tener a una persona para unos pocos, es mejor juntarlos», explica Javier Fresno. Y lo mismo pasa con los de confirmación. Los aproximadamente 25 jóvenes de los 19 pueblos que se están preparando se reúnen un sábado al mes rotando por los pueblos.
Un modelo de organización que los sacerdotes añoran para otros cometidos. «Debiera tenderse a la concentración pero la gente tiene muchas reticencias; a veces se choca con mentalidades cerradas y es complicado que los mayores se muevan, porque los más jóvenes ni se lo plantean», apuntan. «Si tenemos celebraciones de la palabra los domingos es porque las personas no quieren moverse a la misa del pueblo de al lado». También las visitas a enfermos se hacen con cierta organización.
A la labor puramente apostólica hay que sumar otra más terrenal como es el control de los libros parroquiales, donde inscriben nacimientos, bodas o defunciones. O el mantenimiento de los templos; los hay piden intervención a gritos. Pero todo es más complicado en tiempo de crisis.
La situación actual y el futuro más inmediato imponen un «cambio de mentalidad», argumenta David Villalón. «Los pueblos van a menos, no van a tener más remedio que concentrarse, a todos los niveles, para sobrevivir; ya sean cursos, actividades o los servicios básicos de salud». En este caso ya se está produciendo; de hecho, para ciertas prestaciones sanitarias hay que ir al centro de salud de Bermillo, ocurre lo mismo con la enseñanza, «pero no podemos imponer la misa en un sitio; hay que tener cierta flexibilidad. El de la ordenación territorial es un debate que está abierto en el país», incide Javier Fresno.
Y no debieran ser ajenos al mismo los curas, buenos conocedores de la realidad rural, del devenir de los pueblos pequeños, sostenidos en algunos casos por un puñado de personas mayores. Tal puede ser el inmovilismo, sobre todo en el invierno, que la misa llega a convertirse en el único acto social. «En algunos pueblos te dicen "menos mal que vienen a decir la misa porque si no, no salimos de casa". No tienen un bar o algún sitio donde reunirse. Y hay mayores que marchan en invierno, pero otros no tienen otra alternativa que quedarse en el pueblo», reflexiona David. «Es la gente a la que tienes que atender más, ya no digo solo desde la Iglesia sino socialmente, hay que ofrecerles unos servicios».
Cuentan David y Javier que «la sensación de sentirse abandonados se percibe» en las personas. Ellos mismos saben lo que es vivir en el pueblo, «pero somos jóvenes y el coche te lleva a todos los sitios», aunque ellos añoren un mayor trabajo en equipo; «borrar las barreras entre el pueblo y la ciudad».