IRENE GÓMEZ.
Carbellino, Elicia tomó el nombre de la maestra que tuvo su madre. Tales mimbres parecían marcar el destino de aquella niña nacida en la Dehesa de Amor un martes y trece del año 1914, coincidiendo con el inicio de la Primera Guerra Mundial. Tan atribulado escenario estaba lejos de aquel rincón de Sayago, donde ganaderos, aparceros, maestros, párrocos o criados conformaban la armónica y empobrecida sociedad donde vio la luz la hoy nonagenaria maestra de Carbellino, Elicia Simón Moralejo.
Cuando encara el siglo de vida, Elicia -doña Elicia para tantos de sus discípulos- acepta, entre resignada y complaciente, la propuesta de realizar un recorrido por su vida. «¿Qué tengo de interesante?», se pregunta sorprendida. Los frecuentes escritos que remite a esta Redacción, con una letra firme e impecable y no menos clarividencia, nos invitan a hurgar en las vivencias de esta mujer. Por fin acepta con gusto. «Todo el tiempo es mío», asegura al entrar en conversación. Se confiesa «encantada» de hablar, de responder, de recordar. «Si tuviera un ratito de estos todos los días?.», termina por sincerarse desde la soledad de su casa de Carbellino.
Quizá por ello, leer y escribir, aficiones cultivadas desde bien niña, ocupan buenos ratos en la vida de esta mujer inquieta. Ni cuando tenía menos tiempo renunciaba a la lectura. «Hasta doce y catorce horas me he pasado sin levantar la cabeza». Un hábito que explica su ilustración.
«Uno de los momentos más felices de mi vida fue cuando aprobé las oposiciones (a los 19 años) porque podía leer todo lo que quisiera y ya sin examinarme. ¿Quién no tembló?, quien no se examinó», reflexiona. En Elicia habita un verbo inagotable y envidiable memoria.
De casta la viene al galgo. Fabián, el padre, se curtió en Argentina, hacia donde partió huyendo de la miseria. Soltero y prácticamente analfabeto, estuvo trabajando la tierra hasta reunir el dinero suficiente para sobrevivir en Sayago. Llegó con 30 años para, meses después casarse con una joven 24, Enriqueta. El «ventolero», vivo, temperamental, culto, autodidacta, «tan brusco que, por cualquier motivo trivial, amenazaba la paz del hogar». Ella... «mi madre tenía todas las virtudes. Si Fray Luis de León hubiera buscado "La perfecta casada", ésa era mi madre». Callada, dulce, paciente, afanosa, sencilla, buena. «Mis padres eran distintos en todo, pero con dos cualidades comunes, la bondad y la inteligencia. Se llegaron a comprender de tal manera que hubo mucha felicidad en casa».
En aquellos primeros años del siglo XX, de carestía y agitación, era más que extraño que el padre de familia antepusiera los estudios de sus hijos al trabajo en casa. Así era. Aquel hombre no quería ni oír hablar de las penurias que había pasado. «La espina de mi casa fue que mi hermano no quisiera estudiar, se traía unas trifulcas con mi padre? Pero, imposible, no lo consiguió».
Distinto a Elicia, seducida desde bien pequeñita por los libros y la sapiencia del padre. Tanto es así que uno de sus primeros recuerdos es un cuadro grande de muchos colores colgado en la pared. «Ahí no había santos ni retratos sino ese cuadro que a mí me tenía muy intrigada». Era un mapa político de Europa con el que el siempre inquieto Fabián había seguido toda la Guerra Mundial.
Elicia le recuerda con un libro entre las manos y esa semilla germinó en la niña. «Siempre estaba revolviendo donde había papeles a ver qué libro de mi padre encontraba. Qué tendría la lectura de mi padre que parecía que me subyugaba». Entre aquellos volúmenes recuerda "Los tres mosqueteros" y en general Alejandro Dumas, "Las tardes de la granja", "El carácter"? que su padre les leía por la noche. Una afición que complementaba con la escuela, su verdadera pasión. «Cuando tenía doce años me horrorizaba pensar qué iba a hacer yo al salir de la escuela; entonces pensé, si me hago maestra no saldré nunca; y con esa ilusión estudiaba. ¡No me suspendieron nunca!».
