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Enjambre avifaunístico

Miles de estorninos utilizan las grandes compuertas del aliviadero de la presa de Almendra como dormidero

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Miles de estorninos sobrevuelan las aguas del embalse de Almendra para terminar instalándose en las compuertas del aliviadero, donde pasan la noche.<br />
Miles de estorninos sobrevuelan las aguas del embalse de Almendra para terminar instalándose en las compuertas del aliviadero, donde pasan la noche.
 Foto J. A. G.

J. A. GARCÍA La presa de Almendra, denominada el «Mar de Castilla» por su aspecto oceánico, es estas fechas el dormidero de varios miles de estorninos cuya salida y entrada al artificial pernoctadero constituye un fenómeno avifaúnístico de extraordinaria magnitud y admiración.


Llegada la hora de amagarse, a la caída del sol, diversos bandos conformados por cientos y cientos de aves sobrevuelan con extraordinaria unidad y concierto el gran manto de agua para resguardarse a toda prisa en las compuertas de la presa. Regresan veloces y en grandes poblaciones, configurando sorprendentes estampas en el aire. Y toman posición en la ciclóplea estructura de Iberdrola sin desperdigarse, y con un sonoro guirigay.


No están solos en la presa. Otras aves como las palomas e incluso las golondrinas, ahora que han vuelto de su invernada, tienen plaza en el grandioso dique, pero los estorninos constituyen con sobranza la especie más numerosa y ruidosa.


El fenómeno ha llamado la atención de los amantes de la vida salvaje y de la naturaleza, como Alberto Fernández, de Cibanal, que subraya la dimensión que alcanza el fenómeno de estas pequeñas y revoltosas aves, así como el atractivo del espectáculo que constituye la aparición y los ondulantes movimientos de tanta pajarería sobre el embalse de Almendra al enfilarse, para tomar las compuertas u otras repisas de la presa, «sin reparar en quienes les observan un tanto alucinados».


El ganadero Javier Álvarez, que pisa los contornos zamoranos de la presa donde pastan sus ovejas, también conoce este espectáculo avifaunístico. Desconoce dónde pasa el día semejante enjambre de estorninos, porque a sus naves no acuden, aunque dice que «son más que vistos en las viñas cuando las uvas están a pedir de boca». Pero no duda de que «son seres que saben dónde está el alimento». «En los valles y en las zonas donde pastan los ganados» es donde mejor se acomodan, afirman los forestales, que precisan que «ahora encuentran lombrices» y otros pequeños seres de su agrado. Naturalmente, las pequeñas aves y los ganados siempre han hecho buenas migas.


Sí son observados, a veces, en unos y otros campos partiendo escopetados en abundantes congregaciones, como gregarios que son. Además, responden como asustados, pero en tropel, a cualquier presencia que les aventa o cuando dan por esquilmado un escenario y buscan un nuevo punto de nutrición. Y son vistos «en las torretas y en los tendidos eléctricos» porque forman largas hileras cuando eligen estas atalayas para descansar.


Igual que aparecen, los estorninos desaparecen de la presa de buena mañana para buscar el alimento en el campo libre o en huerto ajeno. Los hacen con igual filigrana y jolgorio, en enormes bandos y, aunque apiñados como ciclistas, guardando las distancias para no colisionar unos con otros por más velocidad que impriman a su escapada. Empero, existen algunas desgracias, pocas, a juzgar por los contados cadáveres que flotan sobre las aguas del Almendra.


Es un dormidero seguro. Por un lado cuenta con el mar de agua y por el otro con un vallado que impide el acceso a las compuertas.


La presa de Almendra es en estos momentos más océano que nunca al albergar, tras su ciclópeo muro de hormigón, un volumen de agua superior a los 2.400 hectómetros cúbicos. No en vano este hito de la ingeniería fue proyectado como el depósito capital de Iberdrola, que, aunque situado en la cuenca del Tormes, es recargado mayormente con el agua que circula por el arribe del Duero.


Las carpas son otra de las especies que detienen a las personas sobre el muro de la gran presa. Debido a la elevada cota del agua que mantiene el embalse en estos inicios de primavera, los peces aparecen a flote deslizándose con su particular pereza, alimentándose sin presura alguna y dando bocados a los trozos de pan que les sirven los propios turistas. Una y otra vez toman oxígeno. Se deslizan sin prisa alguna porque tienen todo el tiempo del mundo y, por ser un punto prohibido para la pesca, como si tuvieran garantizada la vida.


Los turistas aprovechan, además, para contemplar desde la presa el gran cañón del Tormes que arranca aguas abajo, y donde es fácil contemplar el vuelo circular de los buitres y la figura blanquecina de los alimoches.


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