J. A. GARCÍA
Fermoselle
—¿Explíquenos su infancia?
—Fue una infancia normal. Mi pueblo era de mucha vida. La gente nacía ahí, vivía y ahí y moría ahí. Muy pocos salían. Pertenecí a una familia un poco especial. Mi padre tenía dos hermanos curas y dos hermanas monjas. Uno estuvo de coadjuntor muchos años en Fermoselle, y otro en Toro. Mis padres cosechaban mucho vino porque tenían terrenos. Yo de chaval era muy amiguero y mi infancia estaba entre la vida familiar y la escuela, algo la iglesia, los amigos y las pandillas.
—¿Cómo entró en la vida religiosa?
—En 1946 llegaron a predicar dos misioneros claretianos; a dar, lo que se llamaba, una misión. Creo que nunca fue Fermoselle un pueblo muy religioso, muy piadoso que digamos; pero asistió un contingente importante porque fue un acontecimiento de mucha resonancia. Un misionero se alojaba en casa del párroco, Basilio Sánchez Campano, una persona ilustre y muy notable. El otro en casa de mi tío el cura, el coadjuntor. Yo andaba por allí y… "¿tú que vas a ser?" preguntaba, Cura como mi tío, don Manuel, que era muy sencillo y popular. "¿Por qué no vienes con los claretianos? Pues te vienes conmigo". Me llevó a Segovia. Estuve dos años. Luego otros dos años en Santo Domingo de la Calzada, otro año a Valmaseda y, luego, al noviciado en Salvatierra de Álava. Tenía 17 años.
—¿Exigía mucha resignación llegar hasta la ordenación sacerdotal?
—Seguí la carrera sacerdotal y llegó el acontecimiento que marca un antes y un después para un cura: la ordenación sacerdotal. Fue 25 de julio de 1959. Vine a decir la primera misa en Fermoselle. Había salido del pueblo a los 12 años y no volví hasta los 25. Era algo inhumano, irracional, cruel… Estábamos en el seminario, nos daban conferencia o algunos cursos de francés, de inglés, algunos paseos por el pueblo. Regresé a Fermoselle y fue un acontecimiento, pero el pueblo había disminuido mucho y esto marcó para mí un desapego del pueblo porque, como era tan amiguero, buscaba a mis amigos y… ¿fulano? "Pues se fue Alemania", y… ¿fulano? "Pues se fue a Francia". Algunos hasta Buenos Aires. Fue un jarro de agua fría. A los pocos años mis padres se fueron a Madrid. Me sentí sólo y tardé en volver.
—¿Ir a misiones fue para usted un propósito inquebrantable?
—Desde que canté misa mi ilusión era ir a misiones. En España había un cura por cada 1.000 habitantes y yo sabía que había países con un cura por cada 20.000 habitantes ó 30.000. Salir de estos ámbitos era cosa del general de la compañía. Tengo respuestas de varios generales, que duraban 12 años, y siempre lo mismo, que el provincial no me soltaba. Cambio un poco de régimen las misiones y el provincial fue eligiendo unas avanzadillas misioneras de la provincia en Euskal Herría y Cantabria. Como éramos más los de Cantabria se me permitió pasar al país Vasco para reforzar. Estuve unos 20 años, especialmente en Bilbao. Y en un momento, que yo tenía cierta autoridad, pues dije, ahora me autodestino. Y así marché a Bolivia
—¿Alguna razón para elegir Bolivia?
—Euskal Herría había adoptado Bolivia. Y en 1956 me fui al norte de Potosí. Donde estuve nueve años. Es un gran departamento que tiene, al norte del norte, una zona agrícola que es pobrísima. Su sede es Sacaca, una palabra aimara que su significado es piedra. Había un equipo de Estados Unidos, «Amigos mundiales», que prestaban un buen servicio. Traían sus especialistas en ganadería pero tenían poca respuesta porque la gente sólo aspiraba a sobrevivir. Les poníamos en bandeja la gente, a la que tratábamos de incentivar. En lo religioso era cumplir, pero en misas, procesiones, bautizos y bodas lo que uno quisiera.
—¿Practicaban otras religiones?
