JOSÉ MARÍA SADIA
Caminando por los inmensos Campos Elíseos parisinos, uno se da de bruces con una de las tiendas más glamorosas de la capital gala. Es la colección de bolsos de Louis Vuitton, que muestra en sus inmensos escaparates un sinfín de artículos «bon marché», que dicen los franceses. Es decir, al alcance de cualquier bolsillo. Baste decir que sólo el gasto en seguridad privada de la tienda está a la altura del valor de las existencias.
Allí, los ricos se gastan su «calderilla» para regalar un magnífico bolso que a cualquier de nosotros nos costaría el salario de un mes.
Por eso, al llegar a Numanthia-Termes, me preguntaba si el bueno de Louis Vuitton hubiera osado acercarse a Valdefinjas de existir la bodega en el siglo XIX. Quizá hubiera llegado en una limusina blanca tan grande como para montar al escaso centenar de vecinos de la pequeña localidad.
No, no hubiera ido. Porque, como nos cuenta el bodeguero Rubén Pérez, lejos del lujo, en la bodega se estila la artesanía. Es decir, hacerlo todo despacio, con las manos, en pequeñas cantidades. Y mimar la producción. Luego son otros, como el mismo director, Manuel Louzada, quienes se encargan de tocar la música que envuelve la leyenda de la bodega que hizo el «vino perfecto» en 2004. A juzgar por cómo habla Louzada, da la impresión de que todos los empleados de Numanthia-Termes se reúnen diariamente para ofrecer sus plegarias al dios Baco, con el fin de que éste les conceda el mejor vino de todos.
El otro secreto está en sus coquetos viñedos. Porque sus viñas deben de ser los «Campos Elíseos» del vino, donde el glamour nace y crece ente las piedras.