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J. A. GARCÍA
Los encierros taurinos organizados ayer por diversos pueblos de la provincia de Zamora dejaron tras de sí un nuevo herido grave, en esta ocasión en Fuentelapeña. El joven Gustavo Hernández, de 29 años y gran aficionado, resultó cogido por el toro en el encierro de calle. «Resbaló y el toro lo atrapó contra la merina clavándolo en el muslo. Fue una cornada de 20 centímetros, pero limpia, que no le afectó a órganos vitales». El joven fue atendido por los servicios sanitarios de la zona y trasladado al centro hospitalario Virgen de la Concha, donde fue operado.
Por su parte, el aficionado de San Miguel de la Ribera, Jesús Santos, se recupera satisfactoriamente del desgarro sufrido en el muslo en el encierro del pasado viernes en Argujillo, según precisaron ayer fuentes familiares.
La jornada de ayer fue un día de encierros que proporcionaron a los miles de aficionados que salieron al campo la oportunidad de disfrutar de un espectáculo cargado de fuertes emociones y sensaciones, y la posibilidad de descargarse de adrenalina. Tanto en Fuentelapeña, como en Argujillo y Villalpando, los toros respondieron con bravura manifiesta.
La buena casta destacó en los encierros de campo y de calle organizados en Fuentelapeña. «Hubo mucho miedo», afirmó la alcaldesa Angela Escribano. Algo más de medio centenar de caballistas tomaron el campo y cumplieron su cometido con total dedicación. Sin embargo, fue en la calle donde se registró la cogida grave de Gustavo Hernández, que había estado más que activo en el encierro del campo. Los toros, de la ganadería Germán Gervás, se resistieron al encierro y fue necesario transportarlos en camiones hasta el pueblo. El encierro de Villalpando se pobló de caballistas y vehículos, como nunca, y contaron la suerte de tener frente así a dos novillos que destacaron por su entrega. A esta cita torera asistieron un tropel de casi cuatrocientos caballistas y un elevado número de vehículos, que, en palabras del concejal Antonio Boyano, «respetaron a los toros».
Fueron casi tres horas «de mucho movimiento» porque los astados desfilaron casi hasta Quintanilla del Monte. «Uno de ellos arreó mucho y se desplazó casi hasta Santa Eufemia del Arroyo. Fue necesario dormirlo porque estaba enterito y todavía arreaba fuerte» señala Boyano. Estos toros de la Ganadería Raso, de Portillo, «la más antigua de España», propiedad de los hermanos Gamazo, dejaron ayer una sobresaliente impresión en una afición que participó activamente en el desarrollo de un encierro que no dejó percances que reseñar.
Igualmente, dejó unas excelentes sensaciones el segundo encierro campero de Argujillo, donde dos «guapos» toros de la ganadería Angel Nieves, de Mayalde, (al igual que anteayer) pisaron el terreno llevando el respeto a los caballistas y jinetes. La buena casta de los astados convirtió el desarrollo de las correrías en un espectáculo desde el principio hasta el final. No faltaron momentos de tensión como cuando un novillo arremetió y asestó un puntazo a la montura del aficionado, Avelino. El caballo debió ser retirado del escenario por la lesión sufrida en la pata izquierda, pero no así el caballista, que acudió al encierro con un repuesto y de este modo pudo seguir sobre el terreno con el nuevo animal. También ayer se vivieron apuros por las arremetidas de los astados contra la alambrada, en ocasiones con tan fiereza que parecía que rebasaban la misma y llevaban el miedo escénico a todos los presentes en la zona. En Argujillo, la presencia de caballistas «brincaba de cien», al decir de Juan Pascual, que eligió este evento para aplacar su pasión taurina.
El alcalde de Argujillo, Manuel de la Rocha, que ayer gastaba una afonía severa, destacó el nivel de los encierros locales. Ayer, a pesar de los esfuerzos derrochados en Argujillo, sólo consiguió encerrarse a uno de los dos novillos. El encierro de calle estuvo marcado por un calor insoportable, que animó a la mayoría a buscar refugio en las bodegas y en las sombras.
El encierro de Villamor de los Escuderos, que ayer tuvo lugar por la tarde, concentró a gran concurrencia de público, aunque en un principio se temió que la tormenta pudiera chafar el festejo. No fue así y el encierro se llevó a cabo con tres astados que sorprendieron por su bravura.
En su entorno o a su rebufo se movieron más de medio centenar de caballistas. No faltó un momento de susto cuando un novillo picó a un caballo desmontando al jinete, de Coreses, que en la caída fue pisado por otra res. Todo se saldó con unos puntos en la cabeza. También estuvo a gran altura el encierro de calle. En torno a la ocho se vivió una situación de alboroto porque la gente pensaba que un toro se había salido y cundió el temor.
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