El hospital

Me niego a ser un guarismo en las estadísticas para cuadrar un número de camas que nos correspondan por kilómetro cuadrado

21.03.2017 | 00:52
El hospital

Recuerdo un hospital del tercer mundo. Un hospital donde ya, solamente al traspasar su puerta, daba terror y en el que la única alegría que me queda en la memoria es un patio empedrado presidido por una imagen de La Milagrosa sobre pedestal de piedra y a sus pies una fuente cuajada de rosas blancas. No sé si el susurro de una fuente y macetas de hortensia y begonias.

Lo de más: las salas, los diferentes departamentos, los pasillos y los ventanales, eran como esos que describen Agatha Christie o Alan Poe, lugares tristes, fríos, inhóspitos sórdidos y deshumanizados.

Desde algún lugar de vez en cuando llegaba el olor a rancho, el mismo olor que se desprendía de las cocinas en los cuarteles. Pero todo eso poco importaba para las hermanas de la caridad, las monjitas, sor Consuelo, que se movían ágiles, dicharacheras, atendiendo a los enfermos y llevando un trozo de ternura y de sonrisas allí por donde pasaban.

Adosada tenía una capilla abierta al culto diario y a la que se accedía desde la calle o desde el patio. Una capilla cálida, limpia, recoleta y silenciosa; lugar de reunión de los componentes de la Adoración Nocturna Española en la noche de cada primer viernes de mes, una asociación de creyentes fundada en 1877 y que, en pareja, velábamos al Santísimo expuesto durante el rezo de las horas canónicas.

De aquellas noches guardo gratos recuerdos de amigos que ya se fueron o de amigos que aún viven desperdigados por el mundo. A su presidente, Fortunato Allén, a Don José, el párroco de Renueva, bien llamado Don Joselico, José Luis Perlines, Rafael Merino, Marcelino Ferrero. Jesús Tesón, Felipe Ramos, Ramón Luis Allén? y tantos y tantos que dormitábamos sobre las hamacas en la galería esperando el turno para recitar, hincados de rodillas ante el sagrario los salmos de la Biblia. Y tras el rezo de maitines y la santa misa, con el deber cumplido, cruzábamos la calle para desayunar las porras y el aguardiente en la churrería de Villacorta. Aún puedo recitar de memoria y en latín parte del salterio, que, para entonces, era como un mantra profundo, cargado de misterio en la solemnidad y el silencio de aquella capilla y que nos transmutaba "por las verdes praderas", o compadeciéndonos y acercándonos a los padecimientos impuestos injustamente por Dios a un Job dócil, sumiso, que solo alza la voz para exclamar: "si Dios me lo dio, Dios me lo quita".

Viene a cuento todo esto, porque aquel Hospital, sufrió un incendio que lo destruyó por completo. Desde el mismo momento en que las llamas convirtieron el edificio en solar se han venido alzando las voces de protesta, de socorro y de miedo, ese grito desgarrador que, sin oírlo, nos entra por los ojos cuando contemplamos el cuadro de Edgard Munch. Un grito que por mucho que nos esforcemos, por mucho que unamos nuestras voces, es masa coral insuficiente para que nos escuchen.

Me niego a ser un guarismo en las estadísticas para cuadrar un número de camas que nos correspondan por kilómetro cuadrado. Me niego a ser un habitante más que ha de salir a la calle en defensa de unos derechos tan fundamentales como es la asistencia y la sanidad pública. Si son derechos, no admiten protesta. No hay mayor humillación que bajar los brazos en la derrota porque llega un momento en que todo nos da ya igual. Al enemigo que huye, puente de plata, parece ser la respuesta de una Administración incapacitada para dar respuestas.Todos creímos viendo alzarse la estructura moderna del hospital, que, por fin, Benavente y no solo la ciudad, sino toda la comarca, iba a disponer de unos servicios sanitarios que nos dotaran de tranquilidad desterrando para siempre los angustiosos desplazamientos a Zamora. Todos entendimos que si bien, no podrían cubrirse las plazas de los servicios más trascendentales por su alto coste, al menos tendríamos la serenidad de poder disponer de espacios suficientes donde atender los primeros auxilios.

La guerra continua, para mi inexistente, que parecen mantener desde siempre Zamora y Benavente se reabre y se incrementa en estas reyertas que en nada nos favorecen ni a Zamora como capital de la provincia, ni a Benavente como cabeza de partido más importante. Y porque es importante, porque Zamora debería de mirar hacia el norte, por donde podría llegar el porvenir, deja escapar las oportunidades, léase el tan cacareado en su día puerto seco del Musel que se instalaría en el centro de transportes.

Parece que nuestra voz es tan débil que es incapaz de pasar a la otra orilla del rio Esla.

Gritamos pare pedir el toro, sabiendo que es un grito alegre de esperanza. Gritamos, pero no mucho, cuando se desmontó la azucarera. Gritamos tardíamente cuando se cerró la estación de ferrocarril. Gritamos ante la desaparecida fábrica de tabaco. Gritamos cada vez que una industria local cerraba y dejaba en la calle a muchos puestos de trabajo. Gritamos ante el atropello de Tablicia. Y ahora volvemos a gritar porque nos cierran una planta del moderno hospital.

Benavente nunca fue una ciudad violenta que se enfrentara a nadie, incluso Napoleón nos pasó por encima como si fuéramos hormigas. Todo lo más agitábamos la rivalidad entre Zamora y Benavente en los campos de futbol con aquel sonsonete de: ¡El conde de Benavente a Doña Urraca, traca, traca! Nos sacaba de nuestras casillas la labor del trencilla Higinio, zamorano él, para después, desde la capital, incorporar a la plantilla del Club Deportivo jugadores tan extraordinarios como Amós.

Señalamos siempre a Zamora como nuestro natural enemigo, cuando las decisiones vienen de mucho más arriba, allí donde algunos no saben que Benavente existe o que solo han oído hablar de nosotros por nuestras tragedias, nuestras catástrofes o porque un buen día pasaron por aquí y comieron una cazuela de bacalao a lo tío o unas sabrosas ancas de rana.

¿Benavente? Ah, sí, como era aquello? Benavente mala villa y peor gente. Y se quedan tan panchos.

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