Poesía que destruye

Esta aniquilación masiva nos ha llevado a tener un pueblo sin personalidad

12.06.2016 | 01:24
Poesía que destruye

Fui el otro día a Sanabria buscando su luz y, sobre todo, buscando su color; pero no encontré ni la luz ni el color tras los que corría. Era un cuadro sin rematar al que le faltaban pinceladas, un cuadro carente de vida, monocromo dentro de su belleza. Me recordó a ese membrillo que no ha alcanzado su madurez y espera la ayuda de más soles para teñirse de amarillo.

Pero también me encontré con otra Sanabria que agoniza.

Mientras caminaba por senderos, antes libres y ahora aprisionados por zarzales, recordaba a Penélope tejiendo y destejiendo el sudario de Odiseo y engañando a sus pretendientes. Hacedora y deshacedora de tiempo intentando mantener su castidad en la ausencia de su marido y afligida por todos aquellos que se acercaban para exigirla nuevo matrimonio. Pero, a pesar de todo, y tras dar muerte Odiseo uno por uno a todos los pretendientes, este la acusa de haber sido ella quien los atrajera a su lado, por lo que la repudia teniendo que marchar a Esparta y luego a Mantinea, donde muere olvidada.

Tejer y destejer, hacer y deshacer.

"Frente a la poesía que destruye, la poesía que promete", escribió un José Antonio romántico. Y voy más allá, al poema de nuestro paisano León Felipe. "Deshaced ese verso. Quitadle los caireles de la rima, el metro, la cadencia y hasta la idea misma. Aventad las palabras, y si después queda algo todavía, eso será la poesía".

Por desgracia aquí no ocurre eso, todo lo contrario, frente a la demagogia que destruyen, no hay una poesía que inspire. Más o menos, Plotino venía a decir: bello es lo que uno ama. Se puede destruir la belleza siempre y cuando sobre ese solar se alce algo que supere a la magnificencia de lo que se derriba. Pero este no es el caso. Por eso veo, junto a la Sanabria que agoniza, la otra Sanabria modernizada, la que lentamente nos quiere hacer olvidar que, la piedra, la pizarra, los corredores de madera de roble eran materiales obsoletos que se deben destruir. Que los residuos primitivos, la cultura castreña, nos remonta a otras culturas populares más antiguas. Que cualquier innovación modernista, apoyada en razones de comodidad, harán de la Sanabria de mis ancestros una Sanabria acoplada al turismo de ida y vuelta, que destruye y no aporta.

Yo, como nunca he estado en gracia de Dios, jamás he podido escuchar el repique de las campanadas que, como dice la leyenda, se oyen en la noche de San Juan bajo las aguas del Lago.

Esta misma mañana paseando por las calles de Toro y viendo las fachadas blasonadas, las rejas de hierro y el interior de los patios empedrados, disfruté de esa armonía medieval y cabalgué sobre la historia.

Claro que allí nació Juan II. Claro que fue la joya de la corona para la reina Isabel. Claro que de ella llegó a decir Alfonso IX, rey de León: "Tengo un Toro que me da vino y un León que me lo bebe".

A la sombra de la Colegiata me pregunté con amargura: ¿dónde puedo detenerme en Benavente para hallar un solo trozo de su historia? Cada vez que he de subir la escalinata de la plaza del Grano y piso los peldaños construidos con el granito de ojos de sapo provenientes del castillo, pienso si esas piedras sirvieron para edificar la muralla o si sobre ellas pusieron sus manos o dieron su vida quienes lo defendían.

Paseo por la Mota y allí, abandonados, existe unos capiteles y basamentos arrojados de su emplazamiento, o el fuste de una columna, que vete tú a saber de dónde proviene.

Son como despojos que no sirven para nada.

Tanto sacrificio, ¿para qué nos ha servido?

¿Qué promete esta poesía de ladrillo visto, de aluminio, de vidrio, de acero? Creo que absolutamente nada. O, si acaso, olvido nada más.

Dejó de existir el barrio como tal, esa comunidad en que todos nos conocíamos, con sus peculiaridades que le hacían distinto a cualquier otro barrio. Ya no es el barrio de la Soledad, o el barrio de Renueva, o de San Isidro, segregado del resto y con una identidad propia.

Y esa destrucción masiva nos ha llevado a tener un pueblo sin personalidad.

¿Cómo explicar dónde habitó la nobleza de esta villa si no hay un solo edificio que nos lo testifique?

Sanabria se muere o la suicidan en aras de la modernidad y nada puede evitarlo, mañana solo será una colección de fotos en blanco y negro.

Veo el spot encargado por el Ayuntamiento para publicitar Benavente y la verdad que lo más sugestivo son las ancas de rana, el bacalao a lo tío y las rosquillas de las monjas. Una iglesia de Santa María que permanece cerrada casi todo el día y un torreón transformado en parador de turismo.

Pasan las fiestas, el alboroto y todo vuelve a la normalidad, una normalidad que asusta cuando uno pasea por las calles y se topa con anuncios de se traspasa, se alquila o se vende.

Dentro de unos días nos dirá adiós la firma El Gallego, antes chocolates Juli, tan aferrada a esta ciudad. Cincuenta puestos de trabajo que se esfuman, pero no pasa nada. Nos quedan las ancas de rana y la semana grande de las fiestas.

Como escribe Benedetti, "el pasado es una colección de silencios". Lo malo es cuando a esos silencios no los podemos acompañar con imágenes. Entonces a eso hemos de llamarlo desidia y olvido.

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