19 de febrero de 2017
19.02.2017
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Carnavales

Un pueblo no puede vivir haciendo malabarismos y esperando estos días festivos para hacer caja

22.02.2017 | 00:11
Público presenciando el desfile de Carnaval de Benavente en 2016

Hace tiempo escribía que Benavente se nos muere de inanición. Ha dejado de ser una ciudad atractiva, alegre, cuando uno tenía la bendita costumbre de salir a mediodía a chatear, los bares llenos y la calle frecuentada. Cuando el vino costaba dos pesetas, lo que daba cierta holgura al bolsillo para volver a repetir la misma práctica por la noche sin caer en el vicio. Cuando las tres salas de cine pasaban dos funciones diarias: a las ocho y a las once. Y cuando, de vez en cuando, las compañías de teatro nos acercaban a las actrices y actores o cantantes de moda.

Por aquella época, siendo corresponsal de la Nueva España, la página dedicaba a Benavente en el diario Imperio, hoy La Opinión de Zamora, el desaparecido y amigo Cubichi; yo me dedicaba a hacer y escribir entrevistas. Me recibieron, desde Celia Gámez, a Rafael Farina, Mary Carrillo, Antonio Machín, Pepe Mairena o Finita Ruffet, entre otros. Era todo un espectáculo el que se vivía entre bastidores, entre las prisas para cambiar decorados y tramoyas o dedicándome unos minutos en sus camerinos para la charla mientras se cambiaban de ropa ante mi sin pudor. Machín, me confesó su sueño frustrado: ser tenor de ópera. La sonrisa de Manolo Escobar, su tupe engominado, con las guitarras de sus hermanos como música de fondo, me insuflaron el atrevimiento de preguntar si había encontrado ya su carro. O Antonio Garisa, pidiéndome que le hablara de aconteceres o de gente curiosa de Benavente para luego improvisar sobre ellos los chistes en el escenario.

Pero, sobre todo, Antonio Molina, adormeciendo su prodigiosa garganta con coñac antes de salir a escena. Un Molina que luego me lo volvería a encontrar en Ceuta cumpliendo mi servicio militar y que recordamos juntos su paso por Benavente.

Entonces, esta ciudad tenía vida y los jueves eran un bullicio de gente llegada de la comarca a feriar o, simplemente, a pasar el día y comer el bacalao a lo tío en las tascas, tomar café en el Imperial, jugar la partida en el salón azul o pegarse a las candilejas en el escenario para ver el pase de la cupletista de turno. Podríamos decir que corría el dinero.

Claro que era un tiempo distinto, con un Régimen impuesto que nos obligaba a lo correcto y lo correcto era muy simple: no pensar. Una moralidad católica integrista en todos los comportamientos públicos y privados.

La presión moral se incrementaba llegada la Semana Santa o los actos eucarísticos y nos obsesionaban con la virginidad y la pureza. Era lo que había. Hasta nos hicieron creer que éramos la salvaguardia espiritual de Europa. Mucho incienso en las conmemoraciones religiosas y mucha mano dura en el otro extremo, el de las fiestas lúdicas o celebraciones populares y callejeras. Por eso mismo, o se vigilaban estrechamente, o se prohibían directamente los desfiles de carnaval. No porque sus raíces fueran festividades paganas, que eso ya suponía un pecado, sino también, por la amenaza que podría suponer la alteración del orden público: "Las circunstancias excepcionales por las que atravesaba el país e indicando que era conveniente un retraimiento en la exteriorización de las alegrías internas" (sic).

"De orden del Señor Alcalde y en cumplimiento de disposiciones superiores, se hace saber al vecindario en general, que queda rigurosamente prohibidas las fiestas de Carnaval, no permitiéndose por ningún concepto, el revestirse ni hacer uso de disfraz alguno; quedando asimismo prohibida toda clase de espectáculos y demás clases de diversiones que revistan carácter de tal fiesta" (sic).

Pero esta prohibición no era un capricho del alcalde, sino que éste era el encargado de hacer cumplir la orden que le llegaba de instancias superiores: el Gobierno Civil y de propio ministerio.

No obstante, pese a la prohibición, el ánimo festivo se mantenía en fiestas privadas o en sitios cerrados mientras la autoridad competente miraba para otro lado.

Estamos a las puertas de las carnestolendas, carnavales, las fiestas en honor del dios romano Baco o del toro Apis en el antiguo Egipto. Hoy nada nos prohíbe lanzarnos a la calle bajo un disfraz o bajo una máscara y participar en los desfiles. Nadie va a quemar a las brujas ni dar muerte a los monstruos. Aquí el único cadáver es el de la sardina.

Dicen o cuentan los pocos benaventanos que se acercan a su centenario, que esta ciudad gozó de esplendidos carnavales. Yo desde luego, no tengo constancia y por aquello de las prohibiciones, nunca recuerdo desfile, tan solo algún que otro espontaneo en la calle festejando su propio carnaval. Cosa muy distinta si lo comparamos con La Bañeza o Toro, que nunca perdieron su esplendor.

Que era costumbre salir a pedir por las calles para los bailes de carnaval, si me consta por las memorias escritas de algunos. Que, en los cafés, La Iberia, La Rúa, o el Conde, los saraos duraban hasta la madrugada, también me consta. Como también me consta alguna que otra cancioncilla típica: "Por qué te cubres máscara de blanco domino, si eres tú la más bella, la más bella del salón". Una coplilla picaresca en la que el marido descubre a su propia mujer bajo el disfraz.

Pero hay otro carnaval más vivo, más cercano y que no necesita de celebraciones. Es el carnaval de cada día, de lo que ocurre a nuestro lado, de los que van de un sitio a otro intentando vivir y estirando tanto los bolsillos que estos ya rozan el suelo.

Salimos de navidades pensando en carnaval, y cuando estos llegan, soñamos con la Veguilla y ya, como si hubiese sonado el chupinazo, nos lanzamos en carrera imparable hacia la semana del toro. Un pueblo no puede vivir haciendo malabarismos y esperando estos días festivos para hacer caja.

Creo que hemos llegado ya demasiado tarde para tratar de hacerle una respiración asistida, porque tal y como están las cosas, no tenemos nada que ofrecer. Ni un pequeño museo, ni un templo abierto para atraer a los amantes del arte, ni una referencia historia importante. Ni una sola calle que nos recuerde nuestra historia. Se demolieron las iglesias, los conventos, las casas solariegas que, para los depredadores de la piqueta y los técnicos de urbanismo, carecían de interés. Solo la Mota, acaso porque es imposible parcelar, se salva de la ignorancia, aunque se atente contra ella.

Disfrutemos pues de la fiesta alegre, desenfadada, sin el corsé de la vigilancia y que desbordará las calles para hacernos olvidar por unos días la penuria y lo difícil que es llegar a final de mes.

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