CHANY SEBASTIÁN, RIOFRÍO
Riofrío volvía ayer la vista atrás para dar la bienvenida al Año Nuevo como ya es costumbre desde la firmeza que dan las tradiciones cultivadas desde las noche de los tiempos labrando la mística de una historia que los niños descubrieron de sus ancianos, para de mozos darle vida y de abuelos transmitirlas a sus nietos. «Los Carochos» volvieron a ser fieles a su cita para hacer vibrar con sus peculiares carreras, sus estravanzadas peleas y el reparto se los buenos deseos, de casa en casa, compartiendo con cada familia picaresca y bondades.
Frente a la antigua Casa de la Guardia Civil hicieron su espectacular salida el «Diablo Grande» con sus tenazas de escalera y el «Diablo Grande». Ruido a cencerras y olor a humo y azufre. Magistral su marcha camino de la Casa del Cura poniendo en valor una mascarada reconocida como Fiesta de Interés Turístico Regional de Castilla y León. Haga sol o frío, llueva, nieve o los carambanos cuelguen de los tejados la Obisparra siempre ha estado, está y estará ahí fiel a su cita. Once personajes recorriendo calles y plazas con sus historias propias y ajenas orígenes de luchas.
Tras ellos salieron «Los Guapos»: (La Madama), (El Galán), (El del Cerrón) y (El del Tamboril y «Los Filandorros»: (Molacillo), (Filandorra), (Ciego), (Gitano) y (El del Lino).
«Los Carochos» tienen entre su principal atractivo las peleas, teniendo lugar la primera en las inmediaciones de la iglesia. Antes la vuelca del carro y la actuación del gitano que aparece montado en un burro es de los más llamativo gracias a su dialéctica, gestos y demostraciones de agilidad, bebiendo vino por la bota o montándose en la caballería.
La mascarada de «Los Carochos» en Riofrío es la que más foráneos recibe de cuantas se celebran en la comarca natural de Aliste, Tábara y Alba. El ritual se mantiene año tras año, los personajes también aunque interpretados por nuevos mozos generación tras generación para garantizar su pervivencia.
Pero no todo fueron bienaventuranzas y éxitos. Falló algo la organización y a la hora de dar la salida nadie había comprado el cohete para tirar. Tampoco fue fácil reunir a los once mozos que dan vida a otros tantos personajes y a última hora, dado que solo había diez solteros voluntarios, hubo que convencer a un casado para que representará a uno de los personajes. Al final la cosa salía bien.