IRENE GÓMEZ
Cuenta el sacerdote Miguel Santiago, durante una década juez-presidente de la Cofradía de los Falifos, cómo «desde la penumbra del amanecer del siglo XIV consta documental e incesantemente de la existencia de una organización religiosa, creada en torno al Santuario de Nuestra Señora de la Carballeda, que se venera en Rionegro del Puente, de siempre conocida por el chocante y característico título de "Cofradía de los Falifos". Y así lo atestigua la bula expedida desde Avignon por el Papa Clemente VI (1342-1352) en el primer año de su pontificado para confirmar gracias y privilegios otorgados por varios de sus predecesores».
Por muchos aspectos es singular esta hermandad; desde la misma palabra que le da nombre («falifo»), que ha sido objeto de investigaciones no exentas de controversia. Así, la expresión «falifo» se refiere al mejor vestido que donaba el cofrade tras su muerte para su posterior subasta en la festividad de la Virgen de la Carballeda. El origen del término ha causado debate entre estudiosos e historiadores de la hermandad. ¿Es una palabra latina, árabe, es galaico-portuguesa?.
Al margen de sus raíces etimológicas, el concepto es clave para entender a la hermandad. Desígnase con ese nombre «la prenda de vestir que a la hora de su muerte entregaba el hermano de la Cofradía de Nuestra Señora de la Carballeda, vulgarmente llamadas de los Falifos, para que de su valor dispusiese el Cabildo de la misma».
Recuerda el catedrático Manuel García Alvarez, en su estudio «Una cuestión de lexicografía medieval. Falifo, falifa: prenda de vestir», que en las grandes fiestas de la titular de esta Hermandad, los falifos «son vendidos en pública almoneda, y con el importe de lo que por ellos se obtiene se sufragan los gastos del culto a la Virgen, y antiguamente se atendía a la reparación, conservación y construcción de puentes y hospitales para los peregrinos y enfermos que se dirigían a Santiago de Compostela por el antiguo camino que pasaba junto al Santuario». El «falifo» ha sido la única obligación real del cofrade y su defensa como derecho peculiar se ventiló en pleitos con otras cofradías, llegando hasta el Tribunal Eclesiástico de Roma, que sancionó al «falifo» como un derecho propio y exclusivo de la Cofradía en un radio de 50 leguas a la redonda del Santuario.
Tal es la raigambre de la palabra entre los hermanos que no han faltado intentos de introducirla en el diccionario de la Real Academia de la Lengua. De tal posibilidad hablaron en su momento el sacerdote Miguel Santiago (que fuera capellán de la Casa de Zamora en Madrid) con el poeta zamorano y académico de la Lengua, Claudio Rodríguez. «Al final no se hizo la gestión porque murió Claudio y todo quedó ahí», recuerda Miguel Santiago. Años después de aquella iniciativa, los actuales representantes de la Cofradía de los Falifos se proponen retomarla e iniciar gestiones para lograr el reconocimiento oficial del término «falifo».
Si bien éste sigue dando nombre a la Cofradía, la entrega de la prenda como donación desapareció en el año 1949, cuando el Obispado de Astorga autoriza a conmutarla por 25 pesetas. Cantidad que ha ido también adaptándose a los tiempos y hoy los cofrades aportan las donaciones que consideren con el punto de mira puesto en el cuidado del Santuario.
Pero la historia de la Cofradía va mucho más allá. Los hermanos han ido manteniendo vivo el legado de un hermandad, valedora durante siglos de usos y costumbres inmemoriales, que atesoró un vasto patrimonio, compuesto de innumerables fincas, donaciones, alcazabas? y ejerció un ingente servicio social, muy especialmente reconocido en el cuidado y educación de niños expósitos, que se depositaban en las dos cunas de piedra que aún se conservan a ambos lados del atrio del Santuario de la Carballeda. Cada mañana el sacristán tenía la obligación de mirar en los pequeños aposentos pétreos y, en el caso de que hubiera algún niño, entregárselo a los capellanes que atendían el templo para a su vez ponerlos en manos de mujeres lactantes del contorno, que los mantenían hasta los siete años.
Más de 6.000 folios contabiliza Miguel Santiago en el Archivo Diocesano de Astorga, una de sus fuentes de información junto al Archivo Histórico Nacional, para indagar en la historia de la Cofradía de los Falifos, sólo suspendida dos años durante el reinado de Carlos III. Aquella decisión del primer ministro Aranda «llevó dos años de pleitos para restituir a la Cofradía. Tuvo que intervenir el Obispo de Astorga y hasta la Sociedad de Amigos del País. Al final se consiguió, entre otras cosas, por el hecho de que cuidaba a los niños expósitos, que parece ser que fue lo que enterneció a las autoridades para volver a restablecerla», explica Miguel Santiago.
Sin renunciar al «glorioso» pasado de la Hermandad, en el año 1992 una comisión gestora redactó nuevos estatutos (los anteriores databan de la época de Carlos III) acordes con los tiempos, estableciendo como fines de la Cofradía el culto a la Virgen, santificación de los cofrades o sufragios por los difuntos. El cabildo, compuesto por 16 sacerdotes y 14 seglares, elige a los representantes de la Cofradía, pero no al Capellán, que por naturaleza es el párroco de Rionegro del Puente.