IRENE GÓMEZ, LUBIÁN
Pertenece a la hornada de sacerdotes recién salidos de la Diócesis de Astorga. Él, con otro compañero, son los últimos ordenados porque este año no salió ninguno del seminario. Jorge Flórez López (Castrillo de la Valduerna, León) es, a sus 27 años, un cura de pueblo. Dinámico, extrovertido, gran conversador, solícito, cercano? A «don Jorge», como gustan de llamarle sus feligreses -aunque se muestre más cómodo en el tú a tú-, le toca vivir en la Iglesia de estos nuevos tiempos, carente de clérigos y obligada a multiplicar las funciones de los escasos pastores que en el mundo son. Se acabaron los tiempos de un cura por pueblo, y en algunos casos hasta un coadjutor. Hoy el servicio religioso obliga a hacer encaje de bolillos para tener una mínima presencia en las parroquias.
Jorge no es una excepción. La provincia de Zamora, dispersa, envejecida y con más de quinientos núcleos de población, constituye a todas luces un galimatías cuando de prestar servicios se trata. Y los problemas se acrecientan en las comarcas de la periferia. Más aún si hablamos de la Alta Sanabria, hasta donde el sacerdote lleva la «palabra de Dios». Concretamente a catorce pueblos: los cuatro municipios de Hermisende, Lubián, Pías y Porto con sus respectivos anejos. Apenas seiscientos vecinos en su conjunto, que en el crudo invierno merman de forma considerable. «Algunas veces dices la misa con seis o siete personas», apunta con aparente normalidad.
¿Y cómo se las apaña un cura hoy en día para tener a sus feligreses contentos y sobre todo atendidos? «El primer año es de observar con paciencia y tranquilidad», comenta consciente de que «no es posible llegar a todos los sitios todo el tiempo. Uno es humano; tiene dos piernas, dos brazos, un coche... Yo no digo 14 misas, como mucho digo tres los domingos y, excepcionalmente, puedo llegar a cuatro». Con toda la Alta Sanabria para él solito, Jorge ha tenido que diseñar un plan asumible para él y aceptable para los parroquianos.
«A diario digo una misa. En mi caso he hecho tres grupos de zonas -sobre todo pensando en las distancias-, pero cada uno se las ingenia como Dios le da a entender. En cada sitio hay que ver la geografía y aquí los pueblos están muy alejados», comenta mientras, maletín en mano se dirige a Hermisende, donde hoy toca la celebración. ¿Qué lleva, el ordenador?, se pregunta el periodista cuando le ve salir de casa maletín en mano. Nada más lejos. En realidad, la cartera guarda todo lo que necesita para impartir el sacramento. El alba, las formas, grandes y pequeñas, misales, libros de oración... Estamos ante un cura práctico y... polifacético. Por la mañana da clases de Religión en el Instituto de Puebla y las tardes ya son para sus obligaciones parroquiales. La pastoral con los mayores, catequesis con los niños, visitas a los enfermos, tomando un café en el bar...
Desde su centro de operaciones en Lubián, Jorge se desplaza en un Citroën a lo largo y ancho de sus «dominios»; el más lejano, Porto, a 42 kilómetros por una carretera infernal. Tres cuartos de hora de viaje sorteando curvas y cuestas imposibles en invierno. También Las Hedradas, Chanos, Hedroso, Aciberos y Padornelo; Pías, con Barjacoba y Villanueva de la Serena; Hermisende, con Castrelos, Castromil, San Ciprián y La Tejera.
Fue en la Alta Sanabria donde, con 26 añitos, el Obispo de Astorga le encomendó iniciar sus pasos como cura. Nada más y nada menos que catorce pueblos con sus catorce singularidades en la zona más montañosa y alejada de Zamora, donde los inviernos se prolongan debido a copiosas nevadas como las del año pasado. Toda una prueba de fuego para el nuevo cura. «El primer año no conoces bien a la gente ni la zona y lo pasas peor. Ahora es distinto. Este invierno ya pueden caer las nevadas que quieran, conoces los pueblos y cambia mucho».
Lo recuerda bien. «El año pasado por estas fechas empezó a nevar. Nunca había visto tanta nieve junta. Los primeros días abres la ventana y ves todo blanco, los tejados, los caramelos... ¡Qué bonito! dices, pero la realidad del día a día es mucho más cruda. Las nevadas duraron hasta febrero. Fue un invierno tremendo. Y claro, dicen que del viejo, el consejo. Me decían «usted don Jorge tranquilo, que ya le llamaremos». Pero es que, aunque quisiera, no podía ir, ni ellos casi salir de sus casas».
Todavía recuerda el sacerdote los avatares vividos para cumplir las obligaciones sacramentales. No ya la misa, a la que hubo de renunciar en algunos pueblos ante la imposibilidad de acceder por la cantidad de nieve, pero sí algo tan inevitable como enterrar a un difunto. «En San Ciprián, el año pasado, tuvimos que recurrir a un todoterreno para llevar el féretro al cementerio porque el coche funerario no podía pasar. Y en Castrelos comenzó una mañana de agua-nieve que por la tarde se cerró y al final estábamos en el cementerio los cuatro que llevaban la caja, el cura y poco más».
Y es que, si algo sobresalta el aparente orden con el que Jorge administra su ministerio son precisamente los funerales. De ello se dio cuenta nada más aterrizar en Lubián, el 8 de septiembre de 2008. Apenas había pasado una semana y ya celebró el primero, «el 17 de septiembre», puntualiza con exquisita memoria. El rosario de sepelios no ha parado. «Desde que llegué hasta ahora llevo cuarenta entierros, seis bautizos y una boda, que fue el verano pasado. De los bautizos sólo un matrimonio vive aquí y con la boda pasa igual, viven en Zamora».