Fue su primera maestra doña Marcelina, con la que pasó cuatro años y aprendió a leer y a descubrir sus primeras lecturas; "La buena Juanita", "Para mi hijo"... Después vendría quien realmente marcó su destino, doña Josefa Herrero, de Almeida, de la primera promoción de Escuelas Normales. «La labor que hizo esa mujer? Yo me enamoré de aquella escuela, soñaba con aquella maestra; salir de allí era horroroso. Doña Josefa despertó mi vocación. Tenía un carácter tan maravilloso?». Elicia habla con verdadera devoción de esa mujer, «una de las tres que han marcado mi vida, junto a mi madre y una inspectora que me ayudó mucho, doña Isabel López».
Fue esa maestra de Almeida quien la preparó para ingresar en la Escuela Normal de Zamora, donde realizó la carrera entre 1929 y 1933. Años «maravillosos», con una pandilla de estudiantes, chicos y chicas, «de primera. Ellos eran de matrícula y nosotras también éramos muy buenas», rememora. Tal fue la amistad que se trabó en el grupo que perduró durante años, aunque ella sea la única superviviente de aquella piña de magníficos, a los que la Guerra Civil desgajó traumáticamente por el fusilamiento de dos de ellos. Un episodio por el que Elicia pasa de puntillas, remisa a hurgar en la tragedia. La misma guerra que frustró el único intento que hizo de continuar estudiando. «Se cerraron los institutos universitarios y no había nada que hacer. Pero no hubiera sido tan feliz. La escuela fue mi vida», dice ahora convencida.
Concluidos los estudios, Elicia aprobó las oposiciones «con el número 3». Ahí estaba ella, a sus 19 años, frente al primer destino en Rosinos de Vidriales, donde iba a sustituir a una maestra de 70 años, con una escuela mixta de sesenta alumnos, estrenándose en su añorada labor de enseñante. «En julio y agosto me dediqué a pensar cómo organizar la escuela». No tuvo tiempo de mucho, a los cinco meses asumía en propiedad la plaza de Berganciano, en Salamanca. Unas normas de la inspectora Cadenas permitieron a Elicia dar los primeros pasos con una clave: «la base son los pequeños», aunque deberían pasar catorce años para dominar una escuela de sesenta niños. «Cuando lo tuve controlado, estaba como pez en el agua». Hasta que en 1954 recaló en Carbellino de Sayago, donde evoca la escuela como «un paraíso; no recuerdo haber dado un tortazo en mi vida. Me sentía sobre todo educadora".
Fue en Carbellino donde Elicia se sintió plena, jubilosa. Tenía la escuela que soñaba, sesenta niños y niñas en sus manos. «Aprendían a leer de forma extraordinaria, estaban entusiasmados. Una de las cosas que aprendí en Vidriales es que todas las niñas de mi escuela tuvieran trabajo. Sin trabajo no hay disciplina». Y tanto se afanaron sus pupilos que las horas de "lecturas libres" eran un éxito. Su gran obra fue transmitir a los alumnos el entusiasmo por aprender que a ella le movía.
Y después de la escuela las fiestas, comedias -recuerda "La muralla", de Calvo Sotelo"-, sainetes, canciones. «Fueron años maravillosos», dice con un punto de nostalgia. ¿Malos ratos? Los cambios en la enseñanza la traían a maltraer. Recuerda especialmente la reforma de Villar Palasí (ministro de Educación en la última etapa franquista) con la introducción de la EGB (Enseñanza General Básica), obligatoria hasta los catorce años. «Me quedaba hasta las dos de la mañana estudiando para poder enseñar; aquello fue tremendo». Eran los últimos años en activo, aunque se jubilara ya cerca de los setenta en Almeida de Sayago.
¿Pero, ni un cachete, de verdad; cómo conseguía que la obedecieran? «Mi castigo era hacerles razonar. ¡Y lo conseguía!». Lo cuenta como si lo viviera ahora mismo, cuando a las puertas de los 94 años tiene fuerzas para enseñar a leer a una niña. Así lo ha hecho este verano. Su adorada madre vivió 101 años, los últimos diez postrada en una cama a los cuidados de la hija. Sólo ella, la señora Enriqueta, fue capaz de ponerse por encima de la gran pasión de Elicia, esta mujer que, como ya dijera el profesor Herminio Ramos, «es de aquellas hornadas de maestras que hicieron de la escuela un santuario».