IRENE GÓMEZ, GUARRATE
Un soleado día de mayo de 1985 recalaba en Guarrate Miguel Delibes. A las puertas de la entrada de España en el Mercado Común Europeo, andaba el escritor con ganas de conocer esa «Castilla de los parches verdes», diferente de los vastos campos de secano y cereal más familiares para él. Había oído hablar de cultivos alternativos, irrigados con pozos de sondeo; le llamaba la atención el cultivo de girasol, los pepinillos, espárragos, garbanzos… Un argumento fenomenal para esa serie llamada «La vuelta a mi mundo en ochenta folios» que escribía por un encargo de la Agencia Efe y terminaría compilando en el libro «Castilla habla».
«No sabrás de algún agricultor que me pudiera hablar de la situación del campo», preguntó un día el escritor al periodista zamorano Luis Miguel de Dios, al que conocía desde su entrada en «El Norte de Castilla» en el año 1973 y con el que de Dios acababa de inaugurar una serie de entrevistas para Televisión Española bajo el epígrafe «Paisanos». «Yo le dije que mi padre formaba parte de una cuadrilla de amigos que se reunían periódicamente en una bodega y seguro que de sus conversaciones sacaría la información que quisiera». Pero me contestó: «no, no. Ya sabes tú que yo no soy hombre de barullos». Entonces Luis Miguel pensó que su padre, por sí solo, era el ideal para el propósito de «don Miguel»; «Jamás fui capaz de tutearle», admite de Dios, pese a la entrañable amistad que cultivaron ambos en Valladolid, unidos por la afición al campo.
«Era un hombre de campo, como yo o más sencillo. Llegó con el traje de faena y se sentó en la cocina»
Y fue así, de la mano del periodista de Guarrate, como un día se presentó el escritor con su coche en casa de Wenefrido. Uve, como le conoce todo el mundo, fue el hombre «avisado y resuelto, elegido por el cronista para abordar problema tan peliagudo como el de Castilla ante el Mercado Común», escribiría el propio Delibes en el artículo.
«Cuando llegó no estaba mi marido en casa, así que le llevé hasta la tierra», recuerda Carmen Muñoz. En la finca de Casasola, Uve de Dios escardaba la remolacha con una cuadrilla de obreros. «Nos había dicho que iba a venir, pero no sabíamos cuando. Se presentó de repente y venía con la idea de ver cómo se cosechaba el pepinillo, así que le llevé a una tierra y allí lo estuvo viendo el hombre. Todo muy normal porque era una persona muy sencilla, como uno de nosotros». Después se fueron a casa y, en la mesa camilla de la cocina, Delibes plantó su grabadora dispuesto a escuchar la letanía del agricultor zamorano. «Era un hombre de campo, como yo o más sencillo; así, con el traje de faena, y empezó a hacerme preguntas». Con tal presencia, el entrevistado para nada se sintió intimidado o cohibido. Al contrario, este hombre de campo exhibió su natural soltura. «Hablaba de lo mío; yo nací detrás del arado»
Por aquella época Uve de Dios no calibraba la relevancia del ya por entonces afamado maestro de las letras castellanas, hoy sobradamente loado y recordado. «Por aquí ha pasado mucha gente que ha traído mi hijo; así que yo me dije, uno más. Por qué no va a venir aquí Miguel Delibes». Hoy, una semana después de la muerte del escritor vallisoletano, este curtido labriego desempolva orgulloso las cartas que recibió de don Miguel y los libros dedicados de su puño y letra que guarda en los estantes, entre ellos «Castilla habla», uno de cuyos capítulos protagoniza.
La relación epistolar se iniciaría en el mes de septiembre de 1985, cuando Delibes le comunica la publicación del artículo «en el que tan amablemente colaboró».