—Ellos seguían en el fondo con sus profesiones ancestrales, el sol… el culto a la tierra. Hacían sus cultos, chayaban, echaban su chicha... No entendían muy bien eso de la diferenciación de las religiones. Estaban en la impresión de que lo nuestro era otra cosa. No fueron mis mejores nueve años. Quería cambiar aquello, pero muchos compañeros no estaban por la labor. Querían mantener y hacer lo mejor posible las cosas, pero no plantarse y cambiar las cosas. Yo acababa de sacar mi licenciatura de teología en Deusto, y cuando quería que reaccionasen decían "ya vienes con tu licenciatura". No sé como aguanté nueve años, porque hacía lo que no me convencía. Hubo muchas aventuras y salí con dos úlceras de estómago a raíz de cosas que fueron terribles. Tuve que llegar a declararme en huelga de hambre, que duró minutos porque conseguí lo que buscaba. Llegaban alimentos pero no a la gente de la zona. Me decían que no y que no. Ahora mismo voy a la radio panamericana, que la escucha todo el país, y luego me voy a la oficina de Naciones Unidas y me va a escuchar toda la gente. Tienen una hora, sino aténgase a las consecuencias. Cuando faltaban diez minutos dijeron: "¿cuánto necesitas?".
—¿Era un caso extremo la mera supervivencia?
—En 1984 hubo una sequía terrible y los campesinos no tenían reservas. ¡Ni una patata! Impresionó a Estados Unidos y a Europa, y mandaron muchísimos alimentos. Yo llevaba listas y listas. Acordamos un reparto. Los organismos internaciones hicieron unos almacenes enormes y unas oficinitas para gestionar los pedidos. "Alimentos los que quieran, pero dinero no tenemos", decían. Pero en 1985 fue un año de lluvia, desaparecieron los caminos y había que pasar por valles, praderas y subir hasta 4.000 metros. ¡Fue una aventura! Después de una semana llegamos. Un frío terrible, unas incomodidades… Ir delante con un jeep y ver los camiones… ¡Varios volcaron! Me decían los campesinos "sino llegan a traer los alimentos no sé lo que hubiera pasado", porque todo era posible. A lo mejor hasta nos hubiéramos comido unos a otros. Fui al médico porque tenía unos dolores terribles y me dijo: "usted tiene que descansar porque va a reventar". Me trasladé a Buenos Aires porque tenía una hermana monja. Se enteró por vías misteriosas y estuve unos meses y mejoré.
—¿Hubo más destinos misioneros?
—Luego fui a Perú. Fue muy distinto. Circunstancialmente conocía al general. Le llamé y me hizo los traspasos. Fueron los nueve años mejores. Era la capital, y una parroquia con muchos profesionales. El 60% tenía carrera. Empecé a dar unas charlas que les entusiasmaban. Tomaban apuntes y me grababan. "Lo tienes que poner en un libro porque malcopiamos" me decían. Ahí se gestó el libro. Era gente de clase media alta, que luego cambió mucho porque el nivel sociocultural sigue siendo algo pero el nivel socioeconómico está muy bajo. Allí sí que gocé mucho, mucho. He leído mucho, pero pongo mi cosa personal. Estuve unos nueve años.
«¡Me duele la humanidad! Hay una falta de profundidad... una frivolidad... una ligereza...»
—Su vida siguió luego por España. ¿Por dónde?
—Pasé un año sabático en España, esperando volver. En ese momento se había construido en León una casa para sacerdotes mayores y enfermos, y estuve cuatro años, a cargo de una residencia de ancianos, Después me empezaron a destinar. El Ferrol tres años de párroco, luego, con otros compañeros, a una zona amplísima de Asturias, con sede en Belmonte de Miranda, donde estuve 7 años y hace unos meses a Villagarcía de Arosa. Aquí otro nivel religioso que en Asturias. Tienes mucho trabajo, las iglesias se llenan, sobre todo en funerales. Tengo un domino de la palabra y veo que comunico.
—Sintetice su pensamiento, lo que ha plasmado en el libro «Ser hombre (varón/mujer) hoy».
—En todas las carreras eché en falta una asignatura: el hombre. No ha habido ni un estudio ni un cultivo de sí mismo. La mayoría de los seres humanos no merecen un aprobado como seres humanos. De lo que conozco tengo una impresión pobrísima la humanidad, me da pena. ¡Me duele la humanidad! Parecemos críos. Una falta de profundidad… una superficialidad… una frivolidad… una ligereza… Como causa sostengo que no se ha educado, aunque se ha enseñado. Para mi educar es ayudar a las personas a autoencontrarse, a autoposeerse, pues antes que de Dios y del diablo uno es de sí mismo. Si uno tiene algo es asimismo. Educar es también ayudar a autoidentificarse, autoconocerse. Hay muchos complejos. Educar es ayudar a las personas a autoproyectarse.