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J. A. GARCÍA, CIBANAL Felipe Casado, de Benavente, disfrutaba a placer del paisaje y de la naturaleza sayaguesa cuando sus ojos repararon en dos lagartos, de vistosa coloración, que dirimían una titánica lucha. Fue un episodio que le sobrecogió porque lo que vio fue un feroz enzarzamiento a muerte que terminó, para asombro del espectador, con el vencedor tragándose íntegramente al vencido. «Todo ocurrió en un rincón de los llamados Arribanzos, en el camping de Cibanal de Sayago, donde existe como una pequeña y artificial reserva natural idónea para el hábitat del lagarto, como lo demuestra la proliferación de estos reptiles, que en pocos años ha aumentado considerablemente su población», según expone Alberto Fernández.
Casado aún fue más lejos y utilizó el teléfono móvil para filmar e inmortalizar el combate. «Una hora» duró la tragedia, protagonizada «en un metro cuadrado» de terreno. La contienda se prolongó durante media hora y otra media hora fue la que dedicó el ganador a engullir a la víctima. Fue una enganchada de dos colosos del amarre, que acabó después de asombrosas vueltas y revueltas.
Alberto subraya que «la buena población de estos reptiles no es un hecho ocasional sino que es consecuencia de la dedicación y el respeto demostrado por los dueños de las parcelas». A tal punto llega el compromiso con este reptil, que cada uno tiene en su parcela una pareja de lagartos que cuidan, respetan, dan en ocasiones de comer e incluso evitan molestar». Señala, además, «que es un verdadero espectáculo observar sus movimientos, cuando la confianza al humano le permite disfrutar del sol sin temor alguno».
El lagarto ocelado se mantiene inactivo durante los meses de invierno pero, al llegar la primavera, los rayos solares les vuelve al mundo de los vivos «y los machos se muestran agresivos y territoriales». Fernández precisa que «por lo general, sólo realizan una puesta al año de entre siete y veinticinco huevos, teniendo lugar los nacimientos en agosto».
Alberto hace hincapié en que «es curioso observar como este silencioso depredador, y también presa, dispone de huras temporales estratégicamente situadas de manera que pueda esconderse con la mayor rapidez posible si se siente amenazado». Comenta que «es sabido que su dieta es variada, fundamentalmente insectívoros, aunque ocasionalmente puede capturar vertebrados, frutos, carroña o puestas de aves». Añade que «sus excrementos son inconfundibles. Su forma es como una pera alargada con un inicio blanco y el resto de color negro que si lo desmenuzas se llegan a ver pequeños insectos».
Pero es al reparar en su dieta alimentaria cuando la brutal batalla observada en Cibanal puso de manifiesto «que un lagarto no se conforma con ganar, sino que, como comprobó Felipe Castaño, engulle al adversario como si de una pitón se tratara». Tal acto de voracidad y canibalismo «no se sabe si responde a un instinto territorial frente a otro macho joven o quizás, como en el caso de ciertos mamíferos, un modo de eliminar a las crías para reproducirse de nuevo, o simplemente por cuestión alimenticia en un lugar donde sobran los recursos».
Fuentes técnicas del Servicio de Medio Ambiente de la Junta de Castilla y León, en Zamora, señalaron ayer que lo normal es que el lagarto que pierda se largue, e indicaron que no es una imagen usual ver la que un lagarto se coma al otro cuando son de parecidas dimensiones. Sin embargo, insistieron en que «sobre la naturaleza no hay nada que pueda extrañar», y al tiempo que inciden en que el lagarto «es una especie carnívora».
Alberto Fernández asegura que «no están lejos los tiempos en que la población de lagartos era de tal dimensión que daba para abastecer a sus depredadores naturales y a los humanos». Dice recordar «cómo se utilizaban unos ganchos de hierro acabados en punta de anzuelo para introducirlo en grietas o ranuras de las rocas y extraer así la pieza codiciada, que según sus cazadores, presumían de que era un plato exquisito; o como utilizaban un lagarto vivo para que mordiera el hocico del perro y así este se "enrabietara" de manera que fuera más fácil que los localizara en la próxima búsqueda».
También comenta que «había quienes utilizaban a estos reptiles como un insecticida natural », un sistema «que, al parecer, funcionaba». Para Fernández «es de suponer que las duras sanciones por su caza furtiva, y la concienciación de la preservación de este reptil, ayuden a que esta especie siga acompañando nuestro paisaje».
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