«Confío —se disculpaba— en que no le moleste la cariñosa alusión a su nombre, tan insólito en Castilla». No tardaría Wenefrido de Dios en contestar al atento escritor como él mejor sabe, en verso. «Mi querido don Miguel. Le agradecí de verdad, que mi nombre, raro él, le diera notoriedad, en el artículo aquel. ¿Por qué parecerme mal, si por cosas del destino, estaba en el santoral? Del equívoco fatal, ¡hasta perdoné al padrino!».
Era el principio de un intercambio epistolar, alimentado por los sucesivos premios y reconocimientos al escritor, de los que Uve de Dios se congratulaba enviándole su particular enhorabuena en forma de verso, y que don Miguel, ya en los últimos años, contestaba a través de su secretaria. Pero nunca faltaban unas letras de su puño. «Cartero: lleva el sobre que recibes, hasta el Pisuerga a su vera. En la ciudad piñonera, busca a don Miguel Delibes. Sí, el cazador pertinente, de rastrojo o matorral. El de Santos Inocentes, el de pluma universal. Tras un viaje feliz, demuestra tu lucidez, hallando en Valladolid, calle 2 de mayo 10». «Y la carta llegó», cuenta orgulloso el autor de la rima, que conserva una copia del sobre remitido al admirado escritor.
Tampoco faltaba en la casa de Delibes, en Valladolid, una partida de los garbanzos que cada campaña sembraba el agricultor y que su hijo Luis Miguel le hacía llegar religiosamente.
«Umbral decía que admiraba de Delibes la capacidad que tenía para dar voz a los personajes», expresa el periodista de Guarrate. «Era una esponja, le llamaban mucho la atención las palabras y expresiones de la gente del campo», así que el encuentro con Uve en la cocina debió de ser para don Miguel como un pequeño paraíso.
«Él estaba preocupado por el futuro de la agricultura; decía que si los franceses producían más trigo y cebada que nosotros, a ver qué iba a pasar con los agricultores españoles. Por eso, veía que los cultivos alternativos podían ser una salida para el campo», evoca Luis Miguel de Dios, recordando una de las muchas conversaciones que trabó con el escritor.
Una familia del pueblo, los Mundiles, asesoró a Giménez Rico en la caza de roedores para la película «Las ratas»
No olvida el periodista ese primer encuentro con «don Miguel» en la redacción de «El Norte de Castilla» en el año 1973. Días después, enterado de que su familia era agricultora y de su amor por el campo, «me preguntó cuántos kilos de cebada y de trigo podía dar una hectárea de tierra. Por entonces, yo calculaba en fanegas de capacidad por fanegas de superficie, o sea que tuve que traducir (retalando a media voz) unas fanegas a kilos y otras fanegas a hectáreas. Le hizo mucha gracia», ha rememorado Luis Miguel de Dios en un artículo con motivo de la muerte de Delibes.
En realidad la relación del escritor con Guarrate no termina ahí. De una familia de este pueblo —los Mundiles— salieron las manos que ponían a tiro a los roedores en la película «Las ratas» de Giménez-Rico basada en la obra del mismo nombre de Miguel Delibes. El contacto surgió después de que Luis Miguel de Dios, siendo subdirector de Deportes en Televisión Española, enviara al escritor una copia del rodaje de un capítulo de «Jara y sedal» sobre la caza de ratas de agua, práctica común en los años de la posguerra en Guarrate y todo el contorno, y hoy prácticamente extinta. «Le gustó mucho, me dijo que había recuperado recuerdos de cuando escribió "Las ratas"». Precisamente, «esas imágenes sirvieron para que Delibes recomendara a Giménez-Rico el contacto con la familia de mi pueblo para rodar las imágenes de la caza de ratas».
Paco («Fieracha»), su hijo Javier y su hermano Eugenio, que bordaron para «Jara y sedal» una exhibición sobre la captura del roedor, pondrían después su granito de arena en la afamada adaptación de la novela de Delibes.
Y fue así como Guarrate entró en la vida de una pluma universal, insigne portavoz de las gentes sencillas del campo. ¿O fue quizá Miguel Delibes quien se apropió un poco del alma de este pueblo castellano?.