J. A. GARCÍA.
Fuentesaúco
La buena disposición de los toros, la extraordinaria convocatoria de aficionados que logra el espectáculo de los espantes, los momentos de emoción y las tensiones que generan los varetazos o las cornadas quedaron ayer puestas de manifiesto en la villa de Fuentesaúco, con especial relieve en el campo de brega en que se convierte el prao de La Reguera.
Los segundos encierros saucanos, organizados con motivo de las fiestas de La Visitación, dejaron una sensación satisfactoria en la afición que siguió de cerca el papel desempeñado por los grandes protagonistas, que no son otros que los toros, los jinetes y sus monturas, y la masa popular que hace frente y rechaza valientemente a los astados lanzados sobre ella como arietes, frustrando así su escapatoria del ruedo campero.
Lo primero que llamó la atención fue la muchedumbre que congregó el evento taurino. «Fue un lleno total» en expresión de Juan Pascual, un incondicional de los festejos taurinos, que anteayer fue volteado por un novillo y que ayer hubo de socorrer a otro aficionado fuertemente contusionado en la cabeza durante el recorrido de calle.
Las estimaciones hacen mención a más de 13.000 personas las que siguieron de cerca el espante, de modo que en los tendidos principales no había ni un hueco libre desde donde atisbar. Como es habitual, las peñas fueron descendiendo por la calle hasta ocupar con sus vistosas prendas y uniformes la zona de entrada. Poco a poco el área de confrontación del espante fue poblándose de personas animosas y todo comenzó al estampido del cohete, que puso en movimiento el empuje de los toros por los caballistas. Ayer prácticamente reunió a casi la treintena del día anterior, exclusivamente de Fuentesaúco porque así es la norma local, más los encerradores profesionales.
Rápidamente quedó puesto de manifiesto que pisaban el terreno toros con más vigor y sangre, lo que se tradujo en un dinamismo «más alegre» para unos espantes muy dados a juicios e interpretaciones. Pero está claro que «la gente quiere de todo, que salgan bien los espantes, que piquen a algún caballo, que haya sobresaltos y que salga bien la fiesta» al decir de Pascual. La vitalidad de los astados llevó a alguno a sospechar que el día anterior «se les fue la mano» a quienes pusieron sobre el escenario a los novillos.
No faltaron ayer los quebrantos. Un aficionado fue arrollado por un caballo y otro, en plena desenvoltura del espante, fue llevado por delante en el puchero que tiene lugar cuando confluyen en unos metros cuadrados personas, cabestros y toros. Por suerte no fue picado, pero sí recibió un golpe que le dejó traspuesto. El caso arremolinó al personal, interesado en conocer el alcalde del suceso.
En otro punto, en la refrescante laguna, no faltó tampoco el golpe de gracia cuando el propio José Mayoral, que se metió con el caballo para echar fuera a los bueyes, hubo de salir a nado, al igual que no hizo su montura.
El público disfrutó ayer de la evolución taurina desplegada en La Reguera, y que se remató con una subida de los toros hasta los corrales al modo de los sanfermines, porque es casi un kilómetro de calle que los animales enfilan y recorren, cuando va bien la cosa, sin entretenimiento y hasta con prisa. Tras el oportuno descanso, comenzó el encierro de calle, igualmente poblado de aficionados y gentes. El elevado pistón de los toros volvió a brillar con los rasgos de bravura que esgrimieron en el callejero, donde los taurinos trataron de sacar a flote su arte tentando la suerte y rozando en ocasiones el peligro. En éstas ocurrió el lamentable desenlace cuando un chaval de una peña de Tordesillas, que salió a cortar al toro con el paraguas, logró que el toro se volviera y, ganándole el novillo el piso, le impulsó como a un balón contra las merinas. Fue un golpe contundente, que le abrió la cabeza y del que necesitó nada menos que cuarenta puntos de sutura.
La aglomeración humana acrecienta el riesgo por los embudos a que da lugar. Los apuros pasados por algunos en la Plaza, al tratar de cobijarse espitados en los bares, evidencia estas realidades.