J. A. G.
Fermoselle
La Plaza Mayor de Fermoselle recobra estos días la estampa taurina merced a la instalación de la histórica plaza de madera que acogerá unos encierros taurinos que son seguidos con enorme expectación, y no poco temor, por miles de personas. La mayoría de los espectadores lo hacen tras las talanqueras, a resguardo de los toros y sus terribles cornadas, y otros cómodamente aposentados en las gradas situadas en la parte superior de tan artesano y extraordinario coso.
El montaje de semejante escenario es todo un ritual que avanza lentamente bajo la supervisión de Ángel Fernández Vaquero, ya jubilado de su oficio de carpintero, pero con más de cuarenta años de experiencia y una larga herencia, pues el montaje de la plaza de madera ya ocupó a su abuelo Manuel Fernández y, a continuación, a su padre José Fernández.
Es una plaza que se construye como un puzzle gigante, pieza a pieza, y encajando debidamente cada una en su lugar. No exige tampoco maquinaria pesada, bastan las herramientas de toda la vida: un buen martillo, un taladro para hacer algún que otro agujero, una zuela para acoplar maderas los tornillos de toda la vida y destornilladores y otras tuercas.
Al ser una obra de interés social y ejecutada en el epicentro de Fermoselle, no hay golpe que se dé ni pieza que se instale que escape a la mirada de algún fermosellano, que para mejor ser tiene butaca segura en el llamado mentadero, en los bancos de piedra de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción. También los turistas que ponen sus pies en la villa, atraídos por Arribes y sus encantos paisajísticos, gastronómicos y etnográficos reparan en el levantamiento de la plaza, y no dejan de inmortalizarlo en sus digitales.
«Tengo arrendada la madera al Ayuntamiento», expresa Ángel Fernández mientras observa a los obreros ir y venir con tablones y estructuras de todo tipo, que van depositando en sobre lo que será el albero que pisarán los toros durante los festejos de San Agustín.
«Son 43 postes por delante y 43 por detrás, todos ellos de buen tamaño porque miden 1,73 metros de altura y un notable grosor. Son de madera de pino y de negrillo» explica. La antigüedad es otra característica de los tablones porque, al decir de Fernández fueron labrados «bastante antes de la guerra». El paso de los años queda reflejado en alguno de estos poderosos y resecos sostenes que, sin embargo, dan la impresión de ser impunes incluso al corte del hacha.
Fernández hace referencia a los maderos utilizados con anterioridad. «Entonces la plaza se construía sobre palos redondos de negrillo, recogidos por uno y otro lado, mucho menos consistentes que los que hoy día llevan el peso de la plaza. Con todo, todos los años hay que reformar maderas». No obstante, añade, «los tiempos han cambiado y ahora se estropean mucho menos porque van con tirafondos y antes las maderas se clavaban con puntas que, al desclavarlas, sufrían más daños».
Ángel Fernández señala que «no existen grandes dificultades para montar la plaza». También han cambiado las formas y ahora son obreros del Ayuntamiento quienes corren con el trabajo, «y, dicen, que el que trabaja para el Estado no muere reventado». Subraya que «antes, haciéndolo por mi cuenta, tardábamos doce o trece días, e incluso nueve. Cuando yo traía los obreros los pagaba en condiciones y la gente cobraba». Hoy también cobran los empleados, que están acogidos a una ayuda de la Junta.
Es una plaza que ofrece solidez porque debe sostener a miles de personas en sus tribunas y sujetar astados bravíos y de alto riesgo. Aún está presente la fatídica muerte en agosto de 2007 del joven José Antonio Vaquero, en una jornada de espanto tras infiltrarse un toro en el callejón interior de la plaza y echar fuera a algunos espectadores que fueron la atención de los toros que pisaban el ruedo.
Toda la madera de la plaza taurina permanece resguardada en un pequeño local gracias a que es recogida aprovechando al máximo la disposición de las maderas. Hay que colocarla en condiciones porque sino no entraría ni la mitad. En estas fecha, la operación es sacarla de nuevo al centro público.