La memoria perdida

No se necesita gran cosa para morir, pero acaso sí nos ayuden, llegado el momento, las caricias y los besos

17.04.2016 | 01:47
La memoria perdida

Cuando lo hayas encontrado, anótalo". (Charles Dickens).

Algunas veces recapacito con miedo cómo sería el ir bajando los peldaños hacia esa zona oscura que va tragándose la memoria dejando tras su paso el vacío de lo desconocido o de lo no descubierto.

"Lo escribo para recordar mañana, mas mañana no recuerdo dónde lo he escrito?"

¿De qué color eran sus ojos ayer? Y no sabrás decirlo. Walter Goldschmidt escribe en el prólogo de las enseñanza del Don Juan, de Castaneda: "este mundo, pese a todas las diferencias de percepción posee su propia lógica".

¿Y si al ir bajando cada peldaño vamos entrando en un mundo ajeno al nuestro y que para entrar en él es necesario perder la memoria de este?

El pasado día 11 se celebró el día del alzhéimer y salvo algunas alusiones, no vi que le dedicasen los honores que dedican a otras conmemoraciones; el día de los enamorados, el orgullo gay, el día del padre, de la madre, de las fuerzas armadas? hasta los zombis tienen su día o su noche festiva.

Yo, hasta ahora, he tenido la suerte de no tener que asistir a ningún enfermo aquejado del terrible mal. Pero observo tanto a unos como a otros. El uno: el paciente que va atravesando el momento de su crepúsculo, ese momento que es como una grieta en el universo, entre la luz y la oscuridad, que camina llevando lo poco que tiene y lo mucho que deja a sus espaldas. Y los otros, prestando sus ojos, sus oídos, sus manos y sus pies aceptando con resignación la pesada carga como aquel Cirineo al que obligaron a cargar con la Cruz de Cristo camino del Gólgota. Y el discapacitado marca tu ritmo con su deterioro y has de ser luz y faro, voz y oídos.

¿Qué ven o a dónde miran? ¿Quién es, y a quién pertenece el rostro que se refleja en el espejo?

Si fuéramos capaces de ubicarnos en otros mundos, desprendernos de nuestro egoísmo y comodidad, acaso podríamos entenderlo mejor y pensar que es inútil desperdiciar la vida, sobre todo si ese camino llano por el que vamos no tiene corazón.

Pero nos llenamos de miedo. El lazarillo no es aquel personaje picarón y malo de Tormes, es una ayuda que teme no saber cumplir con su cometido.

¿Cómo hacer entender el color rojo a quien ayer pintaba con él? ¿Cómo enseñar a hablar a quien la oratoria era su discurso y su trabajo? O cómo poner entre sus dedos la cuchara, el tenedor, cuando fueron armas que el enfermo que se va fue lo primero que nos enseñó al educarnos.

Y te sientas junto a él y le cantas, le cuentas cosas o recuerdos sin entender que está lejos y que no reconoce la voz que tanto antes escuchara.

Y al día once le siguió el día del beso, conmemoración absurda, como si los besos tuvieran que tener un monumento para perpetuarse cuando son tan efímeros como el humo de un cigarrillo. Pero hay besos para todo, solo dependen del matiz, de la sutileza de la intención de quien nos los da o por qué los damos: besos sin sabor que se dan para ocultar el cansancio en el cariño, besos diseñados para el engaño como el que diera Judas. Besos que son cómplices de muchos momentos y que no necesitan que nadie les recuerde que hay que darlos. Besos para todos los gustos.

Lo malo de los besos que se dan a los enfermos es que aunque sean llenos de amor, son besos fríos que jamás entenderán por qué se los dan, ni a lo que saben, Lo bueno de esos besos es que encierran más pasión que cualquiera de los otros. Son besos cargados de ternura, de compasión y también de lástima, pero que salen de lo más profundo del alma.

No se necesita gran cosa para morir, pero acaso sí nos ayuden, llegado el momento, las caricias y los besos.

Escribe Oliver Wendell Holmes: "La memoria es como una red: uno la encuentra llena de peces al sacarla del arroyo, pero a través de ella pasaron cientos de kilómetros de agua sin dejar rastro".

Eso mismo pensaba yo con amargura y tristeza al ver cómo el río Duero perdía su identidad y se hacía mar en Oporto. La posibilidad de que en aquel agua que se estancaba hubiese dejado mi huella, que cualquier pez que había visto saltar a cientos de kilómetros hubiese navegado hasta allí atraído por la bonanza o acaso despistado, sin saber que alcanzaba su meta.

Pero también tiene algo de positivo este adormecimiento de la memoria y es que se va sin dejar rastro.

No vas a sentir la amargura de ir renunciando a las cosas que te rodean porque son ellas las que te abandonan a ti sin que te vayas dando cuenta. Tampoco sentirás la angustia de la despedida porque no habrá despedida, es como sumergirte en la niebla tras la que todos esperan verte reaparecer cuando aquella se desvanezca.

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