En un momento el sacerdote ha trazado el perfil social del mundo rural zamorano. Nadie como ellos, administradores de los sacramentos, para describir un devenir marcado por el envejecimiento y la escasez de población joven.
Jorge Flórez se niega a hacer sangre de esta realidad. Aunque para describir la vida de un cura rural hoy en día, como es el propósito, resulta imposible obviar el contexto. «Mirando los libros parroquiales, hay pueblos en los que la última boda fue en el año 1985, que el último bautizo fue hace quince años. En Padornelo, en invierno, se quedan tres o cuatro personas. Yo suelo ir una vez al mes; agradecen mucho pasarte por allí, tomar un café, charlar de lo que sea. Como cristianos es verdad que necesitamos la eucaristía, pero para mí el contacto con la gente ha sido una de las experiencias más enriquecedoras».
Por eso, Jorge no se limita a dar la misa y ya. Cuando llega al pueblo se preocupa de charlar un rato con los feligreses. «Eliges las distancias cortas, sobre todo los domingos, para estar con las personas más tiempo. Ese trato humano es mucho más enriquecedor, ellos lo agradecen. Me ha llamado la atención que, en las fiestas de los pueblos, muchas veces los vecinos comen juntos y eso es muy bonito. Que esté el cura compartiendo todo eso les da mucha alegría. Yo tampoco quiero ser alguien frío. "Don Jorge", que te llame así un hombre de 90 años dices ¡Dios mío!».
Él se muestra cercano, sabedor de que a veces es la única referencia para que los vecinos se reúnan, sobre todo en el invierno. «Mira, ayer tuve misa en Hedroso. Ahora, en invierno, vamos a unas escuelas para estar calentitos. Acuden casi todos los vecinos a misa, pero es que había gente que llevaba una semana sin verse, así que allí se ponen al día unos de otros».
Jorge vive solo, en la casa parroquial de Lubián, construida con dos viviendas para sendos sacerdotes que se harían cargo cada uno de siete pueblos -eso sería lo lógico-, pero no hay curas. Así que, él solito, asume el CAP (Centro de Acción Pastoral) de Lubián, a diferencia del resto de compañeros en otras zonas dependientes del Obispado de Astorga, que viven juntos y llevan entre todos las parroquias. Es el caso de El Puente, Puebla, Mombuey o Villardeciervos.
¿Y cómo se lleva esa soledad? «La soledad también está en la personalidad de la gente. Yo soy muy extrovertido. Siempre tienes algo. Por las mañanas estoy en el Instituto, por la tarde voy al pueblo donde me toque la misa, hablo con la gente? Luego no faltan reuniones; los primeros jueves de mes, en este arciprestazgo, los sacerdotes tenemos retiro; el tercer jueves de mes tenemos reunión pastoral? Comemos juntos, sabes que tienes a tus compañeros al lado y así todo se lleva mejor. Porque curas hay los que hay». Quizá esa situación de «solo ante el peligro» ha afianzado el contacto con las personas. «Yo a la gente la quiero y cada vez me estoy haciendo más de ellos», se sincera.
¿Se ve aquí muchos años? «Los que el Obispo quiera, sabemos que como sacerdotes somos enviados a los pueblos». Jorge es consciente de la «misión» que le ha tocado vivir y se le ve tan feliz. «Si volviese a nacer volvería a ser cura. Tengo amigos que trabajan en algo que no les gusta. ¡Qué triste!, ¿no? Yo soy sacerdote en el Instituto, en el bar tomando un café, cuando visito a un enfermo o cuando estoy con gente que yo sé que no pisa en la iglesia. No les culpo, hay que conocer la historia personal de cada uno».
Y en sociedades tan pequeñas, en algunos casos con un puñado de vecinos que son los que no renuncian al pueblo ni después de los Santos -cuando muchos emigran para pasar el invierno en la ciudad-, «hay sus problemas, sus enfrentamientos. Por eso es bueno que ellos vean que el cura es de todos. Me duelen los malos rollos, me entristecen. Intentas armonizar, pero a veces es difícil».
Como tantos curas y monjas -también seglares-, a Jorge se le pasó alguna vez por la cabeza la vocación misionera. «Éramos muy idealistas, pero aquí también tenemos una misión. Somos una sociedad de tener y no tenemos nada. Ahora llega una época de tambaleo y salen todas las miserias. Y es verdad, las personas valoran la presencia del cura, pero también a quien hace el reparto de comida con la furgoneta, a Ana que tiene la farmacia, al del bar, a la Guardia Civil porque saben que están en una zona aislada. Muchas veces te encuentras con que nos cuesta valorar los servicios y aquí sí se valoran mucho. Ven la necesidad muy de cerca».
Como todos, este «oficio» también aporta satisfacciones y desencantos. Parece que en la balanza del sacerdote pesan más las primeras. «Si tuviera que repetir volvería a ser cura» sin mayores pretensiones. «Me creo como uno más del montón, una persona que intenta vivir su cristianismo como Jesucristo quiere y por eso me gustaría a veces que las cosas salieran de otra manera».
Y vuelve a lo de las misiones. «Sí me planteé marcharme a Sudamérica, y estoy a tiempo todavía -comenta entre risas-. Hasta que nos llame el jefe a rendir cuentas allí arriba...».